Las capas del terror: ‘Más negro que la noche’ (1975) de Carlos Enrique Taboada.

Por Ana Saavedra

Estoy en racha de películas de Taboada, y aunque aún me faltan algunas de las más representativas —incluida la que le valió el Ariel como mejor película y mejor director—, ahora me concentro en Más negro que la noche. De entrada les adelanto que es la que más he disfrutado hasta ahora, y eso no demerita a las anteriores; sin embargo, creo que cada nueva película implica un aprendizaje, y en el caso del terror, uno no solo necesario sino valioso.

Desde las primeras escenas, Taboada vuelve a situarnos en su territorio favorito: una mansión enorme, cargada de historia, donde las reliquias, los candelabros y las maderas de caoba componen una atmósfera inquietante que parece respirar por sí sola. Antes de eso, sin embargo, nos sorprende con una secuencia de apertura inusualmente “moderna”, donde experimenta con filtros en tonos rojos que, para la época, representaban un intento por explorar los límites del lenguaje visual. Ahí vemos las manos de una mujer mayor, adinerada, vestida de negro y con holanes blancos; acaricia a su gato —“más negro que la noche”—, que parece ser su única compañía. La mujer muere al final de la escena, y el gesto de su mano junto con la reacción del animal sellan el pacto de la historia: algo se ha roto, y esa ruptura exigirá reparación.

Como era costumbre en el cine de los setenta, los créditos aparecen al inicio, otorgando su debido reconocimiento a los artífices del film. Luego conocemos al grupo de jóvenes protagonistas —otra de las constantes del universo taboadiano—, mujeres independientes, alegres y urbanas que pronto se verán atrapadas por fuerzas que no comprenden. Una de ellas, Ofelia, hereda la mansión de su tía fallecida y decide mudarse con sus amigas, acompañadas únicamente por el ama de llaves (otro de los “gustos culposos” de Taboada: colocar la sabiduría sobrenatural en la servidumbre).

La condición del testamento es simple: cuidar al gato. Pero la indiferencia y la incomodidad que las chicas muestran hacia el animal anticipan lo inevitable: su desaparición. A partir de ahí, la casa comienza a volverse hostil, y lo que parecía una estancia de diversión se transforma en una pesadilla.

La tía regresa desde el más allá para atormentar a las jóvenes una por una. No sabremos hasta el final la razón de su ira, pero sus apariciones —siempre acompañadas por su icónico bastón— se sienten más como una presencia moral que como un fantasma literal. Las muchachas mueren, sí, pero no a manos de un monstruo: mueren de miedo, atrapadas entre la culpa y la incredulidad.

Aquí vale detenerse. En esta película, Taboada alcanza una madurez narrativa y técnica que afina todos los recursos que ya había explorado: los movimientos de cámara inestables, las tomas cerradas que asfixian, la iluminación en claroscuros que apenas deja entrever los rostros aterrados, y una música disonante que anticipa lo inminente sin necesidad de mostrarlo. Todo esto contribuye a una tensión que no depende de los efectos, sino del ritmo del silencio.

Más allá de la trama sobrenatural, Más negro que la noche puede leerse como una reflexión sobre la culpa y la transgresión, sobre lo que ocurre cuando se rompe una promesa sagrada. También es una metáfora del choque entre la modernidad y la tradición, entre esas mujeres que buscan independencia y un mundo que las castiga por atreverse.

El gato, como símbolo, es el guardián de ese orden antiguo; su muerte desencadena la venganza, pero también la revelación: el pasado no desaparece solo porque se herede la casa; permanece en las paredes, en los objetos, en la memoria.

El cine mexicano de esa época puede parecer hoy acartonado en sus actuaciones, pero en Taboada ese estilo contribuye al encanto gótico y al tono melancólico que define su obra. El resultado final es contundente: una película donde el terror no viene de monstruos, sino de la conciencia y el remordimiento.

Más negro que la noche no solo es una historia de fantasmas, sino un recordatorio de que la verdadera oscuridad —la más negra de todas— puede habitar en nosotros mismos.


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