El investigador y catedrático español Aitor Bikandi-Mejias, ha profundizado obstinadamente sus estudios en las relaciones entre el cine y la literatura. En el caso de la obra de Luis Buñuel, esos nexos se vuelven ricos para explorarse, multiplicándose además, las conexiones con otras artes como la pintura, el teatro y la música.
El cine buñueliano abre el diálogo, busca provocar y alargar la conversación sobre el arte y la vida: del surrealismo de los inicios, al drama mexicano, hasta la irreverencia de la etapa francesa, hay ahí una filmografía que supura las obsesiones del cineasta español más universal.
En El carnaval de Luis Buñuel (2000), Bikandi-Mejias disecciona esas inquietudes en extensos análisis sobre la muerte, la mutilación y deformación del cuerpo, la risa, los excrementos, el juego de azar, la fiesta y el carnaval, tópicos que el cineasta de Calanda explotó en obras inolvidables como La edad de oro (1930), Nazarín (1959) y Tristana (1970).
En la terquedad de hurgar en los entresijos del séptimo arte y los libros, el autor va descubriendo vínculos con la poesía de García Lorca y la pintura de Francisco de Goya; las letras de Pérez Galdós se impactan con el arte de Picasso, en películas rebosantes de simbolismos que apuntan sus dardos a la religión y la burguesía.

El pesimismo de Buñuel nunca es definitivo, el humor rasposo e inesperado de secuencias vistas en El ángel exterminador (1962) o La Vía Láctea (1969), colisiona de forma extraña con el drama crudo y surreal de las obras maestras Los olvidados (1950) y Bella de día (1967); es en ese curioso golpeteo cinematográfico, donde emerge el encanto del cine de Buñuel, ejercicios tan raros como exquisitos, tan inexplicables como míticos.
Es entonces que se deducen las intenciones de Aitor Bikandi-Mejias en El carnaval de Luis Buñuel, al intentar asistir al lector a descifrar una serie de películas que terminan atrapadas en la maraña del arte, dando el autor, claridad tanto a principiantes como a conocedores en el trabajo de Buñuel.
Si con Viridiana (1961), Un perro andaluz (1929) o El discreto encanto de la burguesía (1972) el legendario director consiguió la gloria internacional, es en sus cintas menos conocidas donde se fue fraguando un estilo desdeñoso que sigue creando escuela, una de las miradas más influyentes en la historia del cine, y a final de cuentas, un auténtico carnaval cinematográfico donde todo puede suceder: un cine iconoclasta, sin concesiones.
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