Cómo llegar a Bob Dylan a través del cine… y perderse.

Por Francisco González Quijano.

Es complicado conocer a Bob Dylan. Empecé a interesarme en él gracias al cine. Un poco tarde, sí. Tenía 19 años. Fue en los créditos finales de Assassins (1995, Richard Donner), una mediana película de acción cuya mayor virtud es cerrar con Like a Rolling Stone, versionada en vivo por los Rolling Stones. Recuerdo que, emocionado, no pude levantarme del asiento de la sala hasta que acabó el último acorde con un sonoro “thank you, Bob” de Keith Richards.

En cuanto pude, compré dos álbumes: el Stripped de los Rolling, que incluía aquel cover, y Bob Dylan Unplugged, elegido por mí de forma aleatoria para ser el primero del cantautor en mi colección de casets. No pude con él. Mis gustos post-adolescentes esperaban otra cosa, algo más de rock and roll o, al menos, alguna tonada pegajosa. Descubrí, en cambio, que Dylan también aportaba de forma involuntaria música para iglesias. Con pesar me di cuenta que me sabía Blowing In The Wind con otra letra: “Saber que vendrás (The answer, my friend), saber que estarás (is blowing in the wind), partiendo a los pobres tu pan (the answer is blowing in the wind)”.

Años después me haría aficionado a la música, la voz desafinada y las letras de Dylan. Me bastaba oír alguna de sus canciones en el soundtrack para que una película me gustara. Solo por “Things Have Changed” me encantó Wonder Boys (2000, Curtis Hanson), que en Hispanoamérica fue traducida como Loco fin de semana —cosas inexplicables—.  Por cierto, esa letra dice: “este lugar no me hace ningún bien, estoy en la ciudad equivocada, debería estar en Hollywood”. En marzo de 2001, la canción le hizo justicia, o no. El futuro Premio Nobel de Literatura, que no se presentó a recoger tan prestigiado reconocimiento en 2016, sí salió al escenario de los Premios Oscar para cantarla y después ganar la estatuilla a Mejor Canción Original.

Ninguna estrella del mundillo cultural hubiera actuado como Bob. ¿No habría sido más lógico para alguien como él desdeñar un Oscar y aceptar el Nobel? Le sería más redituable ir de rebelde o activista, acorde con gran parte de sus letras, reivindicativas y desafiantes. Sin embargo, ha preferido no construirse un personaje fácil de encasillar. Pruebas sobran. La más representativa fue su actuación en el Festival de Newport de 1965, cuando se atrevió a salir con chamarra de piel y guitarras eléctricas, frente a centenares de feroces hippies animalistas, para quienes solo el folk acústico merecía el estatus de alta cultura comprometida con las causas.

Ese momento histórico es el clímax de la película que, en 2025, me hizo volver a escuchar canciones de Bob Dylan en una sala de cine: A Complete Unknown (2024, James Mangold). Ya el título dice mucho, además de remitir a una de las frases de “Like a Rolling Stone” (How does it feel? To be without a home, like a complete unknown, like a rolling stone), tiene por eje la imposibilidad de descifrar las contradicciones del genio. Para colmo, esta cinta volvió a poner al músico en boca de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas tras haber sido nominada.

Salí del cine con la sensación de que Dylan se habría reído del guion, que está basado en el libro Dylan Goes Electric, de Elijah Wald. Mangold se toma ciertas libertades creativas y hollywoodenses para agregar melodrama respecto a la —para mí— poco interesante vida amorosa del cantante. El director consigue mostrar a ese Bob impermeable de lo que sucede a su alrededor, un “completo desconocido” en el sentido literal. Para ello, se recarga en la popular figura de un actor que lo representa muy bien, Timothée Chalamet, y un reparto diseñado como gancho propagandístico para llegar a nuevas audiencias.

A esto se suma la decisión de reemplazar las canciones originales por reinterpretaciones del propio Chalamet. Lo hace genial, sí, pero como en toda biopic, la comparación con lo original resulta inevitablemente complicada. La película sirve igual como vehículo para que gente que no lo conoce llegue a él, como me pasó en aquel lejano 1995.

Recuerdo haber visto a Dylan en vivo en 2012, en un recinto un poco incómodo de la Ciudad de México. Como si se tratara de Newport, el músico cambió las melodías de todas sus canciones, evitando así que sus fans cantáramos a coro con encendedores en mano. El amigo que me acompañaba y yo descubrimos que estaba tocando Like a Rolling Stone a mitad de la canción; lo mismo nos pasó con “Blowing in The Wind”, detalle que agradecí después, por no haberme evocado aquellos días de iglesia. Ya no es solo Dylan un completo desconocido, también su música.

