‘Huecos Retazos de la vida ante la desaparición forzada’: una mirada femenina al dolor de buscar y no encontrar.

Por Ana Espinoza.

«Para Juan Carlos, que aunque no nos conocemos deseo que pueda abrazar una vez más a su papá»


La Real Academia Española define de manera breve y directa la palabra “desaparecer” como: Dejar de existir. Un verbo intransitivo contundente, palabra que cada día escucho más frecuentemente en la vida cotidiana; como mexicana me genera una emoción indescriptible que, si traslado a lo físico, es algo que recorre mi esófago hasta llegar al estómago como una sensación amarga, cada que la escucho me revuelve las entrañas y me duele profundamente en el alma.

Personalmente, he empatizado con víctimas de desaparición forzada, siguiendo de cerca a colectivos de búsqueda y familiares afectados, leyendo reportajes de casos que han ocurrido a tan sólo kilómetros de mi ciudad, anulando mi voto y visibilizando a quienes el gobierno ha borrado de los registros, como lo hice el 2 de junio de 2024 o acercándome a través del cine y series de televisión a historias en donde una realidad incómoda con tintes de ficción ayuda a vivir desde los ojos de las víctimas, las terribles consecuencias de desaparecer. Cuando llegó a mí Huecos Retazos de la vida ante la desaparición forzada de la periodista regiomontana, Chantal Flores, no dejé pasar la oportunidad de adentrarme en un relato polifónico narrado a seis voces femeninas como si de un documental se tratará. El texto es potente, ameno, fuerte y con un ritmo variante en el que algunas veces recurrí a la nostalgia de recordar la época en donde el género duranguense se apoderaba de la radio en México, o bien, reaccioné emotivamente mientras me deslizaba entre las páginas de su contenido, en las mañanas que viajaba en metrobús hacia mi trabajo cuando tuve que hacer diversas pausas para mitigar un poco el nudo en la garganta. 

Nací, crecí y vivo en México, por lo tanto, éste fenómeno social cada vez se apodera más de nuestros días en los encabezados de noticias, en fichas de búsqueda que tapizan las centrales de autobuses del país, en protestas en contra de las autoridades encargadas de garantizar que nadie desaparezca y como consecuencia constante de la profunda crisis de violencia que enfrentamos en México. A pesar de que la desaparición forzada sucede desde mediados de los años sesenta con la llamada “Guerra Sucia”, como la “ñoña” que soy, busqué el significado de dicho término. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas y Derechos Humanos, (2025) la define así: “De acuerdo con la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas se entiende por desaparición forzada “el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley.”

Cada vez sabemos más cómo desaparecer a una persona puede no tener consecuencia alguna si perteneces a algún cártel del narcotráfico que opera en total impunidad y con la complicidad de un gobierno omiso e indolente. Se sabe. Lo que muchos perdemos de vista y me incluyo, es que este fenómeno existió y persiste en todo el mundo, por eso la autora, en un trabajo de investigación admirable viajó a rincones en Bosnia, Kosovo, Serbia, Colombia y el norte de México, para acercarnos a historias desgarradoras, porque sí en Latinoamérica la gente desaparece, pero en el sureste de Europa, allá también desaparecen.

