Recuerdo aún mis pesadillas. Noches enteras en las que el terror invadía cada recóndito rincón de mis sueños. Quizá era eso lo que me fascinaba. Una atracción letal a la oscuridad, la satanería, la agudeza de lo sombrío. Recuerdo aún ese bosque, tal y como lo imaginé la primera vez. La leña ardiendo, el crepitar del fuego, las campanas que resuenan en temibles augurios. Fue el rayo de la tormenta y de pronto la guitarra. ¡Ah, esa guitarra! Esa guitarra fusionándose con el dolor de la batería y el ardor del bajo. Lo recuerdo bien; la primera vez que vi a esa figura en negro que me apuntaba. Sentí terror, espanto, desesperación. Y, al mismo tiempo, una adicción fatal. Lo supe ahí mismo, en ese preciso instante: mi vida acababa de cambiar para siempre y me debía en mi totalidad al Rock, al maldito Heavy Metal. Lo juré desde ese entonces. El pacto de sangre que me transformó. Jamás volvería a ser el mismo, pues ahora era fan de Sabbath, del más oscuro, de Black Sabbath.

Recuerdo el rostro de mi padre, que era el mismo que el mío, el mismo que el de mi hermano. Ese rostro poseído por el misterio, la pasión, el desconcierto, el horror, la ovación. Ese rostro que gritaba la paranoia, las misas negras, que veneraba a los hijos de las tumbas. Tenía siete años, tal vez ocho, pero lo entendí todo, hasta el más mínimo detalle. Estábamos unidos por un pacto quizá más grande que la propia sangre que nos enlazaba. Nos unimos por el Rock, por la música que definió nuestra existencia, por esa banda que lo cambió todo para nosotros y para el mundo. Éramos fans de Sabbath, seguidores de la oscuridad, sacristanes del peligro.
De chico aprendí que lo más importante en este mundo es la música, el cine y la literatura. Black Sabbath entró a mi vida para convertirse en un pilar de lo que ahora son mis fundamentos para entender el arte. Como cualquier rockero, no siento más que respeto y absoluta veneración por la que es una de las bandas más importantes que jamás hayan existido. Hoy, 6 de julio de 2025, estamos todos de luto, pues esta banda, la que cambió la historia, la que marcó una época, la que inspiró a cientos de otros músicos por generaciones, dió su último concierto en la ciudad que los vió nacer, en la lejana Birmingham, tierra de los estudios culturales de Hall y de Ozzy. Y con sabias palabras se despidieron de los escenarios que por siempre recordarán su nombre, su legado, su majestuosidad. A los fans de Sabbath, los saludo. Que el terror y la oscuridad estén siempre con ustedes.

Tristemente no pude asistir. Tampoco mi padre, tampoco mi hermano. Algo que lamentaremos por el resto de nuestras vidas. Aún así, nos acompañamos en sentimiento, en la pasión congénita que nos dejó el Rock&Roll. Hace más de un año que no veo a mi padre, pues por razones de la vida me separé físicamente de los míos, pero sépanlo todos los lectores que nuestra unión, en momentos como este, se hace solo más fuerte. Es él quien me mostró el camino a la verdad y a la vida; esa verdad y esa vida que tomaron forma con la guitarra de Tommy Iommi, la batería de Bill Ward, el bajo de Geezer Butler y la voz de Ozzy Osbourne. Sé que hoy, en la lejanía, estamos los tres unidos en honor a los dioses del Metal. Brindando, por supuesto, con un Bourbon a nombre de Osbourne. ¡Salud!
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