‘20.000 especies de abejas’ (2023) de Estibaliz Urresola: nombrar para existir.

Por María Fernanda Toral Suárez.

Toda personalidad comienza con el nombre, por ejemplo, en mi caso siempre he preferido que me llamen por mi apellido más por una cuestión de distinción (Marías Fernandas siempre existen en un espacio en mi contexto generacional), pero aquel nombre en femenino me hace sentir representada. Pero ¿qué pasaría si no me sintiera identificada con ese nombre en femenino? O ¿qué pasaría si en general no me gusta que se me nombre en femenino?

El cuestionarte el nombre que tu mamá o papá eligieron puede ser incomodo en la conversación con ellxs, pero es aún más incomodo y levanta las cejas morales el dudar si te sientes cómodo, cómoda o comode en la identidad que te asignaron, y más si es a una edad infantil, porque en muchas ocasiones no se perciben a las infancias como sujetos de derechos. Es por lo anterior, que creo importante que existan películas como 20,000 especies de abejas (2023) de la directora española Estibaliz Urresola.

Coco (o su dead name Aitor) es une niñe que va a pasar el verano en la casa de su abuela materna, junto con sus hermanxs y su madre. A partir de ese viaje, la película nos muestra situaciones cotidianas en las que que ella expone las dudas que tiene sobre su identidad masculina, desde su resistencia a no ir a la alberca pública hasta su petición de usar un vestido para el bautizo de su primo.

Todas las situaciones que van sucediendo en ese verano de Coco reflejan como la familia, en general, ignora o desprecia la transición de Coco, desde la mamá que acepta tu feminidad, pero no tan abiertamente, su abuela que le reclama a su mamá por lo que están diciendo las vecinas o su papá que cree que es muy pequeñx para decidir.

Llega un punto en el que Coco ya no quiere ser nombrada de esa manera, por lo que un día acompañando a su abuela, ésta le cuenta la historia de Santa Lucía, la mártir que murió por profesar su fe, aquello que creía, por lo que Coco decide que es Lucía el nombre que le corresponde. Me parece incoherente que la población católica acepte con total naturalidad las historias de muerte y destrucción de los santos, pero no puedan concebir una historia de la comunidad LGBTQIA+.

La apuesta de esta película, creo que es hacia ese silencio familiar que se percibe problemático en la no aceptación de una infancia trans, pero que no solo se ve presenta en ese tema, sino también en muchas de las interacciones que no acepta la familia (la separación de mamá y papá, las infidelidades del abuelo o las comparaciones de talento artístico entre la mamá y el abuelo).

Afortunadamente, en el caso de la infancia trans de esta película, llega un punto en el cual su mamá, tía abuela y hermano dicen abiertamente el nombre de Lucía, y es ahí dónde podemos vislumbrar una esperanza el camino de la transición de una chica. Espero que ese nombramiento sea más fácil para todas las personas trans que habitan este mundo.

María Fernanda Toral Suárez es una mujer que escribe entre la Ciudad y el Estado de México. Entusiasta de la historia y el cine.


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