La casa del pintor y escritor cubano Carlos Enríquez (1900-1957), conocida como el Hurón Azul es un espacio fascinante, que atesora parte de su historia como creador y a la par el espíritu de la intelectualidad de su tiempo. Convertida en museo desde 1987 y declarada Monumento Nacional, fue el espacio que este artista habitó por 18 años, desde 1939, hasta 1957.
El nombre del lugar se debe al hurón que Carlos recibiera como regalo de un amigo suyo al que tiñó con azul de metileno, y, luego, tras su muerte, terminara por clavar en la puerta de entrada de la casa. Lo primero que llama mi atención de la vivienda es su tamaño pequeño, incluso si cuenta con un estudio en la segunda planta. La colección se distribuye en apenas cuatro salas y sin embargo cada pieza o rincón guarda un misterio.

La construcción, de carácter bohemio, fue concebida por el propio Carlos en 1939, a imagen de una estación de trenes de Pensilvania, Estados Unidos. Se ubica en una finca que heredara en Párraga, y conjuga estilos disímiles, como una chimenea, y elementos de la arquitectura vernácula: el vitral de medio punto y una reja con el motivo de la lira; piezas compradas en un rastro de segunda mano. El camino, circundado por infinitas botellas, rememora aquellas que bebiera el creador en vida y que fueran enterradas de una forma decorativa por su jardinero.

Sin lugar a dudas es este un sitio lleno de magia y leyendas, en que el artista creó buena parte de la obra que lo hizo trascender, pero además donde se reunía la élite cultural de la época en tertulias dominicales de amigos. Con relación al vitral, por ejemplo, no falta la anécdota. Alejo Carpentier y Carlos, discutieron a tiros por el amor de la escritora francesa Eva Frejaville, que había sido esposa del primero, hasta que se hizo amante del segundo. Un cristal mate en la vidriera llegó para sustituir el que se rompiera en el altercado bajo el impacto de una bala.


Destacan en el espacio, la sensualidad transparente del mural de las bañistas, alrededor de la chimenea, uno de los pocos que pintó Carlos y el único de acceso público. Asimismo, la reproducción de su obra, Eva saliendo del baño, un desnudo de Eva pintado sobre la puerta del baño —el original se encuentra en la actualidad en el Museo Nacional de Bellas Artes—. También los pasos del fantasma, que según Carlos se paseaba de noche por la casa: huellas en la escalera de acceso al estudio del creador en la planta alta.

Sin embargo, de todos los elementos que conforman el pequeño espacio, uno llama mi atención sobre el resto: un sistema de símbolos esotéricos ubicado encima de la puerta de entrada, al que la guía del museo, le da el nombre de cábala, aunque no sea tal, sin conseguir tampoco brindar una explicación rotunda… Reconozco a primera vista parte de la simbología, elementos que corresponden a la astrología, en tanto representaciones de los planetas: Sol, Júpiter, Mercurio, Venus, la Luna, Saturno, Marte. Dos símbolos me resultan desconocidos entre todos, se trata de un par de triángulos, uno al derecho y otro invertido, con una escuadra en forma de “L” que los atraviesa. Intento luego localizarlos en línea, e incluso pido ayuda a mi amigo para esto … En algún momento pienso que quizá la representación responda a alguna fecha o evento de la época. La guía sugiere que tiene que ver con algún aniversario especial, pero después de investigar durante un buen tiempo no confirmo su explicación, ni encuentro tampoco en ninguna parte referencias a la pretendida cábala. Los dos símbolos misteriosos no aparecerán por ningún lado hasta mucho después… Los voy a encontrar, por supuesto, de forma casual, y sin que esté buscando, y como piedra de Rosetta me harán recobrar el interés y la aspiración de sentido. Los dos triángulos tendrán la clave, por supuesto; responden a la representación de Aire y Tierra en el lenguaje de la alquimia hermética. Percibo entonces mi obcecación precedente y alcanzo la certeza de que, en el dibujo de Carlos, la representación de los astros responde también a un sistema de metales planetarios. Todo el diagrama, como una fracción matemática donde los elementos se agrupan unos a un lado, y otros en el extremo opuesto, con una línea que separa una parte superior y otra inferior, pareciera elaborar un esquema operativo alquímico que pudiera traducirse en un mensaje. Discurro entonces que quizá se trató de un recordatorio que Carlos concibió para tener siempre presente, a la manera en que en el mundo contemporáneo se han puesto de moda las frases motivacionales como parte de cualquier decoración.

