#FICM2025: ‘En el Camino’ de David Pablos humaniza a la máquina de carretera.

Muchos de nosotros seguramente hemos escuchado infinidad de historias sobre las cosas que los traileros tienen que hacer para mantenerse despiertos mientras manejan largas distancias por las carreteras. Entre los métodos más comunes está el consumo de bebidas con cafeína mezcladas con medicamentos o sustancias, entiéndase café y Coca-Cola con aspirinas o drogas como la cocaína. Todo aquello que pueda mantenerlos alerta y que poco a poco los va convirtiendo en cuerpos que funcionan en automático como si fueran una extensión del trailer que conducen.

En el Camino, cuarto largometraje del director tijuanense David Pablos, está lejos de ser un body horror como esos a los que nos tiene acostumbrados un director como David Cronenberg, pero si en algo dialoga la película de Pablos con la Crash de Cronenberg, a su vez basada en la novela de J.G. Ballard, es precisamente en esta mimetización del hombre con la máquina cuya humanidad pareciera remitirse únicamente al instinto y al impulso por medio de la descarga sexual indiscriminada; sin embargo, Pablos profundiza en otra dimensión de dichas máquinas presentando un relato sensible que rasca en sus emociones, como en la carencia de afecto que las lleva a perderse en los caminos, y no retrata al cuerpo como grotesco provocador de terror, sino como escultura sublime digna de admiración.

‘‘Veneno’’ (Víctor Prieto) es un jovencito que anda de trailer en trailer y de diner en diner complaciendo traileros y vendiendo droga mientras escapa de un viejo enemigo del pasado. Así conoce al ‘‘Muñeco’’ (Osvaldo Sánchez), un trailero con problemas de adicciones que va rumbo a Coahuila y accede a darle un aventón. En el camino ambos comienzan a conocerse y entablan una amistad que poco a poco escala al negocio hasta que finalmente llega a un enamoramiento, cuidando que esos enemigos del pasado no los alcancen. Es precisamente en el camino que ambas máquinas se van sensibilizando y contando la historia detrás de su automatización. ‘‘Veneno’’ ha sido relativamente olvidado por su propia familia debido a su orientación sexual, cuyo descubrimiento es puesto en cámara a través de ensoñaciones casi sublimes que ya le van dando forma a Pablos como autor. Por otro lado, el ‘‘Muñeco’’ vive añorando a sus hijos, a los cuales no puede ver debido a sus adicciones; son así un hijo sin padre y un padre sin hijos, pero lejos de plantearlo como un dilema edípico, el director desarrolla a ambos personajes como compatibles desde sus heridas.

Pablos es agresivo con la imagen, pero gradualmente desentierra la ternura que prevalece en el fondo. Sin titubear, nos mete al bajo mundo del instinto que predomina en las carreteras donde sus navegantes tienen que saciar sus necesidades como pueden y en las que, a través de los golpes propios de la travesía, vamos descubriendo la fuerte carga emocional que subyace al contexto. David tampoco es cruel con la construcción del mismo, sino que plantea razones y porqués como parte de lo que se va convirtiendo en lo natural para estos hombres —el estilo de vida del trailero que tiene que consumir-desfogar automáticamente— y a lo cual se tienen que adaptar para sobrevivir en la realidad sociocultural que invade y amenaza los caminos del México actual.

Tras ganar el Queer Lion Award y el Premio a Mejor Película de la Sección Orizzonti en el pasado Festival Internacional de Cine de Venecia, la película se presentó en la más reciente edición del Festival Internacional de Morelia ganando merecidamente el Ojito a Mejor Fotografía para la infalible Ximena Amann y el Ojito a Mejor Actor para sus dos protagonistas: el juarense debutante Víctor Prieto y el experimentado hermosillense Osvaldo Sánchez, quienes logran un balance recíproco entre la fragilidad y la brutalidad uno del otro para encontrarse en un punto medio entregando interpretaciones veraces tanto en lo individual como en conjunto. Osvaldo, particularmente, transitando la evolución de la máquina que busca cercanía con otro cuerpo para reconectar con su humanidad de una manera tan vehemente como conmovedora.

En el Camino de David Pablos es brutal, pero también es sensible. Cuando se estrene no dejará indiferentes a su paso; probablemente su final cause escozor entre muchos y el abordaje será discutible entre las disidencias, pero Pablos abre la conversación para todos mientras él mismo avanza en el camino de un cineasta establecido como esteta autoral.


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