El consenso popular respecto al cine hecho en México de varios años para acá pareciera delimitarlo a ‘‘pura comedia romántica’’. Si se escucha a la gente de a pie o se revisan las redes sociales que publican sobre el mismo, la conversación tiende hacia dicho género que se engloba en tres nombres propios de quienes dominan las carteleras mexicanas según gran parte del público. Pero cuando uno tiene la posibilidad y voluntad de sumergirse al cine mexicano que, quizás, no obtiene el mayor número de salas para exhibirse, que no genera tanta publicidad o que batalla para llegar a ciertos cineclubes, uno se da cuenta de que la cosa no va por ahí.
El Diablo fuma…
La generación de realizadores que actualmente se está apoderando de las narrativas cinematográficas alrededor del mundo son los llamados y tan desdeñados millennials, la generación más nostálgica de todas y que aparentemente está renuente a crecer. Esta camada de melancólicos nacidos entre inicios de los 80 y mediados de los 90 que recuerdan con añoro sus respectivas infancias, a los suyos, a quienes los crecieron, a quienes no estuvieron o a quienes se fueron; aquellas películas que veían en sus televisores de antena parabólica y cuyos posters ahora adornan el diseño de arte de sus óperas primas o las canciones que escuchaban en las radios locales que ahora son el soundtrack principal de sus películas festivaleadas y que le dan forma al tan querido coming-of-age.
Todo esto, por supuesto, no excluye a México, por el contrario, se palpa como el verdadero tema recurrente en los metrajes que ha conformado el cine nacional de las últimas dos décadas y que se ha vuelto representativo del mexicano en las artes alrededor del mundo: el niño, la niña, los niños y/o las niñas de diez años o menos que se ven inmersos en conflictos familiares, mayormente dentro de sus propias casas, y a quienes se les dice que deben mantenerse al margen mientras, contradictoriamente, se les involucra en dinámicas que se ven obligados a afrontar con la madurez de la que los adultos carecen. Adultos que suelen creer que los niños no se dan cuenta de las cosas, que se emboban con la televisión y todo se les olvida, que son muy pequeños para entender o, peor aún, que son entes carentes de emociones incapaces de reaccionar a su entorno o sentir dolor.

Cineastas millennials como Astrid Rondero y Fernanda Valadez con Sujo, Claudia Saint-Luce con El Reino de Dios, Samuel Kishi con Los Lobos e indudablemente Lila Avilés con su galardonada Tótem; Ángeles Cruz con su Valentina o la serenidad, Issa López con Vuelven o Tatiana Huezo con El Eco como directoras provenientes de una generación anterior; incluso se puede mencionar a Carlos Carrera con la entrañable Ana y Bruno en el rubro de la animación. Tan sólo en esta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia el tema se vio en Taiwán a través de La chica zurda (Left-Handed Girl) de Shih-Ching Tsou y dentro de la competencia mexicana estuvo presente de la mano de Fernando Eimbcke con Olmo, Paula Markovitch con Ángeles, la esperada Vainilla de Mayra Hermosillo y la multipremiada El Diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), ópera prima del director michoacano Ernesto Martínez Bucio.
… (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja).
Con un guion del mismo Martínez Bucio coescrito por Karen Plata, la película nos cuenta la historia de cinco hermanos que se ven abandonados dentro de su misma casa —que en realidad es su mundo, el mundo— por sus dos padres. Los niños no se quedan solos, comparten casa con su abuela (Carmen Ramos); sin embargo, eso no significa que ellos estén bajo su cuidado, sino todo lo contrario. Uno de los niños pequeños recurre a rezarle al mismísimo Diablo para pedir por el regreso de sus padres, ente que su abuela esquizofrénica ha visto aparecer en la casa. La dinámica intrafamiliar oscila entre lo real y lo fantástico propio del imaginario infantil y el trastorno mental que brota como mecanismo de defensa ante los peligros, las propias emociones como el miedo o la tristeza y la lucha por mantenerse juntos.

