Weapons (2025): Lo ridículo como catapulta del terror.

¿La salvación del terror está en su fusión con otros estilos? La historia reciente del género parece decir que sí. Lo hemos visto mezclado con gore, ciencia ficción, relatos de época o sátira social. Zach Cregger, tras el impacto de Barbarian, parece haber entendido que su marca no será el culto solemne al miedo, sino la capacidad de deformarlo con una dosis de comedia oscura y sorpresa desconcertante, casi insultante para los fans del género que consideran esto una desviación de su propósito básico: dar miedo. Pero lo que para muchos espectadores es soso, ridículo o banal, para otros revitalizó el estilo de su film anterior. Weapons no solo confirma esa línea: la eleva, la retuerce y la convierte en un juego cruel con el espectador.

La película —que debo decir posee un gancho inicial efectivo—, por su marketing aparenta ser una propuesta promedio de terror. Y justo cuando uno se pregunta por qué ostenta clasificación C, la respuesta llega con un golpe de absurdo que explota en la cara. No es un exceso de sangre gratuito ni una perversión visual por shock; es un uso medido de lo grotesco, que sabe cuándo liberarse. La cinta juega a tensar y relajar, a disparar miedo para después casi reírse de sí misma, como si entendiera que el espectador contemporáneo ya no compra el terror “puro”: necesita algo más incómodo y ambiguo. El terror es entonces una fuente que puede surgir desde múltiples direcciones, propone Cregger. Y lo hace con plena autoría: escribe, produce y dirige, apropiándose del género para moldearlo hacia un terreno insólito pero, al mismo tiempo, fascinante de descubrir.

El formato por capítulos es otro de los aciertos. En lugar de narrar un hecho aislado o jugar a la antología sin conexión, Weapons construye una secuencia casi consecuente: la maestra acusada, el padre preocupado, el policía imperfecto, el niño envuelto en el misterio. Cada fragmento suma capas a la intriga y a la ansiedad. Cada perspectiva responde a algunas preguntas del capítulo anterior, pero abre nuevas incógnitas, hasta que el clímax no solo traiciona lo que creíamos, sino que lo tuerce hacia un caos impredecible. Ese caos resulta satisfactorio para algunos, y decepcionante para quienes esperan la rigidez de un terror “serio”. Pero ahí está el punto: Cregger se atreve a burlarse del género y, al hacerlo, oxigena un terreno a menudo asfixiado por la fórmula. ¿Queremos nuevas propuestas de terror o solo variaciones de los mismos jumpscares de franquicias interminables?

En términos visuales, la película alterna entre la crudeza realista y la estilización incómoda. Hay planos largos que se extienden demasiado, encuadres que capturan lo esencial mientras la amenaza crece en segundo plano, y cortes bruscos que interrumpen la lógica cuando empezábamos a sentirnos seguros. Esa tensión entre lo familiar y lo extraño es, quizás, el verdadero terror que propone: lo surreal no proviene de monstruos, sino del descarrilamiento de lo cotidiano. En el primer tercio no sabemos qué esperar; hacia la mitad, algunas teorías se desmoronan con nuevas respuestas; y al final, la revelación es tan simple como perturbadora: el terror no viene de lo demoníaco, sino de lo tangible, incluso lo posible.

Tampoco es gratuito el subtexto social: la violencia cotidiana, la paranoia ante lo invisible, el peso de vivir en una sociedad donde la amenaza puede estar en cualquier esquina, en un rumor, en una pistola oculta. Weapons parece preguntarse si hemos normalizado tanto el miedo que incluso lo absurdo nos resulta lógico. Es un comentario al clima estadounidense, sin duda, pero trasciende lo local: es el miedo universal a lo imprevisible, a lo que escapa de cualquier narrativa de control.

En medio de todo, los personajes funcionan como anclas: son sus dudas, contradicciones y maneras de reaccionar lo que nos va guiando. Ninguno se siente caricatura ni eco de figuras previas. La maestra acusada, el padre deshecho, el policía torpe, el niño inquietante: todos son variaciones con humanidad en medio del delirio. Aquí brillan tanto Josh Brolin, que abandona el molde de hombre implacable visto en No Country for Old Men (2007), Sicario (2015) o Dune, para encarnar a un personaje quebrado por el dolor (un papel que rumores señalan pudo haber sido de Pedro Pascal); como Julia Garner, en su tercer estreno del año —y posiblemente el mejor—, que confirma una versatilidad sorprendente: puede ser cínica, alcohólica, aterrada o un heraldo cósmico, siempre con la misma verosimilitud. Weapons prueba que su ascenso no es hype, sino consistencia desde que Hollywood la descubrió en 2017 con Ozark.

Uno de los mayores conflictos que tengo en está ocasión es con el título, justamente el como pasamos de una palabra única y con particular significado hacia el final de la película a convertirse en La Hora de la Desaparación que no solo se siente como una invitación forzada, si no que al final, la dichosa hora no posee el mismo impacto cuando descubres el cómo sucedieron las cosas en primer lugar, es momento de presentarle formalmente la queja a Warner Bros de este lado del mapa.

Weapons me hizo sentir nervios, temor e incluso shock. Es, que yo recuerde, la primera vez que una película de terror me hace reír porque así lo quería el autor. Y eso ya lo considero un acierto total. Su recepción será divisiva: para algunos, la confirmación de que el terror contemporáneo debe abrazar lo absurdo y lo impredecible; para otros, un chiste innecesario que nunca termina de asustar porque se ríe demasiado. Pero algo es innegable: Cregger está consolidando una voz propia en un panorama donde la solemnidad parece norma. Weapons no busca ser la nueva Hereditary ni la nueva The Others: busca ser distinta, a lo bravo. Y en un género que tantas veces repite fórmulas, esa rareza ya es un triunfo fresco.


Nuestra Kinema, Nancy nos habla más de esta película en su canal de Youtube:


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