Es innegable el bache en el que se encuentran nuestras expresiones artísticas y deportivas. La ausencia de figuras monumentales —héroes del deporte como Hugo Sánchez, iconos del cine como El Santo o ídolos populares de la talla de Pedro Infante— ha dejado una huella profunda en nuestra identidad cultural.
En este contexto, el pasado 23 de abril se estrenó en nuestro país «La Familia del Barrio: La maldición del quinto partido». Basada en la serie creada por Teco Lebrija y Arturo Navarro, misma que nos sumerge en el día a día de esta familia disfuncional que habita un multifamiliar. Sus aventuras son un reflejo crudo de lo que muchos mexicanos viven a diario, sazonado con una fuerte crítica social, sátira política y ese humor negro que, en su momento, desafió la famosa «cultura de la cancelación» en redes sociales.
Resultaba inevitable que en México surgiera algo similar a South Park; nuestro país es una fuente inagotable de historias surrealistas que superan la ficción. En esta entrega, la trama gira en torno a la histórica frustración de la Selección Mexicana: la incapacidad de llegar al quinto partido desde el Mundial del 86. Cuando se enteran de que al Abuelo podría no quedarle mucho tiempo para ver el milagro, Gaspar, Jonathan, el Noruego, Olaf y Peluzín se embarcan en una misión para cumplir ese sueño, sin sospechar que el propio Abuelo es el responsable de dicha maldición.
¿Por qué incluyo en el título «y del cine mexicano»? Me explico.

Aunque la producción nacional ha aumentado, la industria parece atrapada en una etapa de reciclaje. Nos hemos inundado de historias superficiales, comedias ligeras y políticamente correctas protagonizadas por los mismos rostros de siempre: Chaparro, Ochmann o De la Reguera. Es una fórmula efectiva en la taquilla, pero desgastada creativamente.
Frente a esto, encontrarnos con una película diferente, con un humor ácido y una sátira social efectiva (aunque su estructura narrativa sea sencilla), debería ser un soplo de aire fresco. Sin embargo, la realidad en las salas es otra. En el complejo de cines donde la vi, solo contaba con una función diaria. Fui un domingo, esperando una sala llena, y la sorpresa fue amarga: estábamos únicamente mi hijo y yo.
Ver la sala vacía me produjo una profunda tristeza. Mi hijo, de 24 años y ajeno a la televisión nacional o a la serie original, quedó sorprendido por la agresividad de la sátira política. Su reacción es el ejemplo perfecto de un público que desconoce estas propuestas porque no se les da el espacio que merecen.
A esto se suma un timing de estreno desafortunado. Mientras nosotros entrábamos sin filas a una sala desierta, las salas contiguas reventaban cada 40 minutos con el estreno de la biopic de «Michael».
Si disfrutas del humor negro sin filtros, la sátira política valiente y una animación con sabor clásico, te invito a buscar esta película. Verla es, además, una forma de apoyar proyectos genuinos hechos 100% en México que se atreven a romper el molde.
¡Mucho cine para todos!
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