Desenterrar el dolor para superarlo: ‘A Real Pain’ (2024) de Jesse Eisenberg.

Por Fernanda Rojas

En la pasada 97a entrega de los Oscar, vimos entre las nominadas películas que destacaron principalmente por retratar historias en contextos sumamente violentos y dolorosos que nos replantean echar de nuevo una mirada al pasado. Ya sean las consecuencias del holocausto que vemos en The Brutalist, las condiciones de vida deplorables encontradas en The Girl with the Needle o las desapariciones forzadas durante la dictadura militar en Brasil a las que nos lleva Aun Estoy aquí.

Y entre ellas, quizá hay una que destaca por su simplicidad y belleza: A real Pain (2024), que nos lleva por un viaje a la road movie de la mano de David y Benji, dos primos interpretados por Kieran Culkin y Jesse Eisenberg, (ahora la dupla más aclamada para esta entrega por la química que irradian) y quienes después de la muerte de su abuela, se reúnen para cumplir una de las promesas que hicieron: hacer un tour del holocausto y conocer el lugar en el que ella vivió antes de la tragedia. 

Es verdad que la historia puede no parecer innovadora y, en realidad, no lo es. Pero tiene un encanto que otras que han intentado hablar sobre la misma época pueden no tener: una fiel y empática necesidad por reivindicar el dolor, y no sólo el individual, fruto de las batallas internas que pueden tener los humanos y que se encarnan bien en cada uno de los personajes; sino en el dolor colectivo, aquel que vive y persiste en la memoria histórica del mundo, como lo es la persecución y asesinato de judíos a manos de los nazis. Pero por encima de eso, la película logra re-humanizar y dignificar a un pueblo que en realidad luchó incansablemente por no perecer y por no ser borrado de la historia. 

Ya desde la primera parada del Tour, frente a nuestros personajes aparece el Monumento a los Héroes de Varsovia y entendemos perfecto la premisa que nos guiará como espectadores: éste no fue un pueblo al que simplemente llevaron al matadero, esto es, que cuando pensamos en los pueblos judíos, nos vamos directo al holocausto e incluso, a los nazis. Y sin embargo, A real Pain nos obliga a hacer el ejercicio contrario: mucho antes y mucho después de los abusos, eran personas con características muy específicas que vivían una vida como cualquier otra. Así vemos por ejemplo, imágenes de lo que era Lublin: tenía una cervecería, una sinagoga o una tintorería y ese viaje visual nos lo regala Eissenberg con el mayor respeto que se le puede tener e un tema tan delicado como este. 

No olvidemos también, que en este periodo específico existieron múltiples resistencias al llamado «exterminio», no sólo armadas y cuyo ejemplo más emblemático fue la rebelión del Guetto de Varsovia, sino otras organizadas como el tráfico de alimentos y medicamentos; las de índole política que implicaba la publicación de periódicos y documentos para democratizar la verdad, hasta aquellas de índole cultural y simbólica que buscaban preservar la vida comunitaria, así como las expresiones artísticas de los pueblos. 

Que una película con toques tan cómicos y giros tan dramáticos como esta, pueda generar una empatía tan grande en el espectador, sólo se traduce en una capacidad increíble para acercarse al mundo y a la memoria, bajo la regla más importante de todas: ningún dolor, en cualquiera de sus formas, se vuelve más grande o más importante que otro, y la única forma de seguir adelante, es aceptándolo y haciéndolo parte de nosotros mismos, es por eso que A real Pain es preciosa, empática, sensible y al mismo tiempo, nos enfrenta con nuestra propia fragilidad ante el mundo. 


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