Conmovido, contempló los mil destellos que la luz del nuevo sol hacía brotar de la humedad en que se erguían las amapolas y los lirios. Su mano abierta acariciaba a las espigas a su paso y el efecto de ese toque de verdor sobre su tacto transformaba a aquellas mudas sensaciones en el roce que evocaba a la memoria de las cerdas de un pincel sobre la punta de sus dedos.
Por Santiago de Arena.
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