«La muerte es un suplicio en la medida en que no es simplemente la privación del derecho a vivir, sino la ocasión y el término de una gradación calculada de sufrimientos…»
Michel Foucault, Vigilar y Castigar
A cuatro años de su rodaje, se presenta la miniserie El programa: sumisión, sectas y secuestro, que en tres episodios nos devela una de las tantas estafas perversas y lucrativas de EUA: los programas de corrección de conducta para aquellos jóvenes sentenciados como «problemáticos» ante una sociedad que verídicamente poco se interesa por comprenderlos.
En este caso en especial la directora y también superviviente a uno de estos programas, Katherine Kubler junto con otros ex compañeros, narran los múltiples traumas a los que fueron sometidos cuando eran apenas unos adolescentes en la llamada Academia de Ivy Ridge.
Para su fortuna o desgracia, después de regresar a las ruinas de la Academia que fue cerrada formalmente en 2009, vuelven a ella para encontrar nada más y nada menos que las pruebas materiales de los abusos perpetrados ahí: desde documentos que narran paso a paso lo que se hacia adentro y que eran firmados por los mismos perpetradores, hasta cintas de video en las que se puede ver claramente las agresiones físicas cometidas hacia ellos.
Pero… lo sorprendente, para nosotros que nos creemos lejos de esa realidad, y para los mismos sobrevivientes, es que como Ivy Ridge existen, tan solo en EUA, miles de instituciones que se rigen bajo los mismos métodos de encausamiento de la conducta y que se expanden después al resto del mundo, formando un imperio que genera millones de dólares al año y que lucra cínicamente con la vida de estos niños; pues según estadísticas del Breaking Code Silence, el rango de quienes entran aquí puede rondar entre los 5 y 18 años.

Pero vamos a empezar con la pregunta más evidente, ¿cómo es que llegan estos jóvenes ahí? y la primera respuesta es: gracias a sus padres. En un intento, más o menos desesperado por «ayudar» a sus hijos que cruzan el umbral de esa etapa tan juzgada y ambigua llamada adolescencia, contratan los servicios de estas instituciones que se ofertan como programas educativos que mejorarán el comportamiento de éstos y facilitarán todas las herramientas para lograrlo. La dinámica es mucho más fácil de lo que parece, pues sólo basta con que entren a mitad de la noche a su habitación para levantarlos de su cama y llevárselos en contra de su voluntad, recluyéndolos en lugares alejados de la ciudad en medio de la nada, donde al llegar encontrarán a cientos de niños como ellos hacinados e incomunicados del mundo exterior durante periodos larguísimos de tiempo que pueden llevar años.
Una vez ahí inicia El programa, una serie de técnicas crueles para lavarles el cerebro con base en todo tipos de violencia que van desde la prohibición de la de comunicación, incluyendo la incapacidad de hablar durante el día, falta de acceso a necesidades básicas como comida, agua y baño, privación del sueño, forzando medicación psiquiátrica aun cuando ni siquiera haya estudios clínicos que avalen algún diagnóstico, así como uso de reclusión como castigo, terapia de conversión, aversión y ataque; pasando por la violencia física, mental, violaciones hasta las muertes por negligencia.
Quienes se encuentran ahí están sometidos a un régimen disciplinario que les indica qué hacer y cómo hacerlo bajo una dinámica de suma y resta de puntos alcanzando el nivel más alto que les permitirá salir de ahí, no sin antes perder la mayor parte de su humanidad y convirtiéndose, a la fuerza, en perpetradores contra los que se encuentren en niveles más bajos. Entre las reglas que se les impone se encuentran la prohibición de mirar a los demás mientras se transita en fila por cualquier espacio del internado, aceptar incluso aunque no sea real, adicciones y comportamientos que muchos de ellos no tenían, no sonreír, fingir ante las pocas señales del exterior que tenían, escribir cartas falsas a sus padres y lo principal: no pedir, bajo ninguna circunstancia, que los sacaran de ahí.
Y todo esto llevado a cabo de forma cínica y ante los ojos de todos nosotros, pues réplicas de estos mismo programas siguen hoy apareciendo por todos lados. Tan pronto como se cierra uno de estos lugares, ya se abrió otro allá donde las condiciones se le proporcionaron de forma óptima. Las cifras son aterradoras: más de 50,000 niños y jóvenes llegarán a estos lugares, hablando tan sólo de aquellos que están medianamente regulados y pueden libremente hacer marketing vendiéndose como un paraíso al que serán enviados los jóvenes, pues en la clandestinidad deben de operar muchísimos más.

La Industria de adolescentes con problemas (TTI por sus siglas en inglés) no es más que una red de negocios internacionales que se ofrecen como un servicio privado, pero que al mismo tiempo opera bajo una red coludida por otras instituciones que las financian, en EUA al menos por Medicate, Medicaid o el sistema de justicia juvenil. Y no sólo eso, muchos otros de estos niños llegarán ahí directamente por lugares de acogida, distritos escolares, asentamientos de refugiados y proveedores de salud mental.
Después de todo esto, habrá que reflexionar sobre un montón de puntos, pero especialmente nos invitó a re-pensar si como sociedad no seguimos teniendo una responsabilidad gigante para con nuestros niños y jóvenes cuánto menos nos hemos preocupado por los comportamientos en ellos que tachamos de reprobables quizá sólo por no hacernos cargo de la incertidumbre tan grande que hemos dejado en ellos.
Más información en:
Saltlake magazine
The U.S sun News
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