Reivindicando a Luis Spota, una crítica al poder en ‘Casi el paraiso’ (2024) de Edgar San Juan.

Por Orlando Betancourt

Que quede claro: se trata en principio de una comedia. Una comedia mexicana muy alejada de las tramas superficiales sobre peripecias de jóvenes clasemedieros producidas en los primeros años del presente siglo. Una comedia mexicana, además, de corte político, igualmente distante de los temas profundos y/o narco-necrófilos de tiempos recientes.

Una comedia mexicana de corte político que está basada en la historia original de Luis Spota (Ciudad de México 1925-1985), novelista prolífico y asiduo a los círculos políticos, de donde extraía temas para sus escritos.

En 1980, en medio del delirio populista, Spota creó este retrato del extravío identitario de una clase política surgida gracias a la paz social que trajo a los mexicanos la revolución de principios del siglo XX. Con humor negro, por momentos ácido, el autor caricaturiza la xenofilia de ese grupo favorecido por el naciente régimen en las décadas de los 40 y 50 que, en su retorcida idea aspiracional, apelaban a un falso cosmopolitismo para sentirse miembros de la “burguesía”.

En suma, la obra de Spota expone el arribismo y la simulación de los personajes principales como vías para alcanzar los cargos públicos prometedores de poder y riqueza, desterrando para ello cualquier atisbo de escrúpulos y decencia.

Edgar San Juan dirige su primer largometraje, pero no es novel en el medio. Dirigió el corto Una bala, con el que ganó premios en los festivales de Tokio, Sao Paulo y Toulouse, y ha sido guionista y productor de una veintena de trabajos bien reconocidos en varios circuitos fílmicos del mundo.

La obra contó con el respaldo financiero de empresas italianas, mexicanas y estadounidenses, que copatrocinaron el filme. Visualmente bien lograda gracias a la fotografía de Alejandro Cantú, con locaciones en Acapulco, Ciudad de México y Nápoles, y con actuaciones solventes de Miguel Rodarte, Esmeralda Pimentel, Karol Sevilla y el italiano Andrea Arcangeli, quien interpreta al príncipe estafador. Poco se le puede reprochar a la calidad de la producción.

Tal como lo hace Spota, el lenguaje cinematográfico describe de manera paralela la arrabalera existencia del niño Amadeo Padula –literalmente el hijo de una prostituta napolitana–, con las andanzas de un joven príncipe italiano del linaje de los Conti, quien encuentra en México tierra fértil (casi el paraíso) para aprovecharse de la ignorancia de un sector social ávido de sangre azul y sobrado de ambición. Ambas historias terminarán encontrándose para alcanzar el momento catártico del filme.

Alfonso Rondia (Rodarte) es un político a punto de alcanzar el pináculo de su carrera, la gubernatura de Oaxaca, para lo cual requiere del respaldo (“dedazo” en la jerga política de entonces) del presidente de la República, quien se hace el remolón porque conoce bien las carencias éticas de su correligionario. La urgencia de Rondia por alcanzar la nominación de su partido tiene que ver con un proyecto ecológico en el istmo oaxaqueño que, de concretarse, le hará ganar mucho dinero.

Sin embargo, las intrigas palaciegas lo alejan del gran elector y, en su desesperación, encuentra fortuitamente a una figura que, según su “sensibilidad política” (eufemismo muy usado para referirse al “colmillo retorcido”), le dará el empujón final que necesita para convencer al presidente de que lo premie con la candidatura.

Es entonces cuando entra en escena el príncipe italiano Ugo Conti, al que Rondia convierte en portavoz del proyecto de marras para mejorar su percepción ante la ciudadanía y, sobre todo, para terminar de convencer a ya saben quién.

Como diría el clásico: para un cabrón, un cabrón y medio. Rondia, en su ignorancia, en su ciega altivez, entrega su futuro político, el honor de su hija (una sorprendente Sevilla) y hasta su fortuna económica a un farsante que le aplica una estafa maestra más onerosa que la perpetrada por el Tata Martino a lo que queda de nuestro futbol local.

Ugo Conti (Arcangeli) es el falso príncipe y encarna la dualidad del destino: la esperanza y la tragedia; el bien y el mal, el hijo de puta revestido con ropaje monárquico que hundirá en el oprobio la carrera política de Rondia. Ambos, Conti y Rondia, vendedores de ilusiones y expertos timadores, terminarán sus andanzas en la ignominia.

San Juan mantiene las piezas unidas con el pegamento del sarcasmo original. Tanto la novela como la película son una oda al sarcasmo fino, una burla a los peores modos de un sector social apresurado por acaparar poder, dinero, tierras, casas y hasta linaje.

Al adaptarlo a los tiempos actuales, el filme es una llamada de atención a esos nuevos ricos que han emergido en el México del populismo revivido, el de la izquierda caudillista que se parece mucho, pero mucho, al más vetusto populismo setentero.

Quizá por haber sido brevemente funcionario cultural del gobierno, San Juan proyecta una precaución que no tuvo, por ejemplo, Luis Estrada en ¡Qué Viva México! (2023): nombrar a López Obrador como el presidente en cuyo periodo sucede la estafa. O le dio frío o decidió blindar el filme ante los virulentos descalificativos mañaneros que pudieran afectar la película.

Más allá de ese detalle, San Juan logra una comedia política divertida y eficaz.

Spota, con sus historias del siglo XX, sigue ganando batallas aún después de fallecido. Editorial Planeta, por ejemplo, puso ya a la venta la reedición de la novela con el cartel de la película en la tapa del libro.

Para decir verdad, muchos espectadores nos hemos quedado con las ganas de expresar la altanera frase de “me gustó más el libro”.

Disponible en la plataforma Max.


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