El dinosaurio todavía estaba allí: una mirada a Renacer (2025)

Entre homenajes a Spielberg, dinosaurios mutantes y el apocalipsis según Snickers.

Para evitar malentendidos con quienes no lean esta reseña completa, lo diré de entrada: disfruté mucho la película, porque yo disfruto del cine por muchas más razones que las estéticas y las intelectuales. Así que lo digo ahora —y no al final— cuando les aconseje que vayan a verla en familia.

Voy a empezar desde lo que más me llamó la atención de esta película, porque en algunos momentos me pareció estar en una escena de algún capítulo de Black Mirror. No voy a spoilear al contarles la escena con la que arranca la película, porque ese apocalipsis está en el tráiler oficial; y lo que lo ocasiona, narrativamente, no hace gran diferencia. Tenía que suceder, aunque todavía me sigo preguntando si fue una genialidad narrativa… o simplemente un tema de presupuesto.

La escena va así: un envoltorio de Snickers, olvidado por un técnico de mantenimiento, cae al piso y luego se sube en el ascensor. El plano lo sigue en un travelling casi hipnótico de 40 segundos, muy al estilo de 2001: Odisea del espacio o de la pluma al final de Forrest Gump. El envoltorio llega al subsuelo (en el ascensor), entra por un ducto de ventilación, choca con un sensor defectuoso, genera una sobrecarga y desactiva el sistema de contención de la cápsula del Distortus Rex, un dinosaurio mutante, fruto de los experimentos genéticos que se llevan a cabo en la isla. (Dr. Moreau —guiño guiño). Se acaba la escena, nos vamos al presente, y empieza la película.

¿Por qué me detengo con tanto detalle en esto? Primero, porque quiero. Y segundo, porque creo que es lo que hace de esta séptima entrega de la franquicia Jurassic Park la más diferente —en tono y sentido— de todas las anteriores.

En lo que ya puede considerarse una de las aperturas más insólitas —y probablemente involuntariamente cómicas— del cine de ciencia ficción en los últimos años, Jurassic World: Renacer nos regala esta secuencia en la que una envoltura de Snickers desata una catástrofe global, liberando al dinosaurio mutante que, horas más tarde, estará arrasando helicópteros, islas enteras… y mi fe en la lógica narrativa.

La escena de apertura no solo cambia el tono de amenaza y suspenso que era marca registrada de Spielberg en esta franquicia, sino que instala —sin querer o queriendo— una nota de comedia involuntaria que acompaña al resto de la película, en distintos momentos de tensión (casi todos originados por golosinas). Como si nos dijeran: “Tranquilos, esto no es ciencia ficción seria… es un parque temático con snacks. Diviértanse”.

Desde un punto de vista cinematográfico… ¿la escena funciona? Técnicamente, sí. Está bellamente filmada. La música incidental que la acompaña es elegante, casi poética. Como si estuviéramos viendo el destino de la humanidad materializado en el envoltorio de un chocolate. Incluso hay una iluminación dramática cuando el sensor se sobrecarga y un técnico queda atrapado en una “jaula” con el dinosaurio mutante (tranquilos, no es spoiler, también está en el tráiler).

Pero narrativamente… rompe totalmente la pausa que nos damos para decidir si creemos o no en la historia que nos van a contar. ¿Una empresa que gestiona dinosaurios modificados genéticamente puede ser arruinada por una bolsa de Snickers? O peor aún: ¿el villano principal —el Distortus Rex— no escapa por astucia ni por una falla estructural, sino por una chuchería?

Queda claro que los dinosaurios seguirán. Augusto Monterroso lo dijo: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Entonces, ¿hacia dónde va la saga?

Desde la primera entrega, Jurassic Park (1993), la saga fue perfeccionando un equilibrio entre asombro científico y terror ancestral. Spielberg definió un ritmo temático y visual que quedó grabado en la historia. La segunda entrega ahondó en los peligros de jugar a ser Dios, y superó la capacidad de mantenerte prendido en el asiento esperando que la música de John Williams te anuncie al velociraptor que iba salir de cualquier lado. La tercera (que a mí me pareció la más flojita de esa primera trilogía) cayó en lo decorativo y no tuvo gran sustancia, dejando claro que era Spielberg quien sabía montar bien los dinosaurios.

Luego, la trilogía de Jurassic World apostó por el espectáculo descomunal y dinosaurios cada vez más grandes (Indominus, Mosasaurus, Gigantosaurus), pero se desvió de las raíces emotivas y filosóficas, convirtiéndose más en una fórmula de blockbuster que en reflexión sobre la naturaleza o la ética científica.

Renacer reaparece como una bocanada de aire renovado: retorna el espíritu aventurero y reflexivo, incluso con guiños a Tiburón e Indiana Jones y esas matinés clásicas de los 80 y 90. Creo que fue la forma de Gareth Edwards de rendir tributo al cine de Spielberg, y con eso logra traer de vuelta esa mezcla de maravilla científica y peligro inminente, aunque no alcanza la poesía de la original ni su maestría en el manejo del suspenso.

Sin embargo, hay logros notables en esta última entrega. Por ejemplo, los dinosaurios: animatrónicos y marionetas combinadas con fluidez, recuperando una sensación de presencia real como en las películas de los 90. Hay secuencias intensas y variadas —en mar, tierra y aire— muy bien montadas. El reparto tiene buena química, al menos en los personajes principales: Scarlett Johansson como Zora Bennett, Jonathan Bailey como el Dr. Henry Loomis, y Mahershala Ali como Duncan. El trío funciona notablemente bien.

La película tiene una buena dirección, pero no alcanza la maestría de Spielberg. Gareth Edwards hace un trabajo sólido, pero su estilo se dedica más a la grandilocuencia que a la atmósfera. Tiene momentos tensos con escenas muy bien logradas, pero no hay ese nudo en la garganta que te mantenía pegado al asiento en 1993… e incluso en la de 1997.

La música es funcional, pero menos icónica: Alexandre Desplat (que no es cualquier compositor) retoma motivos clásicos, pero no tiene el mismo peso narrativo ni la sincronía emocional que el score de John Williams, que era literalmente parte del suspenso y de la narración. A pesar de lo correcto que es todo —porque Desplat es un gran compositor— no hay un tema musical que uno tararee saliendo del cine. Hay una nostalgia bien intencionada —como el tema principal y el “Journey to the Island”— pero le falta esa chispa icónica que tenía Williams. Cumple, pero no emociona.

¿Vale la pena?

Sí, lo dije al inicio, si buscas espectáculo, adrenalina y un regreso a las raíces del cine de aventuras, Jurassic World: Renacer cumple con entregarte una experiencia disfrutable y nostálgica, con un reparto que propone química y emociones funcionales.

Mi única queja: “Dolores” es un personaje muy desaprovechado. Creo que habría aportado mejores giros que los del Dr. Loomis, ese guapísimo y sexy sexy nerd que te seduce diciendo cosas como: “La supervivencia de la especie humana es una posibilidad muy remota”, mientras masca unos Altoids de canela.


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