Toca entonces desglosar cada símbolo, o significante de la fórmula y su significado. En una lectura de izquierda a derecha, de arriba abajo (aunque también habría que considerar en este tipo de diagrama una aproximación de orden inverso, que se tendrá en cuenta más adelante…), se ubican primero el Aire y el Oro/Sol, para dar paso a la fracción, en cuya parte superior se encuentran primero, Estaño/Júpiter y Mercurio/Mercurio, y después, Cobre/Venus y Plata/Luna. En la parte inferior, se agrupan Plomo/Saturno y Hierro/Marte, luego viene un punto y a continuación el elemento Tierra queda aislado a la derecha del diagrama. Se percibe así que, al inicio, el Aire, como soplo divino, permanece aislado junto al Oro/Sol que actúa como principio rector y luz que da orden. Astrológicamente, el Sol se relaciona al Yo, en el caso de Carlos este astro regente de su signo solar (Leo), pudo tener resonancia y prevalencia, como un punto de partida, que se ilumina, o inspira ante el influjo del Aire. Atraviesa la fase expansiva, el estado de consciencia, la búsqueda de la sabiduría a través del Estaño/Júpiter, en combinación con Mercurio/Mercurio, elemento que brinda liquidez al proceso y sirve de puente a otro estado, en tanto viabiliza la comunicación. Se llega entonces al plano sutil de los metales más refinados, dúctiles y maleables, Cobre/Venus y Plata/Luna, el primero involucra la armonía y la belleza —no en vano el Cobre fue utilizado para la confección de espejos—, es la fase también del deseo, que se combina a la receptividad lunar, como aspecto reflexivo del alma, relacionado a la intuición, el subconsciente, lo femenino; el Cobre tiene además la cualidad de conciliar elementos en la Alquimia. A continuación, se encuentran los metales pesados o densos, Plomo/Saturno —materia prima de los procesos alquímicos, implica limitaciones, pero también disciplina— y Hierro/Marte —energía, acción, rumbo a la transformación—. Un punto que pareciera funcionar como marca operacional, o pausa operativa, da paso a la última fase, la manifestación de lo tangible: la Tierra.


El soplo divino (aire junto a Oro/Sol), despierta el deseo de expansión y comunicación (Estaño/Júpiter, y Mercurio/Mercurio) de algo que late como deseo subconsciente (Cobre/Venus y Plata/Luna). A través de obstáculos, y bloqueos, se llega una cierta estructura y toma de acción (Plomo/Saturno y Hierro/Marte), hasta que la obra encuentre un modo de expresarse y se vuelve algo concreto (Tierra).
Si se sigue este eje de lectura, el diagrama comienza, como se ha visto con Aire y Oro/Sol y culmina con el elemento Tierra. Sin embargo, en la Alquimia tradicional, se creía que los metales tenían su origen en la Tierra y después de una maduración, aspiraban al Oro, como meta. Así que tiene sentido pensar en la posibilidad de leer el esquema a la inversa, como ya se adelantó, de derecha a izquierda y desde abajo hacia arriba, iniciando en la Tierra, como lo más bajo hasta alcanzar la culminación del mensaje en el Aire: un paso de la terrenalidad impura que atraviesa en el punto como instante semilla el paso a la densidad de los metales pesados Hierro/Marte, Plomo/Saturno, la fase oscura o nigredo —ennegrecimiento, putrefacción, descomposición que suele coincidir con el desasimiento del ego—, hasta atravesar planos más sutiles, rumbo a la albedo —purificación, iluminación—, con la Plata/Luna, el Cobre/Venus transicional y luego Mercurio/Mercurio, como principio mediador a través del que todo fluye, y entra en la expansión y refinamiento de Estaño/Júpiter, hasta alcanzar la maduración en Oro/Sol, la rubedo, el “yo integrado” en completitud, en perfección e iluminación, que logra sutileza en su interacción con el Aire, es la conjunción final de Sol/Oro/cuerpo y Aire/espíritu.

Ya sea que se lea en un sentido u otro, es posible intuir una relación a escala entre el micro universo, el taller del artista, y el macro universo, su Gran Obra (Opus Magnum). La decodificación de los símbolos, responde al campo de la alquimia y la astrología, pero no está exenta de connotaciones creativas y hasta de orden psicológico —cabe recordar que para Jung la pretensión de crear oro, y sus etapas, respondía a una metáfora de la psiquis humana—.
Carlos fue un artista complejo a nivel estético, personal pero también espiritual, según sus amigos aspiraba a ser comparado, en su sensibilidad trasgresora, con un diablo. El Hurón Azul refleja la profundidad de su carácter. Quizá no baste entonces con una interpretación cerrada o única del esquema que, especulo, como se ha visto hasta aquí, podría funcionar cual anagrama inverso —semordnilap—, más que como palíndromo. Aunque intuyo, también roza la categoría de Aleph… y estoy segura de que habré de regresar a visitarlo todavía en el futuro. Es tal la riqueza del arte, la multiplicidad de sentidos e interpretaciones, esa artimaña mercurial, último juego de su creador, que todavía a través del tiempo convida a explorar mediante el embrollo semiótico, los planos sutiles, albos u oscuros, del alma humana.
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