Los días se han sentido tan fugaces, tan intensos. Como si la vida, en ocasiones, solo fueran cachos de un hilo largo; secciones de un video sin principio ni fin. No sin sentido, solo un punto tan brusco del tiempo que pasa más rápido de lo que tengo de entendimiento. No triste, no en vano, no banal.
Para cuando volteo y observo mi último día, mi último mes o los últimos años, cada uno parece una eternidad por separado; como si la persona que dejé en el pasado no conociera ni una sola parte de quién soy ahora. Pero, por el contrario, yo sí conozco sus errores, dolores y esos golpes que aún duelen en el ego y en el alma. Volteo con nostalgia, tratando de disfrutar lo que tengo antes de que se vaya, pero aún añorando lo que cada momento deja otro segundo atrás.
Trato de no dejar que esa nostalgia se vuelva amarga; busco lo bello en lo simple: ese rayo de luz en una mañana tranquila, la risa de mi abuelo comprando una nieve, un café de sobremesa con mamá, un chiste de papá. Mi hermana diciéndome qué camisa se me ve mejor, el frío nocturno mientras el sol se oculta, el polvo que cubre mis cosas cuando no estoy, o tal vez, solo ir por un mandado.
A veces los días se me van recordando momentos simples. Puedo recordar el sabor del picante en una comida de un viaje cualquiera de hace años, pero no qué ropa me puse antier. Esas son las cosas que me roban espacio pero le dan chispa a todo. Los grandes y malos momentos, por supuesto que resuenan todos los días, pero esa simpleza es la que me devora el pensamiento.
Acepto las sugerencias de quienes me aconsejan con cariño, mientras anoto lo que quisiera haber aprendido antes; conocimiento que quisiera dejarle tatuado a mi sangre antes de nacida. Veo los errores que cometo a la par que termino de hacerlos. Volteo a los lados y percibo el apoyo de quienes no me van a dejar caer; veo los errores de otros y quiero ponerme de colchón para que su caída no sea dura. Escucho las voces de personas que no conozco y la melodía que dejaron los que cantaron desde otra época. Percibo sabores y olores que no descubrí, pero que cada día disfruto: me pregunto quién habrá dado en el clavo para perfeccionar el chocolate, o la receta de un platillo. Quisiera inundarme en una cocina para conocer y preparar todo lo existente. Pero hoy no, hoy no tengo tiempo. El cansancio de los ojos y la espalda me arrastra hasta una cama que me saluda justo como me despedí de ella por la mañana. Me obligo a dejar de darle vueltas al mundo, pero cuesta quitarse de la cabeza lo que es la vida hoy, lo que fue ayer y lo que será mañana. Aún no veo claro el equilibrio entre vivir y recordar. ¿Cómo es que cabe tanta vida en gente de ochenta años y a veces parece que tenemos tan poca los de veintitantos?
Más allá de la explosión de emociones, mi envidia es con la tranquilidad de la existencia. A pesar de saberse mortal y tener sueños por delante, ¿cómo cabe la vida si mi inconsciente se pelea entre la nostalgia, las metas, las deudas de hoy, los planes de mañana, los logros de hace unos días y las cosas para las que necesito veinte vidas? Ese es el equilibrio que no encuentro. Malabarear nunca fue el hobbie que persiguiera dominar y, aun así, aquí estoy. Amando, recordando, siendo feliz, pero sobre todo viendo el día irse rápido y con su particular simpleza. Como todos los demás días, pero ninguno con la belleza de hoy. Entonces, y solo entonces, me percato de que mi locura no tiene importancia. No importa perfeccionar los malabares: la pelota siempre estará en el aire. Lo que vale la pena no es un único fin, es la unión de esos cachos de amor que sigo recibiendo y que busco seguir entregando. Al final, todos estamos igual de solos, locos y perdidos. Lo importante es saber que nada es perfecto; el mundo sigue, la vida se transforma, y los días nos seguirán viendo cambiar.
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