En la Edad Media del siglo X, al tiempo que transcurría el Régimen Feudal en Alemania, Hroswitha, una joven religiosa de la abadía benedictina de Gandersheim, escribía obras literarias y dramáticas.
Sin que se llegue a un consenso, distintos autores que han estudiado la vida y obra de esta autora, escriben su nombre con grafía diversa. Algunos la llaman Hroswitha, otros la denominan Rosvita, Roswitha, Hrowitha, Hrotsvita, Hrosvit, Hrotsvit. Todos coinciden sin embargo en concederle como apellido el nombre del lugar dónde estableció su morada y concibió su obra literaria y espiritual: Gandersheim. No solo su patronímico resulta dudoso, sino que buena parte de su biografía llega hasta el presente de manera incierta. Se dice por ejemplo que provenía de Turingia y que tal vez tuviera origen aristocrático. Probablemente la inscripción, que aparece en un grabado de madera de la época, con el nombre de “Helena de Rossow” hiciera referencia a ella. Así mismo se cree que nació alrededor de los años 930 y 935 y que todavía en el año 973 estaba viva, sin que se tenga constancia absoluta de ninguno de estos datos. Con seguridad, como se ha dicho antes, vivió en la abadía de Gandersheim, localizada en la actualidad en la Baja Sajonia, famosa por su carácter ascético y su naturaleza educativa. Ingresó a esta, alrededor de sus 23 años. Se dice que allí, en un primer momento, Hroswitha tuvo por maestro a Rikkardis. Posteriormente es posible que haya contado con la guía de Gerberga, que llegaría a ser abadesa entre 959-1001, y fue hija de Enrique I, duque de Baviera y sobrina de Otón I (benefactor del convento).
Se especula asimismo que Hroswitha no fuera monja sino canonesa, ya que en lugar de adscribirse a los tres votos monásticos que asumían las monjas de, castidad y obediencia, y pobreza, al parecer solo formalizó los dos primeros, sin obligarse a perpetua clausura. Aquellas que obtenían la nombradía de canonesas podían tener criadas, así como disponer de su propio patrimonio, y mantener cierto estatus social, sin verse en la obligación de casarse. No hay que pensar que Hroswitha, a razón de tal condición dentro de la abadía, no sintiera verdadero amor y celo cristiano, pues su obra señala todo lo contrario. Más bien pareciera que buscó brindar servicio a su Señor, sin dejar de lado sus talentos, a través de la palabra y mediante el oficio de escritora —como siglos después defendiera la también religiosa y escritora Sor Juana Inés de la Cruz—, ya que, después de todo: “Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de una cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz”.
Cabe señalar que la producción literaria de Hroswitha fue amplia y transitó por géneros diversos incluyendo la poesía, leyendas y dramas. Sus poemas fueron hallados por el poeta Conrad Celtis[i] en el monasterio benedictino de San Emmeram en Ratisbon, siendo publicados en el siglo XVI. La obra poética que se conoce de esta autora está compuesta por dos poemas bíblicos —Vita Mariae y Sobre la Ascensión del Señor— y seis leyendas —El martirio de san Gangolf,Pelagius, Theophilus, que trata sobre el pacto con el demonio, Basilius, Doynisiusy El martirio de santa Inés—. Escribe además dos epopeyas. En Gestis Oddonis I. Imperatoris, canta las hazañas de Otón I, mientras que los Primordia coenobii Gandeshemensisconstituyen una historia de su orden desde 846-919.

Hroswitha escribió en un latín temprano y tal vez fuera una de las primeras personas que desde la Antigüedad compuso textos teatrales en esa lengua, así como una de las primeras dramaturgas de la historia, o al menos la primera de la que se tienen registros. Sin embargo, su biografía quedó en el olvido durante siglos y todavía en el presente suele omitirse, o menospreciarse en estudios sobre teatro y literatura. Incluso si vivió y creó en un momento en que la escritura dramática languidecía, se la considera una autora sin importancia, a razón de ser mujer y monja… Sus obras se insertan en lo que ha sido reconocido como Renacimiento Otoniano, que no es más que un estilo del arte prerrománico caracterizado por un particular florecer en materia artística, y que se desarrolló particularmente en Alemania desde mediados del siglo X, hasta la mitad del siglo XI, durante la dinastía sajona del Sacro Imperio Romano Germánico. Hroswitha de Gandersheim logró mostrar en su obra los cambios de la época al inspirarse en piezas clásicas para generar nuevos significados.
