Procuro terminar el día viendo una película. El problema es que, a veces, tardo más eligiendo qué ver que viendo la película misma. Por ello, hace tiempo opté por dejar que otros decidan; por lo regular es mi novia, con quien comparto estas sesiones nocturnas antes de dormir. Hace unos días nos dispusimos a ver una de las nuevas producciones de Netflix, Delicia (2025) dirigida por Nele Mueller-Stöfen, una película alemana descrita como un thriller psicológico de suspenso y terror. La descripción no mentía: la película es lineal, se deja ver, pero el mal sabor de boca que me dejó es lo que me lleva a escribir esta reseña. Más que un análisis de la cinta en sí, quiero tomarla como pretexto para señalar un fenómeno cinematográfico reciente: una tendencia que, envuelta en las capas del terror y la supuesta crítica social, no es otra cosa que aporofobia descarada, sin siquiera el esfuerzo de disfrazarla con alegorías, como en otras épocas.
Antes de abordar el fenómeno, haré un breve repaso de la película.
Delicia sigue a una familia alemana de clase alta que se va de vacaciones a la costa francesa. Se trata de la arquetípica familia burguesa: padre, madre y dos hijos, un adolescente y una niña de alrededor de 13 años. Una noche, después de haber bebido alcohol, atropellan a una joven. La chica, una española llamada Teodora, los sigue hasta su casa y les pide trabajo como empleada doméstica, alegando una situación de urgencia. Terminan contratándola, y aquí comienza lo inquietante de la trama. Teodora se va ganando a cada miembro de la familia, y con el paso de los minutos vemos cómo su círculo de amigos también cobra protagonismo. Hasta la mitad del metraje, la película parece tener un contenido social interesante: muestra las diferencias de clase y las contradicciones materiales de cada personaje. Incluso hay un par de escenas que prometen una crítica incisiva.
Sin embargo, la historia da un giro y nos revela que Teodora y sus amigos planean algo contra la familia burguesa. Y aquí es donde la aporofobia brota sin pudor: en un giro, casi inesperado, descubrimos que los pobres —representados por Teodora y sus compañeros— son caníbales y se dedican a devorar millonarios. La película culmina con Teodora comiéndose a sus patrones y escapando con sus compinches en busca de nuevas presas.

Desde la Revolución Francesa, las clases dominantes han temido a las masas. El miedo a rebeliones y revoluciones que alteren el statu quo ha sido una constante histórica. Antoni Domènech definió este fenómeno como demofobia, y en su obra analiza ejemplos como la Comuna de París de 1871 o la victoria del Frente Popular en la España republicana de 1936. Más cerca de nuestro contexto, la historiografía conservadora mexicana del siglo XIX demonizó el movimiento de Hidalgo, tachando a sus seguidores de masas ignorantes que arrasaban con la civilización, y usaron como ejemplo la toma de la Alhóndiga de Granaditas.
El miedo a los pobres siempre ha existido. Pero en el cine rara vez se ha representado de manera tan cruda. Antes, el género de zombis servía como metáfora de este temor: hordas torpes, movidas más por instinto que por ideología, arrasando con la civilización. Delicia, en cambio, es mucho más directa: aquí, los pobres son el enemigo manifiesto. Nos deben provocar miedo porque, en su condición de necesidad, son capaces de cualquier atrocidad. Es cierto que hay un par de escenas donde se alude a la desigualdad social, pero estas no funcionan como una crítica genuina; por el contrario, solo sirven para reforzar la humillación de los personajes empobrecidos.
Lo más preocupante es que Delicia no es un caso aislado. En los últimos años hemos visto más ejemplos de este tipo de cine. Parásitos (2019), de Bong Joon-ho, y Nuevo orden (2020), de Michel Franco, siguen patrones similares. Aunque sus creadores afirman que querían hacer crítica social, ambas terminan representando a los pobres como antagonistas. Sus motivaciones son simples: llenar el estómago, tener lo que no han podido poseer. Son masas que atacan a los ricos no por convicción ideológica, sino por instinto. Son zombis.
Es necesario hacer un llamado de atención ante esta narrativa. No podemos permitir que se siga estigmatizando a una clase que históricamente ha sido despreciada y criminalizada. La ficción importa: modela la forma en que entendemos la realidad. Y si el cine comienza a reproducir sin tapujos la aporofobia de las clases dominantes, la lucha por la dignidad de los oprimidos se hará aún más cuesta arriba.
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