En una época donde el consumo es desenfrenado, fugaz, casi automático y desechable, el papel del arte es una de las mayores incógnitas que tenemos dentro de la sociedad. ¿Es la vida un reflejo del arte? ¿O es un hecho que nuestra realidad imita nuestro arte? ¿Son las películas un escape de la realidad turbulenta que vivimos día con día? ¿O una advertencia de nuestro comportamiento a futuro? Todas preguntas válidas y que terminan generando esa paradoja de creencia. El problema con las paradojas es que nos terminan llevando, como es en esta ocasión, a creer que los extremos son la respuesta única. No vemos el panorama completo, solo buscamos responder lo que creemos correcto, sin atender al resto de posibilidades que deberían intervenir en el análisis.
Esa búsqueda de respuestas absolutas no solo afecta cómo interpretamos el arte, sino también cómo dialogamos sobre él. En tiempos donde toda opinión parece una provocación y cada lectura una postura política, el arte ya no solo se mira: se defiende, se ataca, se patrulla. Las redes se han convertido en un campo minado donde la subjetividad es sospechosa y el desacuerdo es sinónimo de agresión. Y en ese terreno, cualquier análisis, incluso el más sarcástico o irónico, corre el riesgo de convertirse en blanco de la turba.
Así fue el caso del crítico Miguel Araiza, cuando en días recientes fue señalado en una ola de odio y descontrol, digno de la cuna de lobos que es X-Twitter, por mencionar lo siguiente[1] de uno de los últimos lanzamientos del titán de la N roja:
~ HARTA es la mejor comedia del año. Una “porno miseria” tan estúpida y exageradamente trágica que resulta adictiva. No podía dejar de verla. El giro incoherente del final es la cereza del pastel que la convierte en un nuevo clásico del género “tan mala que es buena”. ~
Aun cuando el post de donde extraigo esta cita no ataca de ninguna forma a las personas a quienes conmovió y agradó la película, despertó de inmediato el fuego de una horda de personas en extremo ofendidas[2]. Para muchos, la opinión de un “cinéfilo mamador que no puede ver cómo otros disfrutan de una película sin tener que tirarle hate”.
No solo vi la película antes de leer la opinión de Miguel, me incomodó ver cómo la película parecía más un ejercicio de “¿y qué crees?, también le pasó esto, ¡mira! pobrecita señora”. Fue hasta después de leer el “pornomiseria” que mencionaba él, que hice match con su forma de ver la película.
Lo que no terminé de entender —y creo que jamás entenderé como consumidor y fanático de tantas cosas de mala calidad (porque sí, aquí estamos todos)— es ver que alguien se sienta tan atacado cuando se le señala que un producto es malo. Es como ver una versión humanoide del meme de “NO TOQUES MI BASURA”. Pongamos algo sobre la mesa, y se les queda de tarea a quien no le quede claro, mil planas: el que algo nos guste no lo vuelve bueno, y que alguien señale todas las cosas buenas de un producto no significa que por eso te tenga que gustar.
Es aquí donde entramos a la bella palabra que debe englobar este texto: subjetividad.
Es por eso por lo que les propongo la simpleza de la analogía que titula las letras de hoy. Imaginemos que nos ofrecen un enorme helado, todo el helado que queramos. No importa cuánto queramos comer, siempre habrá más hasta empalagarnos. Prácticamente cualquier persona (menos los intolerantes a la lactosa, me imagino) estaría imaginando el paraíso con escenario tan dulce. Solo que existe un pequeño detalle: el helado infinito de esta analogía tiene el sabor particular de “nada”. Podemos comer y comer por horas, sentirnos llenísimos y después quedarnos con un sabor nulo en la boca, como de no haber comido nada. Burdo, yo lo sé, pero permítanme llevarlos un poco más en esto. Primero traslapemos al arte que consumimos. Y es que esa sensación de vacío no viene del hartazgo en sí, sino del sabor. ¿Qué estamos consumiendo realmente cuando vemos película tras película sin recordar ninguna?
