Bajo las profundidades del sonido que habla: Meditaciones sobre el lenguaje de la música.

Por Santiago Jordán Cardona.

Permítaseme este intento poco intelectual, pues no es mi intención pretender establecer un parámetro específico y académico sobre el lenguaje de la música, sino más bien gestar el ejercicio de imaginar a la música como un lenguaje propio –viniendo, claro está, de una vaga experiencia sobre el tema-. Pero, puesto que este texto no es más que una simple meditación, me permito hacer uso de este espacio para manifestar aquello que lleva tiempo ya atravesando mis pensamientos. Es un capricho mío complacer mi deseo de hablar de aquello que me otorga tanto deleite como lo es la música, esa preciosa manifestación del sonido y la creación, de la más genuina de las pasiones. Y así, me presento aquí no precisamente para discutir sobre un aspecto lingüístico, técnico o filosófico en particular, sino para dejarme envolver, una vez más, en las profundidades del sonido que habla, que se interpreta y que se crea y destruye a sí mismo, inconteniblemente, infinitamente.

“Solo en la muerte muere el instinto. Por lo tanto, si este se mantiene invariable, adjunto a la condición humana a la que necesitamos modificar para reiluminarnos masivamente, quiere decir que tal instinto es la vida” (L.A. Spinetta, 1973). Cuando Luis Alberto Spinetta presentaba su tan aclamado Artaud (1973) en instalaciones del Teatro Astral en Buenos Aires, profirió una muy poco conocida manifestación sobre el Rock, esa “música dura, la suicidada por la sociedad”, donde arremetió pasionalmente en contra de aquellos asesinos del instinto: el carácter esencial y estructural de la creación, ergo, de la música. Este instinto, que no es otro que el de la transformación (exterior, por efecto, pero interior por principio y naturaleza), contiene en sí el hecho propio de la música como lenguaje, como un medio de comunicación, como manifestación abstracta de la pasión y el espíritu. Es el instinto el motor de donde nace la necesidad del acto lúdico del lenguaje y, por tanto, de la música. La música es un instinto y es, por consiguiente, una creación; un acto creativo que contempla en sí la amplia gama de significados que alberga la palabra “creación”, pero que, podríamos decir, se resume en una sola cosa: la existencia. “El Rock no es solamente una forma determinada de ritmo o melodía. Es el impulso natural de dilucidar a través de una liberación total los conocimientos profundos a los cuales, dada la represión, el hombre cualquiera no tiene acceso” (L.A. Spinetta, 1973).

La belleza más extraordinaria nace sin duda de este instinto libre de represión. Se me hace imposible imaginar que un alma reprimida o que un intento predeterminado hayan sido capaces de crear la perfecta armonía que nace en cada una de las notas de Shine on your crazy diamond (Pink Floyd, 1975) o en la infalible naturaleza extraordinaria de Stairway to heaven (Led Zeppelin, 1971). Es el instinto solo el único capaz de contener en sí la lucidez necesaria para la creación de un lenguaje tan exquisito como el que se le adjudica a Led Zeppelin o a Pink Floyd, entre tantos otros. Y es este mismo instinto el que establece los parámetros de dicho lenguaje, de su inspiración y de su existencia.

Debemos entender este lenguaje del instinto de la música como ese órgano mental inseparable de la condición humana al que hacía referencia Chomsky (1997); pues si el lenguaje constituye una capacidad intrínseca del hombre, la música lo hace por extensión. Su manifestación como acto creativo y natural se convierte en una necesidad que surge del ya mencionado instinto de liberación. Las voces, la intensidad, el tempo, las notas, el silencio y la combinación de todas ellas, es decir, el diálogo que se ejecuta al momento de la creación misma de la música, son lo que constituye su lenguaje propio. La conjunción lingüística musical ocurre en ese diálogo matizado que es el producto de una acción puramente creativa, del instante mismo en el que la creación se convierte en existencia.     

