Poesía y soplo divino

Ya para los antiguos griegos, en la poesía intervenía la mantikḗ o mántica, forma de conexión con el poder de los dioses basada en la adivinación. Y es que vate y poeta han sido sinónimos a lo largo del tiempo. Vate podría derivar de la raíz preindoeuropea wat, que expresa soplo o excitación espiritual: en Grecia se utilizó ouateis, en latín, vates,y entre los celtas uati. Si bien los poetas utilizaban una tekhné, oficio o técnica imitativa, su inspiración en la concepción del poema ha sido comparable al trance de los adivinos, una forma de posesión del numen, incluso con potencial predictivo.

Diversos estudios sostienen que la poesía, en las civilizaciones antiguas, se cantaba y danzaba como expresión sagrada. El concepto mousike o “arte de las musas” abarcaba estas tres artes, que operan desde el ritmo y lo pulsional. Quizá evidencia de semejante simbiosis sea el término pie, característico de la métrica, que debió referirse al paso de los danzantes del coro en el suelo, para marcar el ritmo de los versos. El coro que luego seguiría su desarrollo en el teatro, era vehículo de la comunicación sacra en los ritos, donde transmitía a los participantes el entusiasmo, o soplo divino —enthousiasmos, del griego, “en”, “theou” y “asthma”: “tener a un dios dentro”—.

Los antiguos oráculos —medio oral—se expresaban en lenguaje poético. Las sibilas eran mujeres con un don profético que al ser poseídas por la divinidad pronunciaban sus predicciones en forma de versos. Aunque al inicio se reconocía solo una sibila, luego llega a identificarse más de una decena, en lugares como Samos, Eritrea, Cumas, Tibur, y Marpeso, e incluso en regiones del Oriente como Asiria.

La Pitia o sacerdotisa que presidía el templo de Apolo en Delfos descendía a una cámara subterránea y tras inhalar los vapores que emanaban de una grieta en la roca —pneuma o aliento sacro—, era tomada por el dios. Se supone que en una etapa arcaica emitiera sus respuestas a las preguntas que le hacían en versos hexámetros, lo que refuerza la idea de que Apolo, deidad del sol, la música, la sanación, la profecía, y la poesía, hablaba a través de ella. Si bien, podía pronunciar en su trance frases inconexas, o sonidos ininteligibles, los sacerdotes del santuario, casta de hombres cultos, traducían todo en poemas que entregaban al consultante. Ya en una etapa posterior la Pitia deja de transmitir sus oráculos en versos, hecho notable que Plutarco registra como parte de su obra De Pythiae oraculis.

Los Oráculos Sibilinos son una colección de alrededor de catorce libros con expresiones oraculares escritas en hexámetro dactílico —versos de seis pies—, atribuidos a las sibilas. Sobreviven en una versión del siglo VI o VII d. C., editada por autores cristianos, con fines de evangelización; a partir de predicciones apocalípticas, los textos mezclan símbolos paganos de la mitología grecorromana y leyendas judeocristianas.

Más allá de las praxis oraculares, a lo largo del tiempo los poetas han celebrado la poesía, muchas veces por su aliento divino y al poeta como médium, canal, o intermediario… El poema no siempre responde a la razón, sino que llega como emanación numinosa al poeta que se sorprende y lo transcribe, le da forma, a partir de su conocimiento de la técnica. Platón en el breve diálogo Ión (o sobre la Poesía) pone en boca de Sócrates, en su debate con el rapsoda, los siguientes argumentos:

Hasta el momento de la inspiración, todo hombre es impotente para hacer versos y pronunciar oráculos. (…). El objeto que dios se propone al privarles del sentido, y servirse de ellos como ministros, a manera de los profetas y otros adivinos inspirados, es que, al oírles nosotros, tengamos entendido que no son ellos los que dicen cosas tan maravillosas, puesto que están fuera de su buen sentido, sino que son los órganos de la divinidad que nos habla por su boca. (…) si bien estos bellos poemas son humanos y hechos por la mano del hombre, son, sin embargo, divinos y obra de los dioses, y (…) los poetas no son más que sus intérpretes, cualquiera que sea el dios que los posea.