A través de 273 páginas, Huecos nos acerca a la historia de Zekija cuyo hijo y esposo fueron desaparecidos por el ejército serbio; por otro lado, conocemos el dolor de Dragana desde que su hijo Iván desapareció en Kosovo en 1999. Quizás al ser latinos comprendemos un poco mejor lo que Margarita padeció al perder a su esposo y luego a su hijo en una Colombia aún azotada por la violencia del narcotráfico a inicios de los años dos mil. Y por supuesto, nos identificamos con Lucy y don Chuy, papás de Irma, desaparecida en Coahuila en plena guerra contra el narcotráfico en 2008 o con la mamá de Roberto, la señora Mirna que busca a su hijo desde el 2014. En cada una de sus historias, vemos ubicaciones geográficas, entornos, costumbres y tradiciones diferentes, pero todas tienen algo en común: el duelo de haber perdido a alguien amado o lo que ellos mismos nombran como “muerte en vida”. Al tiempo que leí el libro para escribir la presente reseña, en mi país, ese en el que dos de los protagonistas perdieron a sus hijos, conocimos los horrores de la desaparición forzada y una de las máximas expresiones de que vivimos una crisis humanitaria severa: el Rancho Izaguirre en Teuchitlán Jalisco. En marzo de 2025, el mundo se enteró que la complicidad de las autoridades encargadas de velar por nuestra seguridad omitió investigar los hallazgos de lo que fue un rancho de tortura y muerte, un lugar siniestro que funcionó como centro de reclutamiento para privar a personas, en su mayoría adolescentes con el fin de ser entrenados como elementos del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), la noticia fue comentada en medios internacionales y no es para menos, organizaciones civiles en pro de los derechos humanos se pronunciaron al respecto, la ONU emitió medidas y recomendaciones para mitigar la problemática que no sólo vemos en Jalisco, sino en casi todo el territorio nacional con niveles de violencia nunca antes vistos en la historia contemporánea. Y justo por eso, mi vida las últimas semanas ha girado en torno a la desaparición forzada, leyendo y escuchando todos los días sobre una realidad que pocos se atreven a enfrentar. Curiosamente descubrí que es un tema tabú en nuestra sociedad. Se evita a toda costa, llamarles a las cosas por su nombre matizando las palabras, como ejemplo: decirle “casa de seguridad” a un lugar en el que se secuestra, asesina y viola. O peor, aun revictimizando a las víctimas, una práctica común del estado que poco a poco se replica en la sociedad: “los mataron porque andaban en algo malo, se juntaban con la maña” “la mataron porque salió de fiesta hasta tarde” entre otras expresiones horrendas para culpar a las víctimas que, según las cifras oficiales en gran parte de los casos, sólo tuvieron la mala fortuna de estar en el momento equivocado en el sitio equivocado. Es decir, eran personas inocentes que salieron a un baile de viernes en la noche como el caso de Irma, o gente que estaba trabajando y fue víctima de extorsión como Roberto, refugiados de guerra como Zekija y Omer. Personas desaparecidas por otras personas que les arrebataron a sus seres queridos la oportunidad de compartir una vida.

En medio de mi viaje a través del libro, el 15 de marzo, algunas ciudades de México protestaron pacíficamente en forma de velada de acompañamiento a madres buscadoras y colectivos de búsqueda que se aferran a conservar la fe de encontrar a sus familiares desaparecidos. Sin pensarlo, me uní al acto simbólico. Acudí al zócalo de Puebla, mi ciudad natal, en donde lastimosamente existen de estos grupos que arriesgan su vida todos los días, padres y madres que en lugar de trabajar salen con pala en mano a escarbar en un país que cada vez flota más en fosas clandestinas. Esa tarde escuché testimonios dignos de película de terror, recé el Padre Nuestro con ellos, prendí una veladora ante la ropa y zapatos de quienes hoy no están y conversé con un buen amigo periodista que ha seguido la lucha de familiares en Puebla de cerca y ambos llegamos a la misma conclusión: la crisis que ha salido a la luz en los últimos meses, ya resulta agotadora, dolorosa y emocionalmente desgastante para quienes empatizamos con la causa. Esa tarde me di cuenta que cada vez hay más personas como yo que no somos víctimas directas de este fenómeno y buscamos apoyar moralmente, económicamente o simplemente alzando la voz.

