Posesión siniestra: ‘El exorcista’ (1973) de William Friedkin.

Por Santiago Jordán Cardona

Aún tengo pesadillas. Aquella tonada, por más deliciosa que pueda ser, aún me causa pesadillas. No supe que era Mike Oldfield quien la compuso hasta muchos años más tarde de haberla escuchado por primera vez. Recuerdo vivamente aquella noche (después de todo, cómo podría olvidarla. Un niño nunca olvida la primera vez que llora de miedo). Recuerdo a la perfección cada escena y cada toma que hicieron temblar todo mi cuerpo. El pis en la alfombra. La Virgen prostituida en la iglesia. Los vómitos y el descalabro de la carne. El cuello completamente retorcido. Los repentinos sobresaltos cuando un rostro aparecía reflejado en alguna superficie. Las palabras que, aunque no las creía, me forzaba a repetir para intentar escapar de la locura: “The power of Christ compels you!”. Y aquella escena, aquella preciosa toma que muestra ciertamente que el terror es también arte. La silueta del Padre Merrin frente a la casa de su destino, contemplando inquebrantablemente la inevitable desesperanza que lo persigue, la eterna lucha contra el mal. Se hacían las tres de la mañana. No conciliaba el sueño. El Padre Merrin había muerto. También el Padre Karras. El demonio, por supuesto, nunca muere. 03:33 am. El reloj se para. La noche se hace más oscura. Mike Oldfield suena de nuevo.

A pesar del terror que me causó esa película –pues sí, lo admito, grité como nunca antes-, lo que convierte al Exorcista de Friedkin en un referente del cine de terror va más allá del miedo que pueda generar en las audiencias. El terror permanece subjetivo en cuanto cambian los contextos del medio, de la tecnología y de la propia gente. Hay quienes experimentan en mayor grado lo siniestro leyendo El exorcista de William Blatty (novela en la que se basa la película) o atestiguando cualquier slasher que emule más verosímilmente las posibilidades reales de aquello a lo que en verdad tememos por constitución biológica: la muerte. (Incluso cuando, citando al gran filósofo Charles Vane: “temer a la muerte es una elección”). La suposición de que la calidad de un film del género de terror sea, en mayor o menor medida, superior de acuerdo a la cantidad de gritos que genere en el público cinéfilo termina errando en la parcialidad, pues lo que convierte a la película en arte es la delicadeza cinematográfica con la que trabaja el miedo. La lenta y terrible construcción del espacio que, en sí mismo –en su lenguaje audiovisual, pretendo decir-, conduce hacia el hundimiento absoluto en el suspenso y la magnificencia de la incomodidad. Así lo demostró Friedkin.

Viniendo de la misma escuela que Scorsese, Coppola, Leone y De Palma, William Friedkin propulsó una de las olas más importantes para la cultura cinéfila, dotando a la década de los 70 de obras cumbres en la historia del séptimo arte. El despliegue narrativo y simbólico de aquellos films que constituyen ahora parte del canon cinematográfico (muy merecidamente, a consideración propia) se materializa en la capacidad artística de los autores de transmitir vía audiovisual –con el lenguaje propio del medio- todas aquellas nociones que construyen en su totalidad el sentido y significado de la película. Así, El exorcista de Friedkin trabaja el miedo no solo en la trampa y lo repentinamente inesperado, sino en función de cada toma que encierra en sí un símbolo, un significado y una propuesta artística. En la luz que se atenúa cuando debería atenuarse y que ilumina en función del discurso del relato. En cada diálogo y escena grotesca que hacen oda a la belleza del impacto, del choque, de la violencia. En la música que persigue y envuelve a quien la escucha, remitiéndolo a un cúmulo de sensaciones fisiológicas que, se sabe ahora, avecinan a la desesperanza del corazón sobresaltado. El terror está presente en cada entramado que construye al lenguaje cinematográfico. Cada una de las partes de ese sistema al que llamamos cine emula en sí un grado de horror, se entrelaza con el resto de partes que lo constituyen y, juntos, edifican una obra magna capaz de representar en sí misma el estado de terror. La película de Friedkin, a diferencia de muchas obras del género que no supieron concebir al lenguaje, articula un constante estado de tensión donde la sorpresa es tan solo una herramienta del sistema, pues el miedo –el verdadero miedo- queda imbricado en el arte. En la coseidad pesada de todo el film.

Me gustaría atreverme a decir que The Exorcist de William Friedkin es la mejor película de terror de la historia, incluso mejor que The Shining. Lamentablemente me es imposible. Después de todo, existe Hitchcock. Y Hitchcock es Dios. Aun así, la obra de 1973 caló en mí un profundo amor por el cine y marcó una época importante para mi vida. Jamás había sentido tanto miedo. Jamás una escena había provocado en mí el deseo instintivo de gritar y esperar consuelo como cuando vi por primera vez a Regan bajar agazapada de las escaleras. Aún puedo ver claramente la imagen en mi cabeza. La cámara enfocando al rostro de su madre (en este punto completamente desamparada), sus ojos engrandeciéndose por la completa incomprensión del suceso, las manos temblorosas, la mirada increíble. De pronto, la toma: la escalera, el cuerpo mutilado de una niña, la boca ensangrentada. No dormí aquella noche. ¿Cómo podía hacerlo?     


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