Un funesto 2025: In memoriam de los queridos Sergio Huidobro e Irving Torres Yllán.

Por Daniela Muñoz.

2025, eres un año aciago. Ya he aprendido a despreciarte con fervor excepcional. Aparte de llevarte figuras cinematográficas colosales en la industria más importante del orbe, no te detuviste en nuestro país y nos arrancaste sin piedad a mis maestros Carlos Bonfil y Pepe Návar el mismo día. Sigues tu malogrado y funesto curso y nos quitas a Juan García. Hace apenas unos días, te llevas sorpresivamente, a Irving; y para rematar, hoy nos arrancas a Sergio Huidobro.

Yo, que hace meses aprendí a abstraerme del falaz distractor que son las redes sociales (con contadas, contadísimas excepciones) y que al parecer, son actualmente el heraldo digital de la tragedia, hoy me resulta imperativo no solo reconocer mi propio dolor, sino expresar a voz en cuello la frustración, la estupefacción y la pérdida, sensaciones que no he podido comunicar en forma efectiva ni con la voz, ni con la pluma durante tanto tiempo. Nunca es una opción para mí hacer a nadie partícipe de mis pesares. Descarto terminantemente la muestra del dolor personal como un espectáculo público y mucho menos, considero estos medios una palestra para exponerlo. Por ende, mi intención no es tal, sino que estas líneas sean más una especie de elegía que, quizá, pueda servir de ejercicio catártico para todos aquellos amigos y colegas en el medio y en la industria que puedan a llegar a sentir lo mismo que yo; y que quienes, como yo, tampoco hayan deseado o podido expresarlo.

Fue hace tan solo un mes, querido Irving, cuando coincidimos en la presentación de los libros en Churubusco. Javi Quintanar estaba ahí, también Sergio Raúl, y aunque el evento no permitió que platicásemos en demasía debido a la cantidad de personas con las que todos alternábamos, encontramos -como siempre- un espacio para comentar. Nos abrazamos, y sentí como si estuvieras algo diferente. No tan animado, no tan parlanchín, pero siempre intercambiando ideas. Al terminar el evento volvimos a conversar brevemente y terminamos por despedirnos, como siempre, obviando (¡qué gran error!) que nos veríamos en cada evento cinematográfico que se avecinara. Pues bien, dado mi aludido alejamiento de las redes producto del hartazgo, me entero apenas el fin de semana de tu partida. Me quedé fría. No podía creer lo que estaba leyendo. Mi pasmo fue aún mayor cuando, a la misma vez, me enteraba de que tu servicio se había ya hecho y recordaba ipso facto, como en un terrible flashback, nuestro encuentro en Churubusco. El último. Ver tu fotografía en una esquela fue aún peor. Mi pecho se estrujó y ahí mismo supe que no habría más citas de Monty Python para intercambiar, ni más duras invectivas compartidas contra el gobierno de quinto patio que nos aqueja, así como las hubo contra todos los que lo hicieron antes. Pero sobre todo, vino la peor revelación: No habría más palabras de cine. Fue entonces que caí en la cuenta de que nos faltarás siempre, y que ahora habrá qué arreglárnoslas sin ti.

Y hoy… Hoy le escupí al universo espetándole con irredenta frustración qué quiere de nosotros. Hace apenas tres semanas coincidíamos, Sergio querido, tú, quien esto escribe, y otra serie de estimadísimos colegas investigadores en una hermosa colaboración bibliográfica de divulgación sobre la historia de nuestro cine. Te abrazamos fuerte y con enorme felicidad al saber que habías superado el tremendo proceso médico al que te habías sometido; Roberto y yo te inquirimos acerca de si estarías en Morelia y nos dijiste, poco convencido, que solo un par de días. Eso, y tu dubitativa respuesta sobre tu mejora de salud, nos generó amplia preocupación. No obstante, hablamos muy animadamente de tu excelente artículo y después del mío, que me dijiste que te gustó tanto, lo cual consideré un honor. Al terminar tu entrevista, nos dimos otro cálido abrazo y nos prometimos reunirnos pronto, para coincidir y conversar, (cuándo no!) de los entretelones de nuestro cine, de nuestros trabajos, de posibles proyectos y de aportar. Hoy me despierto con la fatídica noticia de tu súbito fallecimiento. Estaba atónita. Era como si las palabras que en nuestra siguiente conversación tan esperada fluirían sin problemas, se hubieran de pronto agolpado en mis labios, sin poder salir nunca más, como si de un globo de texto de cómic se tratase y que no admitiera más que la impresión de tres puntos suspensivos por todo diálogo, al enterarme de que no tendría oportunidad de decírtelas ya. Mi corazón dio un vuelco y arranqué a llorar sin más. Un llanto seco, indignado, ahogado. Entré en una especie de marasmo, como si oyera todavía tu voz pausada y tranquilizadora, tu opinión firme y directa, tu generosidad docente y tu análisis de calidad excepcional. Maldije las cardiopatías. Recordé a Irving. Maldije los males renales. Me volví hacia mí misma. Maldije la orfandad de mi diálogo fílmico por toda conclusión en ese instante, al caer en cuenta de la inopinada ausencia de ambos. Maldije todo, creo. Sí, maldije el tiempo. Por no poder permitirnos estar más. Las imprecaciones dejan un sabor acre en la boca. Parece que en la mía la acrimonia promete quedarse más.

Mi compromiso con ustedes existe. Al elevar una plegaria por permitirnos a tantos compartir su presencia en este plano, y por el sortilegio que fue coincidir en el mismo espacio, lo reafirmé, como lo hice en silencio durante semanas por Carlos y por Pepe. Ya que al haber tenido Jornadas, Cines en Video, Tempestades y CineNT’ s (amén de mil colaboraciones más) y festivales, premiaciones, divulgación, crítica, desazones y sobre todo, amor al arte fílmico, es tarea impostergable de todos nosotros aún aquí, seguir el derrotero que nos hemos trazado juntos en la lucha continua por ésta -en palabras de Juan Bustillo Oro– ‘vida cinematográfica’.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