Velada en el Zócalo de Puebla por las víctimas halladas en el rancho Izaguirre de Teuchitlán, marzo 2025

A pesar del cansancio anímico que conlleva estar inmerso en temas así de sensibles, continué leyendo la obra de Chantal Flores, pues su narración resulta valiosa porque al hablar directamente con quienes vivieron los hechos, los recuerdos, los datos clave, los sentimientos y las consecuencias que ellos comparten, adquieren mayor peso. La autora, periodista de profesión que cubre el tema de la desaparición forzada desde hace años, escribe a modo de crónica hechos tristes que gracias a esa vena literaria y una empatía comprometedora sí o sí te obligan a hacer una pausa después de leerlos y reflexionar acerca de ellos. A su vez, cumple con su objetivo de sensibilizarnos y replantearnos preguntas como lectores ya que después de leer cómo se fragmenta una familia después de la desaparición de alguien, o cómo la salud de los que buscan decae hasta llegar a su final sin haber conseguido encontrarles, pensé en la importancia del cuerpo: cuando pasan años de búsqueda hay una verdad  en el aire que difícilmente se quiere plantear en las familias afectadas, ya no se busca a la persona, sino a un cuerpo, en el peor de los casos los restos de éste.

[…La nariz sirve aquí para descubrir entre el aire y la tierra lo descompuesto, lo putrefacto. Olores que arrugan narices, revuelven estómagos, estrujan corazones]

Las vidas de quienes no regresan a casa nunca más, se ven reducidas a huesos o cenizas, no obstante, los cuerpos de los familiares también sufren cambios. Algunos adelgazan, otros enferman en medio de viajes tortuosos a las fiscalías y SEMEFOS del país, otros pierden algún sentido, encanecen, se arrugan, las ojeras después de años de insomnio se quedan para siempre y así, poco a poco la vida del familiar, víctima de desaparición forzada se va apagando. Tras leer cada una de las seis historias que componen la obra, es inevitable pensar que todos somos propensos a sufrir esto. Personalmente he pensado en cuantas vidas quedaron inconclusas cada que piso una central de autobuses y me topo con el mural con las fichas de búsqueda de hombres y mujeres que al parecer fueron tragados por la tierra. Cada que me tomo una foto, pienso en que alguien en mi país se puede estar tomando una foto hoy y esa misma ser utilizada como referencia para su ficha de búsqueda mañana.

Confieso que una de las historias con las que más reflexioné fue la de Roberto, un joven con ganas de superarse que mientras trabajaba fue carnada del crimen organizado pues al “cobrarle piso” y resistirse, se lo llevaron. Las interrogantes me inundaron la mente, ¿cuántas citas amorosas se perdió Roberto?, ¿se hubiera casado?, ¿Mirna, su madre sería abuela?, ¿Roberto se hubiera graduado de la universidad? …dudas que no podremos resolver jamás, pero, que hacen que el título del libro cobre sentido.

[En eso se ha convertido la suerte en Mochis: en tener un cuerpo para enterrar, no un ser querido al que abrazar]

Cuando alguien falta, la vida pasa a componerse de huecos, sillas vacías, autos que ya no se manejaron, escritorios empolvados, libros sobre una mesita de noche que ya no se leyeron, celulares que se descargaron, la sazón que se llevaron. El tiempo del que busca se detiene, se pone en pausa la vida. Esos huecos no se cubren con nada ni nadie, laceran en forma de sufrimiento y lágrimas a quien lo padece. La memoria es el único vehículo de escape hacia los recuerdos, esos momentos antes de la guerra de Yugoslavia y de que los soldados quemaran las casas de los refugiados. Antes de que los paramilitares asesinaran y quebraran a familias por todo Colombia. Antes de que el ejército serbio obligara a cientos a huir de sus tierras perdiendo a familiares en ese escape. Antes del 2006 y de la gran farsa llamada guerra contra el narcotráfico. Antes de las masacres, de las fosas clandestinas, de los ranchos de reclutamiento. Cuando no existían en nuestro vocabulario cotidiano términos como: “madre buscadora”, colectivo de búsqueda”, “cadena de custodia”, identificación por ADN”, “reclutamiento forzado”, “daños colaterales”, “extraviada”, Muerte y más muerte. Al acercarme hacia el final de la obra, me di cuenta que las familias son lo más cercano a la resiliencia que puede existir. Ninguna madre piensa que el hijo que acaba de dar a luz, 18 años más tarde va a ser encontrado entre tierra y cenizas para reconocerlo a través de un tatuaje o una mancha de nacimiento. Ninguna mujer se casa pensando que el amor de su vida será llevado en contra de su voluntad a un cuartel del ejército para ser asesinado delante de otros hombres de su pueblo. Rara vez, pensamos en desaparecer y lo que pasaría en las vidas de quienes nos quieren si eso llegara a pasar.

