Una ciudad que nunca duerme… y donde nadie descansa en paz.
Frank Pierce (Nicolas Cage) es un paramédico nocturno en Manhattan. Durante tres noches consecutivas, lo acompañamos en su descenso emocional mientras intenta salvar cuerpos que ya parecen condenados. La muerte lo sigue a cada esquina, en cada callejón rojo neón, en cada víctima, en cada intento fallido de redención. En un Nueva York saturado de sufrimiento, Frank comienza a perder la línea entre salvar y dejar ir.
Estrenada al cierre de los 90, Bringing Out the Dead aparece en un momento clave para ambos creadores. Scorsese, saliendo de su zona de confort temática tras años de explorar la mafia y el pecado con glamour, firma aquí una obra que rescata su vena más espiritual, en línea con Taxi Driver, pero desde una compasión madura. Mientras tanto, Nicolas Cage venía de ganar el Óscar por Leaving Las Vegas, y aquí ofrece una actuación intensa y quebrada, sin sobreactuaciones, sin máscaras, solo agotamiento. Su Frank no es Travis Bickle: es su sombra compasiva.
Adaptada por Paul Schrader (guionista de Taxi Driver y La Última Tentación de Cristo), Bringing Out the Dead forma parte de una etapa inusual para sus creadores: Cage, después de ganar el Oscar, se entrega a un papel extenuante, mientras que Scorsese se aleja de la mafia para retratar otra violencia: la de la desesperación cotidiana. Lo que vemos no es una historia lineal sino una especie de descenso en espiral, un viacrucis de tres noches donde la salvación parece tan lejana como la cordura.
La ciudad, un Nueva York nocturno, caótico y ruidoso, donde los semáforos sangran y los hospitales suplican oxígeno. Scorsese filma con ritmo taquicárdico: la cámara tiembla, corre, se agita como si también estuviera enferma. La música orquestal, entre punk y gospel, late como un corazón sobresaturado de adrenalina.

La fotografía de Robert Richardson —saturada de luces neón, sombras alucinadas y reflejos espectrales— envuelve a los personajes como si estuvieran atrapados entre el cielo y el infierno. Cada escena parece bañar a los personajes en una luz sobrenatural: ora divina, ora infernal. Cada encuentro en la calle parece sacado de una pesadilla surrealista. Y sin embargo, entre la locura de la guerra de pandillas, la droga asesina llamada “muerte roja”, los suicidios y los accidentados, hay una luz: una fe tenue, una chispa de compasión que todavía no se apaga del todo.
El catolicismo de Scorsese también está presente, aunque más en ruinas que en gloria: el hospital se llama “Misericordia”, una monja predica con un micrófono en plena calle, una pizza lleva figuras bíblicas, y uno de los compañeros de Frank lanza plegarias como si fueran chistes. ¿Y Dios? Ausente, silente. Como si hubiera abandonado hace tiempo esta tierra de pecado.
Frank, mientras tanto, solo quiere dormir. Pero no puede. Porque cada noche, cada rostro que no logra salvar, lo despierta desde adentro. Porque en el fondo, él también quiere ser salvado.
Bringing Out the Dead no es una película cómoda, ni popular. Pero es posiblemente una de las más honestas del cine estadounidense sobre el cansancio moral. Y como toda gran obra nocturna, te deja con más preguntas que respuestas.
¿Quién rescata a los que rescatan? Los invito particularmente a dejarse llevar por este otro lado del aclamado director, mismo que no importa lo que nos ponga en la pantalla, dará su toque casi divino.
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