#Oscar2024: ‘Killers of the Flower Moon’ (2023) de Martin Scorsese.

Por Santiago Jordán.

Existe una época en el año, una temporada en particular, en la que las praderas de Oklahoma y sus colinas de robles se ven totalmente cubiertas por flores diminutas. Para muchas naciones indígenas, se siente como si un dios mirara hacia la Tierra y la espolvoreara con dulces y azúcares. Para la nación de los Osage, ese dios reencarna en el nombre de Wah-kon-tah. Y aquella temporada, aquel profundo momento de belleza y significado, lo conocen como “La luna de las flores” (flower moon).

La infame historia que acecha a los Osage fue producto de la más sucia codicia del hombre. Una lucha por el “oro negro”. Un odio creciente de raza. Un baño de sangre: “John Whitehair, 23 años, sin investigación. Bill Stepson, 29 años, sin investigación. Anna Sanford, 41 años, sin investigación. Rose Lewis, 25 años, sin investigación. Sara Butler, 21 años, suicidio”. La masacre de las décadas de 1910-1930 marcó una era en la vida de los Osage; y así fue contada hasta el día de hoy. Aquellos asesinatos reflejaron la eterna lucha entre los nativos americanos y los blancos, una lucha cínicamente familiar que encontró en el cine y la literatura un espacio para la memoria. En octubre de 2023, 113 años más tarde, esa memoria reencarnó de las manos de Martin Scorsese, quien se propuso, como pocos otros –con su más fina autenticidad-, recordar la injusticia que sufrió el pueblo de los Osage. Y así, en su último film, sentenció a su manera a aquellos asesinos de la luna de las flores: Killers of the flower moon (2023).

La filmografía de Scorsese se ha consagrado a lo largo de los años gracias a su maestría en el uso del lenguaje cinematográfico, donde cada herramienta audiovisual es cuidadosamente seleccionada y utilizada en función a la historia y las emociones que pretende transmitir. La oscuridad que construye a Travis Bickle en Taxi Driver (1976), la violenta edición que refleja la adicción de Henry Hill en Goodfellas (1990) o la sombría narración que atormenta a Jake La Motta en Raging Bull (1980). Sin lugar a dudas, Killers of the flower moon se embriaga de cada elemento que convierte a este film en un prócer “scorsesiano”.

Nuevamente, el maestro Martin se reencuentra con sus grandes fetiches cinematográficos: Robert De Niro –quien interpreta a William Hale- y Leonardo Di Caprio, que responde al nombre de Ernest Burkhart. Curiosamente, es la brillante Lily Gladstone quien, dándole vida a Mollie Cobb, logra resignificar el cine de Scorsese y construye una de las actuaciones más hermosas de su filmografía. Aquí, en Killers of the flower moon, haciendo eco de uno de los sucesos más atroces de la historia de los Osage, Scorsese y su elenco rememoran el dolor de la muerte sinsentido con toda el alma y la genialidad que el cine como arte tiene para ofrecer.

Cada escena cuidadosamente bañada del más profundo simbolismo, cada toma perfectamente posicionada bajo el lenguaje significante de la cámara, cada color y cada sonido que embriagan a una audiencia sedienta de buen cine. La Santa Trinidad de Martín (familia, religión y violencia) cobra vida una vez más para crear a esos personajes consumidos por la ambición desmedida y la culpa, hasta el punto en que una suplanta a la otra, carcomiéndose sus entrañas. Scorsese no es ajeno al dolor, nunca lo fue. En este su último film, ese dolor se transforma en la reivindicación, en el reconocimiento a labor de la imagen, de aquellos hombres y mujeres Osage que fueron indignamente asesinados por los coyotes de siempre.

El cine de Martin volvió a cobrar vida. Y no contento con tan solo las artes mañosas del mismo, se alcoholizó de la pretensión documental, de las leyendas indígenas y la literatura más elegante, culminando en el imperturbable relato radial. Se paró ahí, frente a la cámara, con la más absoluta templanza y, como si de un verdugo se tratara, como si la magia de la imagen no bastara, condenó de manera irreprochable a la tortuosa ambición humana, al capitalismo desmesurado, al acto infame de unos coyotes blancos que amenazaron destruir las praderas y los robles. “La señora Mollie Cobb, de 50 años de edad, sepultada junto a su padre, su madre, sus hermanas y su hija. No se mencionaron los asesinatos”.

No suelo ir mucho al cine. Particularmente porque no me siento atraído por las carteleras que invaden la popularidad. Así que es realmente un placer poder encontrar, de aquí en tanto, un film que embriague de la forma en la que lo hizo Killers of the flower moon. Lo «scorsesiano» invade nuevamente las salas oscuras y los relatos negros, esbozando una bella imagen (o imágenes, siempre en movimiento) de tan inhumano (¿o muy humano?) hecho tristemente célebre. De la mano del viejo Martin, el casi tan viejo Di Caprio y el eterno joven De Niro, la lucidez se vuelve a hacer cine y el cine -como sucede muy poco ahora- arte.

No sé cuándo será la próxima vez que las salas bolivianas tengan el honor de recibir la semejante majestuosidad del séptimo arte. ¿Tendremos que esperar la próxima (y última) de Tarantino? Quién sabe. Lo único cierto es que, mientras permanezca en cartelera, volveré una y otra vez a esa sala vacía en la que el cine de Martin me hizo remembrar que, desde que puedo recordarlo, siempre quise amar al cine.

Santiago Jordán Cardona, desde que se acuerda, siempre quiso ser un gangster, una estrella de rock o un rapero del ghetto. Ahora escribe sobre ellos, lo cual resultó ser mejor. Puede imaginarse el sentimiento sin tener que ir a la cárcel por drogas.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