Libro: ‘Acid House’ de Irvine Welsh.

En la medida de lo posible, la literatura de Irvine Welsh debe leerse en inglés, de lo contrario, podría perderse mucho de la vastedad coloquial del slang escocés, que compromete a la prosa del escritor con el humor negro y las vivencias de una juventud al límite, como la que vivió el autor.  Después del éxito avasallador de Trainspotting, Irvine Welsh publicó en 1994 Acid House, una recopilación de 22 relatos y una novela corta que adelantaban el futuro universo expandido del escritor: prostitutas, yonkis, exyonkis, borrachos, desempleados y enfermos mentales, se alejan de la condición de víctimas para transfigurar la autodestrucción como forma de vida.

Son crónicas de los estragos dejados por Margaret Thatcher en los 80 y la ebullición de la cultura del club nocturno, las drogas duras y el conformismo de una clase media traicionada, donde las adicciones se convierten en la nueva hambruna. Welsh conoció los infiernos de la adicción a la heroína y en sus letras se agradece la capacidad de encontrar el humor en la desgracia que provoca la naturaleza humana, con seres que viven sólo para la siguiente dosis, sin saber dónde amanecerán mañana.

La variedad en forma y estilo de los 22 relatos que comprenden Acid House, va de la descripción introspectiva en primera persona, hasta la narración detallada de eventos desde la lejanía de un narrador que no pierde oportunidad para provocar e incomodar al lector, quien se pasea entre partidos de futbol, homosexuales reprimidos, pubs de mala muerte, infidelidades y vandalismo en una Europa pesadillesca, carente de autoridad y razón, pero innegablemente placentera.

Es probable que Irvine Welsh jamás pueda superar el éxito de Trainspotting y su estela cinematográfica, pero en Acid House, está sin duda mucho de lo mejor que el autor ha escrito, un itinerario que corre por varios de los momentos más ríspidos y nauseabundos del pecado y la salvación de sus personajes. La edición en español del libro, con la puntual traducción de Federico Corriente, traslada a nuestro idioma el dialecto escocés de Edimburgo con una soltura que impacta, pero lejana aun de la crudeza original de la narrativa Welsh. Aquí, más Welsh que nunca.

La adaptación al cine de Paul McGuigan:

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