Resulta probable que los dramas de esta autora fueran escenificados en la intimidad del claustro, aunque esto tampoco es posible afirmarlo a ciencia cierta. Varios autores coinciden en que tal vez las obras de Hroswitha fueran representadas, con una finalidad educativa y edificante, en los conventos, por monjas, novicias o educandas, que se rotarían los diversos papeles, fueran estos, masculinos o femeninos.
En plena Edad Media, cuando el Teatro, y sobre todo el de influencia clásica, había sido echado al olvido, precisamente por mandato de la Iglesia latina, es posible apreciar el impacto de un referente griego en los textos de una autora de religiosidad católica. Hroswitha se propone imitar a Terencio, si bien lo hace de un modo muy particular, que da lugar a una escritura dramática en que sobra inspiración. La religiosa encabeza sus comedias con una declaración donde ella misma hace hincapié en el propósito didáctico y moralizante de sus comedias:
Hay muchos católicos, y no podemos enteramente absolverlos del cargo, quienes, atraídos por la pulida elegancia de estilo de los escritores paganos, prefieren sus obras a las sagradas escrituras. Hay otros que, a pesar de estar estrechamente atados a los escritores sagrados, y no tener gusto por la mayor parte de las producciones paganas, hacen una excepción a favor de las obras de Terencio, y fascinados por el encanto de su estilo, se arriesgan a ser corrompidos por la maldad del asunto. Por lo que yo, la fuerte voz de Gandersheim, no he dudado en imitar en mis escritos a un poeta cuyas obras son tan ampliamente leídas, siendo mi propósito glorificar, dentro de los límites de mi pobre talento, la laudable castidad de las vírgenes cristianas en esa misma forma de composición que ha sido utilizada para describir los vergonzosos actos de mujeres licenciosas.
Si bien “las comedias de Terencio eran comedias amorosas, los seis dramas de Rosvita están inspirados en un tema único, insólito en el teatro: el elogio de la castidad”[ii].
Enaltece la autora la imagen de la mujer cristiana, al mostrar a esta, perseverante en sus propósitos y casta en todo momento. Entra así en contraposición con un modelo latino de femineidad caracterizado por la debilidad sensiblera de las damas. Incluso a aquellas que “caen”, en pecado, no las condena si, en arrepentimiento, se vuelven al amor de Cristo. De algún modo la escritora enaltece la figura femenina, al dotarla en su obra de altos valores morales, y aunque como religiosa, restringe esto al marco ético del cristianismo, no deja de resultar peculiar su discurso, si se toma en cuenta el momento histórico en que vivió.
La obra de Hroswitha se nutre de diversas fuentes y autores, además de Terencio, se incluyen entre sus referentes a: Virgilio, Horacio, Ovidio, Plauto, y también los padres de la Iglesia. La autora extrae el contenido de sus textos, no de fuentes paganas, sino de las historias y leyendas de mártires y santos, las cuales a posteriori en siglo XIII serían compiladas por Jacobo de Varagine en su Legenda aurea o Leyenda dorada.
La elegancia del comediógrafo griego Terencio solo contribuye a dotar de cierta gracia a la prosa rítmica latina de la escritora. Concibe ella seis dramas de brevedad formal, dónde se da una rápida sucesión a nivel de peripecia y en los que la trama suele resultar imaginativa, aunque, a la par, enternecedora. En todos es posible apreciar una técnica esencial del Teatro Medieval, con amplio desarrollo luego, que se caracteriza por el cambio continuo de escenario. Por momentos, las piezas en su carácter exiguo parecieran libretos, lo que quizá se deba a que estaban destinadas a ser completadas en su representación.

Gallicanus, es el primero y también el más elemental, e inacabado, de los dramas de Hroswitha y al parecer, su obra más popular, si se toma en cuenta las numerosas copias que de esta existen. No tiene unidad formal y se caracteriza por una sucesión de escenas, por demás, rasgo típico del posterior teatro medieval. La historia de dos novios, Gallicano y Constancia, hija del emperador Constantino el Grande, se enlaza con el martirio de los santos Juan y Pablo. El general Gallicano pide en matrimonio a Constancia, quien se había ofrecido a sí misma como esposa a Dios. El pretendiente se convierte al cristianismo, por intercesión de su amada, y acaba por padecer una muerte de mártir.
