Por Aura Metzeri Altamirano Solar
Me encontré con De todas las flores en el 2024, en un momento muy personal de separación y duelo, puedo decir que en mi momento vital, sigo sintiendo una profunda conexión con el sentir de todas sus canciones, como mujer, como artista y como ser humano. Natalia Lafourcade, en su esencia Pisciana, tiene un tipo de sensibilidad que atraviesa hasta la médula, que da en el mero tino, que sabe llegar a donde tiene que llegar, pues. Y es que cuando en las heridas hay esmero, flores sembradas que se marchitan, historias que se entretejieron para desbaratarse y partes que olvidamos de nosotras mismas (venga, que de desamor y reencuentro con una misma trata el álbum), la cura debe poder llegar a las profundidades, alumbrar con un rayo certero y preciso hacia donde nos cuesta ver.
El álbum lo conozco de cabo a rabo, incluidas muchas de las historias detrás de la composición de las canciones, este álbum fue mi gran compañero en mi transición de Gran Canaria hacia Ámsterdam (sitios tan distintos uno del otro), cuando no había otra cosa a la que aferrarme, más que a la vida misma, reconocerme, ya no solo en mi faceta de pareja, sino también como ser humano individual (tema que trata magníficamente, por lo menos la individualidad, en la canción Vine solita). Recordar que la muerte, el bendito y temido arcano XIII, nos recibe desde nuestra simpleza, es duro perder lo que adorna, lo que es placentero, pero revela lo que es esencial, lo que no se puede perder y que es por tanto, lo más valioso que tenemos.
En el podcast del mismo nombre, Natalia, su familia, Adán Jodorowsky (productor del disco), demás participantes y personas relacionadas con el proyecto, se nos describe el proceso de producción, las emociones ancladas a los procesos creativos y encontramos que Natalia misma describe este álbum como su “diario musical”, retomado de diferentes letras, momentos, composiciones que habían estado acompañándola, en algunos casos, por años. El dolor y la pérdida tienen la costumbre de quedarse escondidos en los recovecos del alma, no siempre salen de manera inmediata, esperan a derramarse cuando nos suavizamos, cuando hay pausas y regresamos a ver el pasado, a cosechas resultados.
Es así que el álbum se convierte en un proceso catártico, la purificación es un camino que requiere la disposición de quien lo recorre a mancharse, a observar los retazos de su vieja vida, con todo lo que esto implica, para reconstruir. Hay una reflexión interesante sobre el arcano “De la muerte”, que más bien, desde el tarot de Marsella, era el arcano sin nombre, y su fatídico número trece (fecha de mi cumpleaños, mi número favorito). Es un arcano relacionado profundamente con el signo de Escorpio y el elemento de la tierra, la muerte desintegra, transmuta, tritura los elementos para luego hacerlos renacer, desde una visión más completa, holística, evolucionada. Sobre la canción Muerte, la cúal en palabras de Natalia “parecía no querer estar en el álbum”, se nos revela cómo este proceso enseña a vivir, aferra al presente y nos guía hacia el encuentro del centro, de la sí misma (resalto lo femenino, elemento vital del álbum). Así vemos un paralelismo, gran parte de la canción se encuentra declamada, no cantada. La muerte es hueso, se despoja de la carne, nos dice: “en polvo de minerales y estrellas me convertí”, deja lo estructural, lo que más importa, y así la canción decidió quedarse plantada como una pieza trascendental para la obra entera.

Hablando más sobre las canciones, De todas las flores, canción que da nombre al álbum y Pasan los días, relatan el momento más álgido del duelo, de la pérdida de la pareja, se observa cómo lo construido se desbarata, y un sentir profundo de desesperanza se va encontrando con cierto grado de aceptación y capacidad de soltar, revelando una futura sanación. Los vínculos en la era moderna, parecen a veces huir de estos procesos, al no volverse profundos y ocultar las verdades, plantarse sobre simples nimiedades y conveniencias como una forma en la que pretendemos evitar el riesgo a ser lastimados. En estas canciones, se marcan los riesgos de querer hondamente, el camino a recorrer del amor al desamor y la futura integración de la experiencia. Cuando el corazón se quiebra, abre posibilidades, como jardín, a crecer en mayor abundancia en la siguiente primavera. Las lágrimas fertilizan el crecimiento.