Ambientada en la época de los 90, en la que la fe de todo un país se volcaba hacia Juan Pablo II —quien resulta ser el gag más divertido en la película—, El Diablo fuma… se une a la colección de películas mexicanas del nuevo milenio sobre los «niños adultos», los que se ven en pantalla, pero también de los que están detrás de ella; de los personajes que se ven forzados a madurar más de lo que sus años les permiten gracias a las circunstancias de la vida y de los realizadores que viven añorando u homenajeando sus etapas tempranas a través de su arte. De los niños desilusionados con crecer.
Mucho se ha hablado últimamente sobre Amores perros y su impacto en todo lo que representa el cine mexicano de hoy en día gracias a su reciente aniversario, pero ¿qué hay de El laberinto del Fauno de Guillermo del Toro? película del 2006 venerada por esta generación millennial que creció con ella siendo un referente de fantasía e incluso terror, y en la que Del Toro pone en pantalla la rebeldía infantil que reta de frente a la obediencia adulta por medio de la pequeña Ofelia (Ivana Baquero) enmarcada por la Guerra Civil y el laberinto de un Fauno que sólo ella puede ver. Y hablar de ella es, ineludiblemente, hablar también sobre El espinazo del Diablo. ¿Qué hay del impacto de Guillermo del Toro y sus niños fantásticos en los cineastas de hoy en día? ¿Cuántas otras Ofelias hemos visto sumergidas en la urbe mexicana? Precisamente esa mexicanidad que él tanto encumbra en otras latitudes y que le permite valorar ese equilibrio entre lo real y lo fantástico, la vida y la muerte, es un sello distintivo que ha sido celebrado mundialmente en el cine nacional que se ha hecho presente en festivales alrededor del mundo y ha vuelto a serlo en el final de esta película.

Dicho todo lo anterior, ¿qué ofrece de diferente El Diablo fuma… de todos los ejemplos previamente citados? Con esta película, Ernesto Martínez Bucio no se centra en el afrontamiento emocional como lo hace Avilés ni en la contrarreacción violenta como López; Bucio opta por un tratamiento lúdico para poner sobre la mesa la aceptación consciente de la pérdida y lo que significa el tener que forzar el desapego cuando se es pequeño como fundamento para aprender a dejar ir por voluntad propia. Estos son niños que toman acción a pesar de sus sentimientos sin dejarlos de lado, al contrario, encontrando cómo gestionarlos tanto en lo individual como en lo colectivo.
Como fue visto en La chica zurda de Shih-Ching Tsou, estos cinco hermanos también desafían el sistema de creencias que les ha sido enseñado sobre ‘‘lo que no se debe de hacer/creer/pensar/sentir’’, en este caso, a través de la radio y la televisión. Curiosamente, ambas películas emplean a la figura del Diablo como algo intrínseco al cuerpo o a la casa que ‘‘está mal’’, apelando fuertemente a la universalidad de estas historias que viajan alrededor del mundo desde los ojos de los niños apropiándose de sus propios cuentos ahora convertidos en cineastas cuyo discurso concluye que los llamados ‘‘desadaptados’’ no son los que están precisamente ‘‘mal’’.
Sinceramente, esto no es nada nuevo bajo el sol ni lo será de aquí a unos años dada la experiencia de vida colectiva; tampoco es que los niños y sus historias no hayan sido relevantes en el cine previo al nuevo milenio. Aquí lo destacable es el abordaje dado el contexto que además está adecuadamente sustentado por el grupo de cinco hermanos, principalmente la niña Mariapau Bravo Aviña como Elsa, la más pequeña de las hijas con un timing extraordinario para los momentos cómicos que permiten respirar a la película.

El Diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) de Ernesto Martínez Bucio llegó a Morelia precedida por el Premio a Mejor Primera Película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, el Premio del Jurado Joven del D’A Festival de Cine de Barcelona, el Premio a Mejor Director del Festival Internacional de Cine de Hong Kong, y a ganar el Premio a Mejor Guion precisamente del Festival Internacional de Cine de Morelia, reafirmando así el ritmo al que está latiendo el verdadero corazón del cine mexicano gracias a estos niños adultos que están haciendo sus películas mientras suspiran por aquello que ya no es y lo que ya no volverá.
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