Miles de películas de superhéroes. Muchas horas de películas de acción con los mismos tres pelones de siempre. Adaptaciones de Wattpad. Terror hueco con escenarios genéricos. Franquicias de videojuegos. Tantas y tantas películas de romance adolescente sin sentido o inteligencia emocional. ¿En qué momento el cine se convirtió en un enorme comercial de las marcas? ¿Cómo es que llegamos al punto donde ver una película solo tiene sentido si ves tres series, ocho películas previas, lees las declaraciones diarias del cast en internet y, aparte, leíste el material original? ¿Cuándo convertimos el querer maravillarnos con una historia en solo un remake, secuela, reboot o spin-off de otra franquicia que triunfó hace un par de años? ¿Es el cine un medio de entretenimiento más que un arte en sí? ¿Es, primero que todo, un arte que debe verse con ojo crítico antes que como una pieza de recreación?

Todas estas preguntas las planteo desde la retórica, porque cada uno de nosotros verá con diferentes ojos y pasión el arte que es el cine. Y como cualquier arte, será diferente según lo que provoque en cada espectador. No porque se señalen todas estas preguntas como una clara y absoluta deficiencia de la industria actual, significa que a muchos una u otra película no nos va a terminar gustando. El problema no es que guste, sino que, cuando alguien te señale que tu enorme helado no sabe a nada, quieras atacarlo como si hubiera dado la mayor ofensa de la semana. No tiene nada de malo que el cine “de autor” no sea lo tuyo. Por el contrario, no tiene nada de malo que alguien te señale que la mayor obra de arte que han presenciado tus ojos no le pareció entretenida. Ambas cuestiones son válidas. Solo hay que recordar que existe el otro punto de vista. Y es eso: solo una opinión. Puedes tomarlo y aprender un poco más o simplemente no molestarte. Esa misma búsqueda de absolutos —de respuestas cómodas y unanimidades morales— es lo que contamina también el diálogo sobre el cine actual. Porque si no puedes reírte de lo trágico o señalar lo vacío sin que parezca ofensa personal, ¿qué espacio queda para la crítica? Y mientras el cine siga siendo helado que parece dulce pero no alimenta, seguirá habiendo quienes lo devoren con gusto, y quienes lo señalen como el vacío disfrazado de placer que realmente es.
Aun con esta área gris para poder disfrutar del cine, hay piezas irrefutables de arte que no son del agrado del público general, el llamado “público casual” que solo quiere desconectar y ver algo durante un par de horas, y después volver a la realidad. Al otro extremo de la balanza tenemos al nicho purista que no puede contemplar cómo Spiderman detiene el metro con su telaraña para evitar que la gente muera por obra del Dr. Octopus. ¡Eso sería una aberración que haría vomitar al mismísimo Godard de tener que presenciarlo! Si usted, que me está leyendo, no sabe quién es Godard, no se preocupe. Esto no es una cátedra de cine francés, y eso significa que usted pertenece al primer rubro de la sociedad: el casual. Si usted sabe quién es Godard, tampoco se emocione en creer que sabe todo de cine, porque ese es el punto: el cine no es arte o entretenimiento. El cine es arte y entretenimiento. No deberíamos verlo como partes absolutas en un solo extremo u otro. El cine no es solo taquilla o premios. El cine no es la película independiente eslava de cinco horas en blanco y negro que solo tu primo, el que quiere llamar la atención, te dice que debes ver. Ni mucho menos es cada cosa hecha sin pasión o cuidado que es empaquetada de manera casi industrial para rellenar la cartelera cada semana. El gran helado no es solo el cine “basura” que consumen unos o la “fanfarria extravagante” que recomiendan otros, el gran helado desde la humilde opinión de este autor, está en todo lo que no tenga sabor, todo lo que sea extremista y consumido sin entender que existe una contra parte, lo que le falte de arte, lo que le falte de entretenimiento. Requieres de ambas partes para poder generar que la chispa del arte avive las llamas de la cultura popular. Que una historia plasmada perdure durante varias generaciones y siga maravillando a personas de otros lugares requiere no solo de algo bien hecho, sino también de un trabajo que logre pasar la prueba del tiempo con un argumento sólido, personajes entrañables, desborde de pasión, de locura, de emoción.