Una amiga me contó que vivió lo mismo en Florida, en 2024. Allí, además, la organización del concierto implementó unas bolsitas con candado en las que tenías que meter tu celular hasta que terminara el show, para así impedir que se grabara algún video y se hiciera circular en los medios actuales. Por lo visto, la relación del autor con las cámaras y lo viral dejó de ser la de antes.

Los nexos entre Dylan y el séptimo arte han estado marcados por la misma actitud seductora, esquiva e impredecible que también define su carrera musical. Desde los años sesenta se acostumbró a caminar entre videocámaras que pretendían registrar conciertos y parte de su caótico mundo; este material daría forma a tres laureados documentales: Dont Look Back (1967, D.A. Pennebaker) y los de Martin Scorsese, No Direction Home (2005) y Rolling Thunder Revue (2019).

Si bien cada uno busca acercarse al músico desde diferentes épocas y perspectivas, todos revelan a un artista que, irónicamente, parecía hacer esfuerzos por eludir la fama, pero cuya actitud solo alimentaba el interés a su alrededor. En una entrevista le preguntaron sobre si la canción “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” se refería a las implicaciones de la política exterior de Estados Unidos, la inminente Crisis de los misiles de Cuba y una posible lluvia atómica. Dylan miró incrédulo al interlocutor y dijo, “no, no es lluvia atómica, es una fuerte lluvia, nada más”; pero si uno lee la letra con atención, encontrará alusiones a guerras, injusticias y sufrimiento. Ese extraño proceder lo arrastró a interminables apariciones en la prensa que lo fastidiaban cada vez más. Pobre del periodista que intentó entrevistarlo entonces… y pobre del que lo haga ahora, si es que puede.

Resulta entonces incomprensible que, hastiado de la exposición pública, en 1972 se pusiera a las órdenes del aclamado director Sam Peckinpah para participar como actor y compositor de la banda sonora de Pat Garret & Billy The Kid (1973), un western moderno en el que Dylan aparece, gran parte del metraje, asomando sus ojos azules entre un poncho y un sombrero. Vamos, cual personaje salido de Speedy González, que funciona como un intrigante aliado del protagonista. Los acordes de “Knocking On Heaven’s Door” acompañan muy bien aquellos monumentales planos de atardeceres, caballos y pistolas.

En los setenta Bob estaba en su culmen creativo y lisérgico. Su cercanía con el poeta Allen Ginsberg, lo había hecho entrar de lleno el movimiento cut-up, popularizado por William S. Burroughs y originado en los experimentos dadaístas. Esto consiste en cortar y reorganizar fragmentos de textos para generar significados caóticos y subconscientes. La actividad lo llevó a publicar Tarántula (1970), su único libro de prosa. Encandilado con la técnica y la experiencia con Peckinpah, pasó a sentirse Godard, al punto de dirigir una película experimental de casi cuatro horas:  Renaldo & Clara (1978). Con la misma fórmula literaria, este filme alterna imágenes de conciertos, escenas improvisadas y secuencias surrealistas que invocan el imaginario dylaniano, su relación con la fama, el arte y el amor.

Dylan se avergüenza, con frecuencia, de obras en las que estuvo implicado. Así como le sucedió tras la publicación de su primer álbum —declaró que tuvo prisa por grabar otros nuevos que lo hicieran olvidar—, también retiró todo tipo de distribución de Renaldo & Clara solo dos años después de su exhibición. En cambio, Tarántula ha tenido múltiples reediciones, especialmente tras el Premio Nobel. Yo me avergüenzo, también, de no haber disfrutado tanto ni el libro ni la película.

Mi terquedad de fan me llevó a rastrear y ver una cinta olvidada de finales de los ochenta que Bob vuelve a protagonizar, Hearts Of Fire (1987, Richard Marquand). Un film ñoño y colorido, en el que Dylan encarna a Billy Parker, un “músico de la vieja guardia” que se enamora de una jovencita bella, humilde y talentosa, destinada a la fama y a los grandes escenarios.