[es inevitable permanecer sentada durante horas, con el cuerpo casi inerte preguntándose dónde estará, qué comerá, qué sucedió, qué microsegundo ha faltado recordar…la mente divaga por los hubieras, los quizás y los tal vez, reconstruye los hechos intentando llenar esos malditos huecos como si se pudiera tejer la vida que se desearía tener]

Al anular mi voto en las pasadas elecciones, voté por un periodista, por un migrante, por una mujer y por otros tres hombres que nunca conocí, pero que siento mucho saber que se encuentran desaparecidos. Lo hice como un acto de protesta y a la vez de empatía con sus familiares, incluso el papá de uno de ellos al responder por Messenger a mi mensaje con la fotografía de mi boleta y el nombre de su hijo escrito en ella, me expresó agradecimiento y dijo que era muy empática. Al leer su respuesta, las lagrimas brotaron de mis ojos, junto con diversas emociones: indignación, hartazgo, decepción, impotencia y dolor con un gobierno al que le di mi voto de confianza hace siete años y que hoy se la vive negando la realidad y maquillando los hechos. Politizando la tragedia que nos aplasta: más de 127 mil personas que no han regresado a casa, mientras los datos están aquí delante de nosotros; según información publicada por TResearch International, en el sexenio del presidente López Obrador ocurrieron 47% de las desapariciones no localizadas en México. Es decir, de las 111 mil desde 1988 casi la mitad ocurrieron de 2018-2024. Conocer la historia de Irma me deja claro, que, como mujer, si algún día no regreso, mis padres, mi hermano y gente cercana me buscarían hasta encontrarme, moverían cielo mar y tierra para dar con mi paradero y eso, hoy, no lo haría mi gobierno y sus representantes. Tan sólo durante los primeros meses del sexenio de Claudia Sheinbaum se reportó un promedio de mil desapariciones mensuales (Pie de Nota, 2025).

Boleta electoral ITE TLAX, junio 2024

Leer sobre desaparición forzada no es para atraer la tragedia a nuestras vidas, para vibrar en negatividad o traumarse con cosas espantosas como no volver a ver a alguien que quieres. Chantal Flores nos abre la puerta hacia el universo en el que sobreviven personas en Europa, América Latina y México con pérdidas en común, no para ponernos en el lugar de ellos y pretender sentir lo mismo, sino para ser conscientes de lo que debemos exigir y cuestionar cuando alguien no regresa a su casa, de lo aberrante que es revictimizar a quienes hicieron el trabajo del estado y rascaron en la tierra para encontrar lo que quedó de sus seres queridos. Para pensar de vez en cuando que mientras paseamos por el centro o bebemos un café con un amigo, hay familias que lloran la desaparición de un hermano o un hijo y que como sociedad tenemos la oportunidad de involucrarnos más en el acompañamiento y defensa de las víctimas. Ya basta de ver de lejitos las protestas de los colectivos, ya basta de evadir las cifras, ya basta de disfrazar los registros, ya basta de desaparecidos.

Huecos: Retazos de la vida ante la desaparición forzada se encuentra disponible en formato físico en todas las librerías de México. Una edición de Dharma Books.


Ana Espinoza (Puebla, México, 1998) es Licenciada en Administración de empresas por convicción, cinéfila por afición y escritora por puro amor. Ha incursionado en diversos géneros literarios, principalmente en narrativa a través de cuentos, ensayos y reseñas. La pasión por el séptimo arte la descubrió en años recientes como herencia de su madre, convirtiéndose en fan, especialmente del cine mexicano.


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