El diálogo, la exquisita conversación, la elegancia del sonido. El deleite de una canción se resume en la calidad del diálogo que propone, en su evolución e inteligencia, en la destreza de su ejecución, en su inadvertencia que expulsa a la parasitaria repetición filistea y la remplaza con la genuina intensión creativa. A tiempo en que se construye el universo musical de Nimrodel (Camel, 1974) –pues la música no es sino una construcción en constante proceso, la contemplación de la creación de la existencia, su inicio y su final-, el diálogo es del todo saboreable, palpable, inteligible. Cada detalle visceral evoca una palabra que puede ser entendida únicamente a través de lo entrañable. Cada cambio de ritmo, cada nota, cada silencio está empapado de un profundo sentimiento de paroxismo que crea y destruye al diálogo, que perfora las entrañas y deleita con su elegancia y su delicadeza. Un diálogo que nace puramente por el instinto y culmina en el éxtasis. La conversación se hace visible. Lo creado se convierte en un objeto. Aparece y está. De pronto, el bajo, la batería, las guitarras y el sintetizador hablan entre ellos, se cuentan cosas –nos las cuentan a nosotros los escuchas- y su tan impredecible elegancia nos termina de poseer

El Jazz cobra vida en Dereks Long Thing (Caravan, 1973), así como lo hace el Blues en Come together (The Beatles, 1968) o el Rock en Hipercandombe (La máquina de hacer pájaros, 1977). Cada uno con su propio lenguaje (universal y, a la vez, particular) repleto de estilo y personalidad. De un carácter proveniente de las más sinceras pasiones humanas. Del genuino intento de jugar. Y así, este juego al que llamamos música, creación, diálogo, arte, instinto, se convierte en la sustancia musical, aquella que permite el nacimiento de la existencia.

El lenguaje es un juego, Su uso y exquisitez dependen del acto lúdico, de la capacidad instintiva de jugar. No son azarosas las palabras de Borges, de la misma forma en la que no lo son las notas de Close to the edge (Yes, 1972). El lenguaje está embebido de juego, el mismo que por naturaleza alberga a la inspiración, a la libertad y al espíritu. Es el movimiento y la improvisación, el cambio y la temporalidad, la autenticidad y la versatilidad. Es la esencia misma del aura manifestada secretamente, cuyo código solo puede ser descifrado por quienes escuchamos atentamente con el corazón. Solo cuando se abren las puertas de la percepción es que se hace visible la melancólica penumbra de I want you (shes so heavy) (The Beatles, 1968), pues esa conversación entre notas e intensidades, ese diálogo de las pasiones, cobra sentido cuando comienza el juego entre la creación de la existencia y nuestra sincera contemplación.

El juego, como bien afirma Huizinga (1996), carga con un profundo sentido, por lo que, al mismo tiempo, se constituye como un acto significante. Para nosotros los escuchas el significado se encuentra en la contemplación compositiva. Pararse en frente de la existencia y mirar a través de sus ojos. Escuchar “la ternura de su acuario” (Invisible, 1976), cada una de sus palabras, y rendirse completamente ante su inevitabilidad. El juego creacional se convierte en el lenguaje con el que se funda la existencia, misma que por su delicadeza nos atañe, pues el instinto de liberación es el mismo entre lo que existe y quienes solemnemente lo contemplan. Invariable en la condición humana, el instinto se convierte en vida.

Los vestigios de notas pasadas que se reemprenden infinitamente en las pasiones de quienes cantan lo que sienten, que penetran la corteza de los que no tienen carne, de quienes se tocan el alma. Aquella existencia se convierte en el lenguaje que prestidigita en los nogales del ánima. El alimento que nutre al “áurea misma de tu sexo” (Pescado Rabioso, 1973). El diálogo y la conversación transforman a la inspiración en instinto; y al instinto en liberación, en existencia, en la vida misma. Cuando el momento de rigidez haya culminado, solo ahí el lenguaje penetrará en las profundidades del alma. La existencia se evidenciará a sí misma y la canción del sur sonará en su fatídico juego. Las voces hablarán con estoica claridad afirmando la verdadera naturaleza del espíritu: su instintiva inseparabilidad de la existencia. Para quienes escuchamos con sosiego, el lenguaje de la música ya nos ha hablado. Nos habla siempre. Y estará, tranquilamente, esperando retornar en su inadvertido diálogo. “Quien canta es tu carozo, pues tu cuerpo al fin tiene un alma” (Invisible, 1975).

Santiago Jordán Cardona, desde que se acuerda, siempre quiso ser un gangster, una estrella de rock o un rapero del ghetto. Ahora escribe sobre ellos, lo cual resultó ser mejor. Puede imaginarse el sentimiento sin tener que ir a la cárcel por drogas.


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