Pese a que tiene cameos imperdibles de gente como Ronnie Wood o Eric Clapton, la película fue un fracaso comercial, pero al menos sirvió para que la actriz, Fiona, sacara un disco que le dio éxito efímero como baladista pop-rock. En una de las escenas, Dylan —o Billy, su personaje— nos deja esta joya de diálogo profético: “Siempre digo algo estúpido, ¿cierto?, siempre hablo sin pensar, ¿verdad? Bueno, supongo que siempre supe que nunca fui de esos cantantes de rock and roll que iban a ganar un Premio Nobel. ¿Así se llama, Premio Nobel?”. Muérdete la lengua, querido Bob.

Obviamente, Dylan contribuyó para que esta obra también fuera retirada de circulación y no hubiera manera de encontrarla —eso sí, no contaban con la astucia de esa web de nombre Internet Archive, en donde también puedes toparte con Renaldo & Clara—. Las últimas apariciones del artista en la pantalla grande, antes de la llegada del nuevo milenio, fueron dos cameos noventeros. Uno en Catchfire (1990, Dennis Hopper) y el otro en Paradise Cove (1999, Robert Clapsadle). Presencias muy breves en las que da la impresión de que tales rodajes fueron unos fiestones a los que Dylan se apuntó.

Cuando parecía que la relación de Bob con la cinematografía se había reducido a la inclusión de sus canciones en soundtracks, surgieron las dos películas que, en mi opinión, mejor capturan su esencia. La primera de ellas fue Masked and Anonymous (2003, Larry Charles), en la que Dylan no solo compuso la música, sino que también escribió el guion y asumió el papel protagónico de una comedia distópica tan críptica como su propia figura. Ya el título nos anuncia mucho de sí —otra vez, completo desconocido—. Esta la conseguí hace poco en mp4, a través de un amigo pirata al que agradecí amablemente con unas cervezas. Perdónanos el atrevimiento, maestro.

Al lado de un reparto sorprendente (Penélope Cruz como una loca fan de Metallica, Jeff Bridges en modo periodista insoportable o John Goodman y Jessica Lange como gánsteres del rock), el Premio Nobel interpreta a Jack Fate, un viejo músico que debe tocar en un evento benéfico de un país ficticio al borde del colapso. El resultado es extraño, pero fascinante. Los hits del artista están covereados por músicos de distintas partes del mundo, mientras él aporta piezas menos conocidas o inéditas. Los diálogos, temas y reflexiones hacen que el filme se convierta en un ensayo íntimo del cantautor: el autoritarismo racista, la explotación de los artistas en el mundo del espectáculo y las dictaduras. En medio de todo el horror aparece el arte —la música, en este caso— como único refugio de salvación.

La otra gran película dylaniana la vi en DVD al poco tiempo de su estreno. I’m Not There (2007, Todd Haynes), una joya para fans que evita la estructura clásica de biopic. En su lugar, deconstruye al músico en seis personajes distintos, interpretados por actores tan dispares como Richard Gere, Christian Bale, Marcus Carl Franklin, Ben Wishaw, Heath Ledger y Cate Blanchett (sí, aquí hay un Bob que es mujer y otro que es un niño afroamericano, por ejemplo). Cada versión encarna una de las máscaras “anónimas” de su vida y obra, desde su lado folk hasta la estrella atormentada por la neurosis y la fama. La cinta no busca descifrar al genio sino convertirlo en un enigma aún mayor. Una intención muy similar a la de Mangold. Pero mientras la de 2024 pone énfasis en intentar calcar la osadía de Dylan en el Festival de Newport y sus guitarras eléctricas, la de 2007 se atreve a convertir los instrumentos en ametralladoras para destrozar a su público. Poesía pura, puro Bob Dylan.

Este año cumplo treinta de estar interesado en Dylan y maravillado por su personaje. Estudiarlo a través de las películas es un proceso laberíntico y eficaz para advertir de la imposibilidad que representa radiografiarlo. Joan Baez, su ex colega-amiga-amante, cuenta en No Direction Home que cuando se presentaba en marchas por los derechos civiles, la gente le preguntaba por Bob con la esperanza de confirmar su compromiso y entender lo que pensaba. Ella respondía: “Supongo que nos apoya, pero no vendrá, lo sé”. Lo fascinante es que la incertidumbre sigue vigente. Hoy me pongo con frecuencia una playera que tiene impresa su cara y, esos días, me pregunto si los demás saben lo que representa portarla más allá de la admiración. La respuesta, amigo mío…


Francisco González Quijano. 1976. Puebla, México. Comunicólogo, maestro en Literatura Aplicada y especialista en cine. Desde 1999 ha participado con textos en diversos medios de comunicación y revistas culturales. También es productor audiovisual y docente.


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