La nostalgia infantil se ha convertido en una mina de oro para el cine de terror. En plena era digital, Hollywood ha encontrado una fórmula tan retorcida como rentable: profanar los iconos de nuestra infancia y transformarlos en monstruos sedientos de sangre. Lo que alguna vez representó la inocencia ahora alimenta pesadillas de bajo presupuesto, humor macabro y violencia explícita. El fenómeno tiene nombre propio: The Twisted Childhood Universe, una franquicia que convierte los recuerdos más entrañables de varias generaciones en auténticas carnicerías cinematográficas.
