Por Santiago de Arena.
Escucharás la resonancia de tus pasos al cruzar ese pasillo en el que el eco producido por la inercia que dé impulso a tus zapatos pondrá en duda a la firmeza en que pensabas cimentar a tu actitud.
Mirarás a tus espaldas y hallarás en el silencio de la lluvia que resbala al exterior de la ventana algún presagio que pretenda persuadirte de salir de ese recinto y regresar a percibir la realidad que tu mirada dejó atrás.
Llevarás el cuenco hueco de tus palmas a la altura de tu vientre, y al girar de nueva cuenta la cabeza, tu cabello humedecido chocará con tus mejillas, permitiendo disfrazar al recorrido de las lágrimas que empiecen a brotar desde el extremo más sensible que cobija a tus pupilas.
Recordarás que aquella tarde también hubo una llovizna acompañando a la monótona afonía de las palabras que imprimieron en sus labios el extraño germinar de una dislalia que jamás imaginaste descubrir en su persona, al aceptar a su calor sobre tu boca tiempo atrás.
Sin saberlo prevenir, ahora enfrentabas al rumor de un estatismo para ti desconocido al observar que aquellos ojos atisbaban a tu cuerpo como lo hacen las estatuas, confundida al no poder reconocer al movimiento sincopado que admirabas en silencio al observarlo deslizar a su atención sobre las páginas impresas; y descubriste que las manos que se alzaban como vuelos de palomas acentuando con su gesto a las correctas inflexiones de esa voz que conocías por su dulzura, se apretaban ahora en puños ante ti, asfixiando en su humedad a su coraje y su impotencia.
Cruzarás ese pasillo que te lleva a la sala de espera, imaginando que el hallarte reflejada en otros rostros podrá darte algún consuelo, pero verás que ese lugar está vacío. Sólo el rumor de una polilla que se obstina en estrellarse contra el tubo luminoso de la lámpara del techo le dará a ese extraño espacio un indicio de vida.
Y concentrada en la blancura cegadora de esa luz, evocarás de nueva cuenta a los destellos emitidos por los faros de los autos, en la noche en que, siguiendo a la mecánica secreta de un impulso, desandaste cada uno de tus pasos con la firme convicción de no querer volverle a ver.
Al llegar a la pequeña ventanilla de esa estrecha recepción que te recuerda a las ojivas de garita que cruzaste tantas veces al buscarlo en el Colegio Militar, encontrarás, tras la evidente falsedad de esa sonrisa que te asiente y te repite cada uno de los datos que musitas, una última advertencia que te intente persuadir de hacer un alto y dar a todo marcha atrás; pero no puedes.
Oirás el ruido acompasado de unas ruedas de camilla que se acercan; y al momento en que esos cuerpos que se cubren con delgadas batas blancas percudidas te recuesten contra el tacto impersonal de aquella plancha, aceptarás que ya no hay modo de parar.
Te llevarán hasta la sala en que realizan los legrados y una voz te indicará que al aspirar ese vapor enrarecido te concentres en pensar en un recuerdo placentero.
Cerrarás finalmente los ojos y traerás de nueva cuenta a tu memoria el movimiento acompasado de las finas manecillas de un reloj de pulsera que usaste en tu infancia, tan solo unos años atrás, decorado con la imagen de un sonriente Mickey Mouse que con sus brazos, rematados en un par de guantes blancos, te enseñó a leer las horas.
Santiago de Arena es escritor, dramaturgo, actor, editor, director de escena, locutor, conferencista y promotor cultural. Miembro de la Fundación para las Letras Mexicanas, la Enciclopedia de la Literatura en México, la Fundación para el Liderazgo e Innovación Estratégica, la Academia Literaria de la Ciudad de México y la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Se ha desempeñado en el terreno de la docencia, la dirección y la crítica teatral, la actuación y la coordinación de talleres de formación artística y promoción cultural. Ha participado en diversos montajes escénicos, cortometrajes y presentaciones de literatura en voz alta y de atril. Es autor de aforismos, poesía, ensayo, artículos periodísticos, piezas teatrales y obras narrativas. Entre sus publicaciones destacan la novela La corona de Raquel y la pieza de teatro Después de la lluvia.
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