Luego tenemos canciones más transitorias, centradas en el proceso de curación, aquí tomaré principalmente a dos y agregaremos con mención honorífica una tercera. El lugar correcto es un regreso de la energía personal, un reencuentro con lo que es por sí mismo, la simpleza se planta como una cura, un bálsamo que había estado olvidado entre la cotidianeidad que se vive en los vínculos. De las cosas simples, aquello como respirar, se aprenden las verdades más profundas, se regresa a lo conocido y vital. Luego, María la curandera, una versión cantada y adaptada del texto de la famosa María Sabina, una curandera cuasi mítica mazteca, ilumina el hecho de la mujer como una conexión directa con la tierra y la naturaleza, un viaje de regreso a las raíces, a la observación de lo natural. Natalia misma relata a la naturaleza como una de sus grandes inspiraciones para este diario musical, su jardín en Xalapa, Veracruz, estado lleno de tanta belleza y especial carácter, es uno de los centros vitales creativos. Un coro de mujeres acompaña casi todo el álbum, un canto hacia la feminidad sagrada.
La canción que merece especial mención para mí, una con la que personalmente, termino derritiendome en llanto sanador, es Pajarito colibrí, una pieza que relata el viaje de aquél psicopompo, viajero entre mundos, mensajero del otro lado y Mercurio mexicano, ave que relata el paso del alma por las estancias de conciencia y las dimensiones. Aquí el colibrí recuerda en su pulso rápido al corazón. Un ave chiquitita que se lanza a la inmensidad de la noche, del mundo y el universo. Ésta canción, surge de una visita de aquella entidad mensajera a Natalia, un animal que aparece como criatura simbólica y sincrónica, nos recuerda, todo va a estar bien, tu llegaste al mundo para ser feliz, mensaje que podría clasificar como angelical y protector. El miedo se supera, la tristeza comienza a desvanecerse al honrarla y sentirla desde el hueso. Otra canción que lleva hacia la sanación.

Hay casi al final una canción de alegría, conciliación, placer, disfrute simple. Canta la arena relata la relación entre Natalia y el mar, una relación que yo misma conozco bien. Con el tiempo y los viajes, he descubierto que cada mar y playa es diferente, no solo por las características físicas, hay un alma y una personalidad. Recuerdo cuando fui a Veracruz por primera vez, unas vacaciones con mi madre. Me la pasé casi un año despertando con un sentimiento de nostalgia, soñaba con su precioso mar que habla a quienes tenemos alguna raíz en aquel precioso estado, una canción que invita a visitar y ser acobijada por sus oleajes divinos. Canta la arena es un descanso, un respiro a la melancolía, una forma de conectar con un hedonismo sano, que es el que se encuentra en lo natural, en lo simple. De nuevo, el álbum es una invitación a regresar a lo esencial.
Este diario musical es un viaje estructurado, cada canción conecta con distintas etapas del duelo, un espiral que recorremos y cuyo dolor no termina de desaparecer, más bien se convierte en cicatriz tangible que nos acompaña como una historia bien contada, el sabor de la vida se encuentra en la paradoja, en la dualidad y contraste que nos enriquecen. Nacer y morir nuestras guerras, nuestros amores, nuestros vínculos y lugares, saber recrearlos desde retazos, huesos y el alma del que lo dotemos es la tarea esencial no solo del ser humano, ya se convierte en el mago, el alquimista, quien transmuta. De la catarsis hacia la transmutación, este álbum nos enseña la importancia de vivir en el amor, de tomar riesgos y aceptar las pérdidas. La última canción, Que te vaya bonito Nicolás, relata la pérdida de su sobrino. Una canción que se siente muy íntima (como todo el diario musical) y familiar, un canto de amor infinito, de aceptación y vistas hacia el futuro con la nueva realidad.
El arte no es tan solo espejo de la realidad, es caldero transmutador, y en esta obra de Natalia, encontramos un atanor idóneo, las canciones son catalizadoras de nuestras propias experiencias, luz dada a la herida. No hay que temerle al dolor ni al amor, sí a la indiferencia y a anquilosarnos. Recuerdo a Rumi y cierro citando : “La herida es por donde entra la luz”.
«De la verdad, que hay en esos atardeceres,
de la verdad que brilla en el tiempo presente,
de la verdad que hay en aquellas simples cosas como respirar»
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