Queer (2024) es un drama romántico dirigido y producido por Luca Guadagnino, que adapta a la pantalla el guion escrito por Justin Kuritzkes y basado en la novela con el mismo título de William Burroughs, publicada en 1985.
En sus pintorescas escenas, que conservan la esencia casi impresionista del director, seguimos a William Lee (Daniel Craig), un estadounidense implícitamente marginado que recorre las calles de la Ciudad de México en los años 50, con una pistola en el bolsillo y en lo que parece ser la búsqueda de un alguien.
Portando un machismo cínico, salta de bar en bar, siempre en busca de compañía, socializando e interpretando el papel de chulo con quien esté dispuesto a escuchar.
Eugene Allerton (Drew Starkey) cruza caminos con Lee, quien, frustrado por el rechazo previo de varios otros, muestra inmediato interés por el atractivo joven.
Allerton parece tomar interés también, entretenido por los performances y supuestos que Lee no parece dejar de interpretar. Y juntos se embarcan en un viaje a Sudamérica, impulsados por la búsqueda de Yagé (Ayahuasca) y, por parte de Lee, por la telepatía. A su vez, poco a poco nos introducen en el tema de la drogadicción y el síndrome de abstinencia.
La película se compone de tres actos y un epílogo, que narran una travesía que, poco a poco, pierde forma y metamorfosea en una amalgama de simbología y emociones que parecen querer contar otra historia; algo que, brillantemente, sin contexto, nos lleva a una conclusión que no se aleja de la realidad.

Si remontamos al origen de la historia (de la novela en específico), nos topamos con la sorpresiva tragedia que marca el inicio de una penitencia: un sueño febril y vago que se basa en la vida actual de Burroughs, después de que él mismo asesinara a su esposa y también escritora, Joan Vollmer, de un balazo en la cabeza.
Burroughs confesaría en no tan pocas palabras, en su introducción escrita para 1985, que su libro nació de un intento de exorcizar el trauma de la muerte de su esposa, ocurrida en la misma Ciudad de México. Por sí misma, esta es también una historia interesante de conocer: oscura y siniestra en la crudeza del perpetrador.
Guadagnino, entonces, se deslinda de la novela sin terminar del autor (que, en sí, es el delirio de un hombre atormentado por sus actos y pensamientos, siempre alimentados por la droga), y nos da una conclusión poco menos difusa a la breve historia de amor entre Lee y Gene, glosándola como lo que es: la actual historia de Burroughs, interpretada por su alter ego, Lee.
Es una película profundamente personal para el director, como se ha mencionado en numerosas entrevistas, y a mi parecer, sumamente encantadora. Es explícita en un sentido que trasciende la desnudez de los actores. Las escenas de sexo te hablan más allá del morbo. Te muestran quiénes son los personajes de la manera más íntima posible.
Parece, por momentos, que estamos siendo espectadores de una constante persecución.
William come, bebe y no parece buscar intercambiar ideas, sino generar una reacción esperada, o sea, manejar a una audiencia como un director conduce una orquesta.
¿En búsqueda de una sonrisa? ¿De horror o bochorno ajeno?
Gene es lo que William busca al inicio: un testigo, un amante, un perro de compañía. Se muestra en muchos casos hueco. Pero Lee parece saciarse menos y menos a medida que Gene se aleja más y más. En ocasiones expresa su deseo de controlarlo, de poseerlo, de ser parte de él; de ser un virus, de habitar bajo su piel. Y comienza su súbita búsqueda de Yage.
Conforme bajan por el continente, después de una propuesta desesperada de Lee a Allerton, las ciudades decaen a la par de la excitación de William, quien hurga en droguerías por una pizca de vicio, enfermo del síndrome de abstinencia.
Gene siempre parece conforme, pero algo dentro de él parece crecer sin su consentimiento. Algo que reprime y que sólo sabe expresar en momentos de intimidad; momentos en los que ambos, a pesar de la vulnerabilidad del desnudo, nos muestran su forma más pura.
Lee lo sabe, lo ve y se vuelve desesperado en su búsqueda, ya no por la droga en sí, sino por la necesidad de saber qué está sucediendo en la mente de Allerton. Sentimos el deseo de Lee de poseer. Y ésta, curiosamente, es la palabra clave del filme, a mi humilde parecer.

En la novela, Lee no logra probar Yagé, pero Guadagnino decide que es vital para dar una conclusión. Y en una danza psicodélica, Gene y Lee se conocen de la manera más visceral: en incorporeidad.
El epílogo se ajusta con mayor explicitud a la narrativa y al estilo de Burroughs. Lee parece darle una conclusión a su duelo. Parece encontrar lo que queda de Allerton en lo más recóndito de su mente y deshacerse de él. Pero Lee no deja esa habitación; sólo se desvanece de ella, tal cual y como Gene se desvanece.
La conexión, a mi parecer, no se disipa. No se podría nunca disipar si en algún momento entreveraron sus mentes. Gene parece seguir ahí, a pesar de no estar físicamente presente. Y en los últimos momentos de Lee, brinda consuelo con la calidez que Lee buscaba constantemente en él.
No considero que haya sido necesariamente un fragmento de la imaginación de Lee, sino el cercenamiento de su conexión y la despedida gentil de Gene hacia Lee, brindándole calor cuando Lee más lo necesitaba; afirmando tímidamente el amor que le tenía.
Me he tomado la enorme libertad de analizar cuál ha sido mi interpretación de la película. Algo con lo que me he quedado, específicamente, ensimismada ha sido la imagen del ciempiés.
Buscando el simbolismo del mismo al inicio, no lograba conectar el significado más allá de la transformación que ambos viven en la jungla.
Me gustaría pensar que representa lo más ponzoñoso de la mente propia; los deseos que parecen ser animalísticos en esencia; que parecen más un reflejo involuntario. Es la sombra que atormenta a Lee constantemente y a la que él empieza a escuchar más y más, como un grotesco confidente, que transforma el amor dulce en desesperación por poseer, por no vivir dentro de su mente en soledad.
Alina Garduño es comunicóloga titulada en Aguascalientes con alma de exploradora. Le apasiona encontrar belleza en lo extraño y descifrar el simbolismo oculto en el cine, los libros y la música. El paso por Chile en un intercambio cultural terminó de definir su visión: cree en las historias que conectan lo humano con lo inesperado. Siempre en busca de relatos entrañables que desafíen lo convencional.
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