Más de sesenta años llevan caminando por nuestro imaginario estos pequeños suspiritos azules desde que Peyo los dibujó por primera vez. Nacieron en un cómic belga, saltaron a la televisión con Hanna-Barbera en los años 80 y desde entonces han sido compañía fiel de varias generaciones, incluida la mía. Con esa mezcla de ternura, simpleza y valores comunitarios que los caracterizan, Los Pitufos regresan ahora a la pantalla grande con una nueva película que no solo se ve bien, sino que se siente bien.
Y eso es, quizás, lo más inesperado y valioso de esta entrega: no tanto su despliegue visual -que es deslumbrante- sino el modo en que consigue volver al corazón de lo que siempre fueron: una comunidad diversa, donde cada quien tiene un rol distinto pero todos importan, y donde el bien común está por encima del protagonismo individual.
La historia gira en torno a un nuevo pitufo que no tiene nombre ni función clara. Es decir: no sabe para qué está ahí. Y ese es precisamente su drama. Rodeado de Pitufos como Filósofo, Fortachón o Cocinero, este pequeño azul se pregunta si acaso está “hecho para algo”, o si simplemente no encaja. A través de su búsqueda, la película toca una fibra profundamente contemporánea: la presión de tener que saber quién eres, definirte, destacarte… cuando a veces lo único que uno necesita es tiempo. Este conflicto interno funciona como el hilo narrativo que conecta con la experiencia contemporánea de miles de niños, adolescentes e incluso adultos: ¿cómo encontrar nuestro propósito en un mundo que todo el tiempo nos empuja a definirnos?
Aquí es donde la película da su mayor lección. Porque no le ofrece al protagonista respuestas fáciles ni moralejas de bolsillo, le permite estar perdido. Le permite dudar, errar, frustrarse. Y con eso, nos recuerda algo fundamental: ser paciente con uno mismo también es una forma de sabiduría. En lugar de empujarlo hacia una gran revelación, a encontrar el cáliz o a cumplir un destino heroico como salvar la aldea de Gargamel, lo acompaña a su ritmo y en sus tiempos.
En una época donde todo va rápido -las redes, los algoritmos, la infancia misma- y donde parecer exitoso es casi más importante que ser feliz, Los Pitufos (2025) nos proponen otra cadencia: la de aprender a equivocarse sin culpa, la de no tener que tenerlo todo resuelto, la de caminar sin un mapa… al menos por un rato.
Visualmente, la película consigue un equilibrio entre la tradición y la modernidad. La animación en 3D es luminosa, con guiños estéticos que evocan los trazos originales de Peyo. Hay incluso momentos en que la película se permite jugar con otros estilos -como secuencias tipo crayón y otras con textura de plastilina- que amplían el universo sin traicionar su esencia. Es una historia sencilla, pero contada con cariño y sin subestimar al público infantil (ni al adulto que sigue siendo niño cuando los ve, como mi amiga Yssel y yo que salimos del cine pitufando y hablando de lo pitufísima que estuvo la peli).
Ahora, no todo es perfecto, si bien tiene algunos pequeños tropiezos -como personajes secundarios un poco estereotipados o referencias modernas que pueden sentirse forzadas-, el relato nunca pierde de vista lo esencial: este es un cuento sobre encontrarse a uno mismo sin apuro.
Algunas críticas han señalado que la película se aleja de la visión de los cómics originales -donde la aldea funcionaba como una unidad sin protagonistas- al enfocarse aquí en el viaje individual del Pitufo sin nombre. Y sí, es cierto. Pero también es cierto que ese viaje se da dentro de una comunidad que, aún sin entenderlo, lo abraza y lo sostiene. Lo espera. Lo deja ser.
Tal vez ahí está el secreto del mensaje: no todos tenemos que tenerlo claro desde el principio. Quizá el principio de todo sea que no hay una sola manera de ser útil, de brillar o de pertenecer; que lo que hace falta no es definirnos sino darnos permiso para no saberlo todavía.
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