A veces parecería que el cine comercial y el cine artístico viven en extremos que no se tocan, pero eso no es del todo cierto. Existen películas que han logrado tender un puente entre ambos mundos, y lo han hecho sin necesidad de escoger bando. El problema es que muchas de estas propuestas quedan invisibilizadas desde el arranque: el público general suele ser reacio a lo que no le resulta familiar, y la industria no siempre está dispuesta a apostar por historias nuevas o incómodas. Así, se genera un círculo vicioso donde lo diferente no se promociona, no se ve, y termina siendo descartado por “no haber funcionado”. Pero basta con rascar un poco para encontrar joyas que, aun sin haber arrasado en taquilla, encontraron su lugar en la memoria colectiva. Blade Runner, Scott Pilgrim vs. the World, Children of Men o incluso The Iron Giant fueron fracasos comerciales en su estreno, pero con el tiempo se convirtieron en clásicos que demuestran que sí se puede contar algo potente sin renunciar a emocionar. El cine que trasciende no siempre es el más premiado ni el más visto: muchas veces es aquel que logra conectar, sin concesiones, desde su autenticidad.
Es por eso por lo que terminamos cayendo en las garras malévolas del cine en primer lugar: porque una obra hecha por tantas personas logra plasmar un guion, arte, visión y elementos que nos hagan saltar con todo lo que nos hacen sentir. Porque cuando una película logra eso, cuando cada engrane de su maquinaria gira en armonía con el resto, el resultado no solo es entretenido: es inolvidable. Lo vemos en cineastas que no temen abrazar el espectáculo, pero tampoco sacrifican su mirada.
Pienso en como Greta Gerwig convierte dramas íntimos en obras universales con su sensibilidad para el detalle en Lady Bird. Ahí están también Guillermo del Toro con su amor por los monstruos y el alma en cada diseño de producción; Alfonso Cuarón, capaz de hacernos volar por el espacio o caminar por la memoria de un país roto; Denis Villeneuve, que transforma la ciencia ficción en experiencia sensorial y humana; y Jordan Peele, quien resignifica el terror con lecturas raciales que no olvidan entretener. Christopher Nolan convierte conceptos abstractos como el tiempo o la memoria en piezas de acción grandiosas, pero nunca vacías. Del otro lado, Hayao Miyazaki nos recuerda que el arte también puede estar en lo contemplativo, en un tren que atraviesa un paisaje imposible o en una niña enfrentando sus miedos sin dejar de ser niña. Damien Chazelle hace del ritmo y la música una extensión emocional en cada plano, ya sea en el furioso compás de Whiplash o en la melancolía brillante de La La Land. Incluso Steven Spielberg, a pesar de su popularidad masiva, ha sabido mantener un pulso autoral inconfundible, capaz de provocar lágrimas con una simple despedida o asombro con una silueta contra la luna. Estos cineastas no hacen “cine elevado” ni “cine comercial”; hacen cine que respira. Cine que entretiene sin pedir disculpas, y que, a la vez, permanece en nosotros mucho después de que la pantalla se apaga. Es cine de autor, sí, pero también de público. Cine que te hace pensar y sentir. Cine que —sin importar si costó millones o fue filmado en una sola habitación— tiene algo que decir y lo dice con las herramientas propias del lenguaje cinematográfico. Y cuando eso pasa, no importa si la pantalla es grande o pequeña: el hechizo se cumple. Eso es lo que admiramos de los grandes cineastas. Los que no nos hacen elegir entre un lado u otro. Los que hacen cine, no helado.
[1] https://x.com/miguelaraizac/status/1935137470708068620
[2] https://x.com/miguelaraizac/status/1935419631474287023
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