Dulcitius, es otra de las obras de la autora y aún en su sencillez resulta más coherente y lógica. Narra la historia de las doncellas cristianas Agape, Cheonia e Irene, que fueran perseguidas por Dioclesiano y entregadas por este a Dulcitius, su prefecto. Dulcitius, encarna el vicio pagano, al querer obligar a las tres vírgenes a contraer matrimonio con altos dignatarios de la Corte. En medio de la noche, prendado de las jóvenes, se encamina hacia la cocina, donde las tiene prisioneras, con malas intenciones. Cegado por la embriaguez toma a ollas, cazuelas y sartenes por objeto de su pasión lo que da lugar a una serie de escenas de cariz farsesco, en que termina cubierto de hollín, con aspecto de carbonero. En esta obra el humor se introduce en una trama de marcada seriedad, que tal vez sin proponérselo enuncia, desde la cosmovisión religiosa, la violencia de género: “El drama termina con el feliz martirio de las muchachas intactas”[iii].
Callimachus presenta a un hombre enamorado de una virtuosa esposa cristiana, que prefiere invocar a la muerte por intercesión divina antes que caer en pecado. En la trama de esta obra el crítico e investigador Silvio D´Amico ha querido ver cierta coincidencia con la trama de Romeo y Julieta de Shakespeare cuando: “(…) el amante enloquecido viola la tumba, como Romeo, pero con intenciones mucho menos puras”[iv]. Una “milagrosa” serpiente muerde a Callimachus y este muere, de modo que se evita la profanación. Es interesante la resignificación que hace Hroswitha, de la serpiente como símbolo. En su obra no representa al demonio, al que se asocia desde el Génesis, o en la hagiografía de ciertos santos; según esta relectura, el ofidio y el mal que por tradición encarna, podría responder también a los fines divinos. Hacia el cierre de la pieza, el apóstol Juan, resucita tanto a Drusiana como a Callimachus, y es entonces que este se arrepiente y hace su profesión de fe.
En Abraham toca la autora el tema de la mujer que cae. Su protagonista, un viejo ermitaño, encierra a su bella hija en una celda con el fin de iniciarla en la vida cristiana. La muchacha huye a la ciudad y allí entra a brindar servicio en una casa de placer. El anciano va en su búsqueda. Disfrazado de soldado se le presenta como cliente; la conmueve al descubrirle su identidad, con lo que logra el arrepentimiento de la joven.En Paphnutius ocurre, de manera similar, la conversión de la cortesana Thais, a la cual el eremita Paphnutius, como Abraham, pretende rescatar del mal camino.
El drama Sapientia narra de manera simple una alegoría: el martirio de las vírgenes Fe, Esperanza y Caridad en presencia de su madre Sabiduría, la cual las alienta y luego embalsama y sepulta sus cuerpos de manera pía.
Erudita, mujer, religiosa, Hroswitha de Gandersheim, supo conjugar todos estos aspectos en su obra, sin traicionarse. No deja de resultar, cuando menos curioso, que una monja de la Edad Media escribiera de lo que le resultaba cercano, la naturaleza femenina, y que, al darle protagonismo a las mujeres en su obra, incluso con propósito moralizante, representara a prostitutas, o cortesanas, y tocara temas que hoy se podrían asumir desde la perspectiva del enfoque de género. Hroswitha trató temas escabrosos y asumió tramas dónde el pecado y la corrupción perseguían a la virtud… Asumió estos tópicos con gracia poética y espíritu educativo, a la par que moralizante. Con solo imaginar a sus compañeras en el convento, en la escenificación de semejantes caracteres y situaciones, a cualquiera se le esbozaría en los labios la sonrisa. Si bien, sus motivaciones podrían resultar anticuadas a los ojos actuales, para un periodo histórico, considerado las más veces como de escaso desarrollo a nivel dramático, su mérito creativo estriba justamente en su autenticidad y enfoque único.
Bibliografía:
Baty, Gastón, y René Chavance: El arte teatral. Breviarios. Fondo de cultura económica. México, 1955.
Boiadzhiev,G. N. y J Dzhivelegov:Historia del teatro europeo. Editorial futuro, S. R. R. Buenos Aires, 1947.
D´ Amico, Silvio: Historia del teatro dramático. Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1971
Nicoll, Allardyce: World drama (from Aeschylus to the present day), pp. 141-142. Georg G. Harap & Co. Ltd., London, 1966.
Nieves Rivera, Dolores y Henríquez Ureña, Camila: Teatro y narrativa medieval. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1990.
[i] Conrad Celtis (1459 –1508), también Konrad Celtis, Conradus Celtis o Celtes, fue un humanista del renacimiento alemán y poeta en neolatín.
[ii] Silvio D´ Amico: Historia del teatro dramático, p. 130.
[iii] Ibídem, p. 131.
[iv] Ídem.
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