Llega a HBOMax: ‘Sinners’ (2025) de Ryan Coogler es música, identidad y liberación espiritual.

Por Samuel Bautista.

Sinners (2025) se inserta dentro del género del Black Horror, similar a películas como Get Out donde el mensaje recurrente es “no confíes en la gente blanca”. Aunque esta fórmula puede resultar predecible, Sinners innova al abordar profundamente la espiritualidad y la religión, invirtiendo la narrativa tradicional de las historias de vampiros.

En la mayoría de las ficciones clásicas de vampiros, los símbolos cristianos tienen un poder tangible para repeler el mal. Sin embargo, Sinners invierte esta expectativa: aquí, el cristianismo aparece como impotente o incluso como una fuerza opresora, mientras que la espiritualidad pagana emerge como la verdadera fuente de poder y liberación. La espiritualista pagana Annie (Wunmi Mosaku) representa la voz de la sabiduría; las herramientas contra los vampiros: ajo, plata y la luz solar son de origen folclórico y no cristiano. La oración cristiana (el Padrenuestro) reconforta a los vampiros, en lugar de dañarlos.

La película muestra el conflicto entre dos concepciones opuestas: la religión organizada, representada como un mecanismo de control opresivo (en especial sobre la comunidad negra), y la espiritualidad individualista, que promueve la libertad y el gozo vital. Esta batalla ideológica se plasma desde la primera escena: en una iglesia, la congregación canta This Little Light of Mine mientras destellos de terror contaminan el ambiente, estableciendo de inmediato la asociación de la religión organizada con algo siniestro.

Los pecados, tradicionalmente condenados por la religión: el sexo, la embriaguez, la música sensual, son revalorizados en la película como expresiones de vida y resistencia. El «pecado» desenfrenado se presenta como el estado natural y liberador del ser humano, y la opresión viene de quienes intentan limitar esa libertad, como los vampiros (símbolos de asimilación cultural y racismo).

Los primeros vampiros son blancos, y el líder vampírico narra cómo la religión cristiana fue impuesta a su tierra natal en Irlanda, estableciendo un paralelismo entre la opresión colonial en Irlanda y la esclavitud racial en América. La película sugiere que incluso los pueblos oprimidos pueden perpetuar nuevas formas de dominación, como hace Remmick (Jack O’Donnell), quien encarna la apropiación cultural bajo la máscara de la comunidad y la unidad.

Uno de los ejes más potentes de la película es la música. El blues no solo es parte esencial de la banda sonora, sino también el corazón simbólico de la narrativa. Se ilustra cómo el blues, creado por la comunidad afroamericana, ha influido en todos los géneros musicales posteriores, desde el rock and roll hasta el hip-hop. La música representa una conexión viva entre generaciones, un lenguaje de resistencia y memoria cultural frente a la opresión.

La historia de Sammie (Miles Canton) y sus primos Smoke y Stack (Michael B. Jordan) encapsula este poder. Cuando Sammie toca blues en un bar, convoca los espíritus de músicos y bailarines negros del pasado y del futuro, en una escena que celebra la inmortalidad de la cultura negra a través de la música. A pesar de amenazas como el Ku Klux Klan o los vampiros, los personajes resisten y encuentran en la música una fuente de dignidad y liberación.

La película también retoma la antigua superstición de que el blues es la “música del diablo”. Esta narrativa evoca mitologías como la de Robert Johnson, quien supuestamente vendió su alma para volverse un gran músico. Aunque la película no menciona directamente esta leyenda, sí plantea preguntas profundas: ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por alcanzar la grandeza?

Sammie enfrenta esta elección, puede traicionar su arte para «salvarse» o puede mantener su identidad a través de su música, aunque eso implique dolor. Decide resistir. En las escenas finales, regresa a la iglesia de su padre con su guitarra rota, rechazando la imposición religiosa que busca dictarle el significado de su arte.

El desenlace y escenas post-créditos refuerzan el mensaje: en 1992, Sammie, ya un músico reconocido, rechaza la oferta de Stack de volverse inmortal. Prefiere vivir una vida finita pero libre, dedicada a su música y a la memoria de su pueblo, en lugar de quedar atrapado en un sistema que promete libertad mientras en realidad esclaviza.

El título de la película, Sinners, se resignifica: ser un “pecador” aquí no es una condena, sino un acto de resistencia contra normas impuestas que buscan controlar cuerpos y almas. Los personajes son imperfectos, pero su humanidad, su música y su espíritu indómito son celebrados como los verdaderos triunfos frente a la opresión.


Samuel Bautista estudió la licenciatura en matemáticas aplicadas y computación en la FES Acatlán de la UNAM. Trabaja como analista de negocios y procesos, siendo un puente esencial entre las necesidades del negocio y el equipo de desarrollo de software. Le gusta leer de todo y aún más ver cine. Además de eso, de las cosas que más disfruta es pasar tiempo con su hija y viajar por carretera.


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