La poesía, en tanto obra de arte, pero también divina, pudo entenderse asimismo como teúrgia, donde theos significa dios, y ergon trabajo o acción. La teúrgia, rama de la magia o el esoterismo, propia del neoplatonismo tardío, fue llevada adelante por el emperador Juliano, conocido como El apóstata en el siglo IV d. C. En la teúrgia teléstica, a través de los rituales de animación de estatuas se tenía acceso a lo oracular. Mientras que en la teúrgia mediúmnica se buscaba la encarnación de un espíritu, guía, divinidad, demonio o difunto, en una persona que servía como “asiento” provisorio de esta para la transmisión de un vaticinio.

La palabra como expresión sacra alcanza repercusión también en la bibliomancia, forma de adivinación que consiste en abrir un libro al azar y utilizar su guía como respuesta. Esta se llega a practicar con asiduidad durante siglos —al menos desde el siglo II d. C., como señalan las biografías de emperadores romanos, Historia Augusta— . De tal manera se desarrollan las llamadas Sortes Homericae —basadas en la Ilíada—, Sortes Vergilianae —a partir de la Eneida de Virgilio— y Sortes Sanctorum —con énfasis en la Biblia—. Se considera así que la palabra de poetas como Homero o Virgilio tenía cualidad profética y mágica. Virgilio, por ejemplo, trasciende hasta bien entrado el Medioevo por su reputación de hechicero, antes que por su legado como escritor. De hecho, si bien su nombre en latín era Vergilius, se modifica en la época medieval a Virgilius, que guarda relación con las palabras virgo, y virga —varita (“mágica”) o bastón—. Para más, deviene en el Renacimiento, guía de Dante en el Inframundo a lo largo de La Divina Comedia.

La bibliomancia también alcanza desarrollo en Oriente. A partir del siglo XV, y hasta la actualidad, durante la noche de Yalda, en el solsticio de invierno los persas han utilizado la poesía de Hafez Al Shiraz como oráculo. El miembro más anciano de la familia abre la colección de poemas en una página al azar y los versos brindan consejos y predicciones acerca del año nuevo. La poesía sufí y en particular la de Rumi, y la de Hafez al Shiraz son expresión del vínculo con lo sagrado, revelación de Dios como palabra santa, y un reflejo de la luz espiritual… El mismo Rumi, según una leyenda, pleno de amor celestial, danzó en círculos al transitar por el barrio de los orfebres, en Konya, Turquía y dio origen a la danza extática sama de los derviches giróvagos de la orden mevleví. En su cosmovisión, danza y poesía se entrelazan. El poema nace del movimiento circular que propicia la fusión con la divinidad.

Hay también éxtasis divino en la poesía de los autores místicos del Renacimiento: santa Teresa de Jesús, fray Luis de León y san Juan de la Cruz. La transverberación de Santa Teresa, ese momento de la visión del ángel que le traspasa el corazón y la abrasa de amor a Dios al tiempo que provoca un dolor placentero, es celebrada en su obra poética.

Durante el siglo XIX, la resonancia del poeta como vidente, encuentra una expresión singular en el romántico Gérard de Nerval, quien en su obra Aurelia desde la primera frase declara: “El sueño es una segunda vida”. Su escritura, aunque no pretende ser eco de los dioses, está traspasada por lo onírico, y anticipa la visión primero de los simbolistas y luego de surrealistas, así como del enfant terrible de la poesía, Arthur Rimbaud, quien aspiraba a la idea de que el hombre debía volver al estado primigenio, originario y salvaje, y encontrar la iluminación a través del “desarreglo de todos los sentidos”. En su Carta del vidente —carta a Paul Demeny, Charleville, 15 de mayo de 1871—, resignifica al poeta como adivino, que anticipa, lo nuevo, todavía desconocido, el porvenir del arte y la poesía a nivel de ideas y formas; de modo que transfiere así la misión oracular al plano estético:

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El Poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos sus sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca él mismo, agota en él todos los venenos, para sólo guardar las quintaesencias. Inefable tortura, en que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en que deviene entre todos, el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito —y el supremo Sabio—. ¡Pues llega a lo desconocido! ¡Ya que ha cultivado más que nadie su alma, ya rica! ¡Llega a lo desconocido! Y si llegara, aterrado, a no comprender sus visiones, las habría visto.  

Rimbaud con esto resume todo: incluso si las palabras del vate no alcanzan comprensión profética, en él o en los otros, se puede tener certeza de que el entusiasmo de tales visiones, que incluso pueden generar el miedo que se impone ante lo desconocido, es fruto divino.


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