Especial Western – Parte 1

Desde la concepción del cine como un arte, podemos entender la necesidad humana de transmitir historias. Dentro de estas, la necesidad de los personajes de reflejar nuestra humanidad, y dentro de las imágenes, un poder innegable que siempre ha podido trascender su tiempo de pantalla. Poco más de 100 años de cine y hemos visto géneros nacer, crecer y morir, pero nadie como el primer gran género, ese que revolucionó y perfeccionó a muchos de los cineastas que dieron catedra hasta nuestros días. Les presentamos, nuestra forma de amalgamar parte de la historia del vaquero, la esencia del desierto que nos catapulta desde la fotografía en blanco y negro hasta la actualidad, a mundos de forajidos, aventura y sombreros. Con ustedes, estas recomendaciones a usted, querido lector/a de nuestra revista.


The Man Who Shot Liberty Valance (1962) – Dir. John Ford

Por: Saúl Araujo

Hablar de esta obra es asistir al momento en que el western dejó de ser mito para transformarse en reflexión. No es casual que John Ford, arquitecto del Viejo Oeste cinematográfico, clausurara su visión del género con una obra que, más que celebrar la leyenda, la disecciona. Aquí no presenciamos una historia de héroes, sino la arquitectura de una mentira necesaria.

En apariencia, la estructura respeta la tradición: un pueblo oprimido, un villano que dicta la ley a punta de pistola y un forastero idealista. Sin embargo, Ford, con una sobriedad desafiante, despoja al relato de su épica visual. Renuncia a los paisajes monumentales y a las cabalgatas gloriosas para encerrarnos en interiores sombríos y rostros marcados por el peso de la conciencia. Al filmar en un blanco y negro casi anacrónico para 1962, Ford obliga al género a mirarse al espejo y no reconocerse.

El impacto cultural de la cinta nace de esa ruptura. En un tiempo donde el western funcionaba como el relato fundacional de EE. UU., la película introduce una idea incómoda: la historia no es la verdad, sino lo que elegimos recordar. La icónica sentencia del editor —“When the legend becomes fact, print the legend”— no solo cierra el filme, sino que define la relación de una nación con su pasado. En ese gesto, Ford transmuta un duelo de pistoleros en una tesis sobre la política, la memoria y el poder.

Las figuras de John Wayne y James Stewart operan como las dos caras de un país en transición. Uno encarna la ley del hombre y la violencia indispensable para establecer el orden; el otro, la ley escrita y la civilización que florece cuando la pólvora calla. Lo fascinante es que Ford no elige bando: comprende que ambos son necesarios y, a la vez, trágicamente contradictorios. El progreso, nos sugiere, siempre exige una renuncia moral.

Ahí reside su trascendencia. La película anticipa la deconstrucción del western que llegaría años después, pero lo hace sin el cinismo del spaghetti western, prefiriendo una melancolía crepuscular. Seis décadas después, la obra mantiene una vigencia hiriente. En un mundo de narrativas editadas y consumidas con rapidez, la pregunta de Ford sigue en el aire: ¿qué parte de nuestra historia es real y qué parte es solo la versión que aceptamos para poder dormir tranquilos?

Liberty Valance no fue solo un disparo en la ficción; fue un eco que, por su propia lógica, sigue resonando mucho después de que se haya contado la historia.


Sicario (2015) – Dir. Denis Villeneuve

Por: Gabriel M.

Sicario, de Denis Villeneuve, se consolida como un western contemporáneo que reformula los códigos del género para retratar una guerra donde la moral ha sido integrada en la estrategia. La Ciudad Juárez que observamos en pantalla opera como un territorio fronterizo donde la ley existe únicamente como un diseño funcional a los intereses del poder. Villeneuve despliega una puesta en escena opresiva, potenciada por la fotografía de Roger Deakins, que transforma el paisaje en una entidad asfixiante capaz de anular cualquier noción tradicional de justicia.

Dentro de este tablero, la figura del «hombre de la frontera» recae en Alejandro, interpretado por Benicio del Toro con una contención gélida. Alejandro personifica al pistolero moderno: un agente despojado de lealtades institucionales e impulsado por una venganza que el sistema instrumentaliza con precisión. Su presencia desarticula el arco heroico convencional. A su lado, el personaje de Kate Macer (Emily Blunt) funciona como el punto de vista de un espectador que busca el Estado de derecho, enfrentándose a una realidad donde la ética profesional resulta un estorbo para un ecosistema que prioriza los equilibrios de poder sobre cualquier resolución legal.

Esta narrativa se alinea con la tesis del teórico Oswaldo Zavala en Los cárteles no existen, al mostrar una red de influencia difusa donde el Estado asume un rol activo en la gestión de las estructuras criminales. La intervención liderada por Matt Graver (Josh Brolin) responde a una lógica de reorganización del mercado ilegal para favorecer a actores específicos. En este contexto, la violencia se manifiesta como una herramienta de gobernanza corporativa, una idea que resuena con el análisis de Guadalupe Correa-Cabrera sobre las organizaciones que operan bajo dinámicas de eficiencia transnacional. Finalmente, Sicario presenta la frontera como un sistema gestionado mediante acuerdos implícitos entre esferas legales e ilegales. En este cine de sombras, la redención queda fuera de cuadro; lo que prevalece es una administración burocrática y técnica del caos.


The Wind (2018) – Dir. Emma Tammi

Por: Sandra Cardenas

The Wind, dirigida por Emma Tammi, toma el imaginario del western y lo transforma en algo mucho más inquietante: un retrato de la soledad y de la fragilidad de la mente cuando se vive al límite.

La protagonista es Lizzy Macklin, interpretada por Caitlin Gerard, una mujer que vive en una granja remota en la frontera del oeste junto a su esposo Isaac (Ashley Zukerman). Cuando llegan nuevos vecinos: Emma (Julia Goldani Telles), y su esposo Gideon (Dylan McTee) la aparente rutina de la vida en la pradera empieza a fracturarse.

A diferencia del western clásico —como los de John Ford— donde el paisaje suele representar aventura o conquista, aquí la pradera abierta se siente como un lugar casi hostil, infinito y opresivo. El viento constante, las casas aisladas y la inmensidad del horizonte convierten ese territorio en un espacio psicológico: no solo vemos el desierto, también vemos cómo ese vacío empieza a meterse en la mente de Lizzy.

Lo que al principio parece simplemente una vida dura de frontera pronto empieza a volverse inquietante. Lizzy comienza a sentir que algo —quizá el viento, quizá una presencia sobrenatural, quizá su propia mente— la acecha. La película juega todo el tiempo con esa ambigüedad: nunca sabemos con certeza si estamos viendo algo real o es el deterioro psicológico provocado por el aislamiento.

La idea de la película surgió cuando la directora y la guionista Teresa Sutherland investigaban diarios y testimonios de mujeres que vivieron en la frontera estadounidense del siglo XIX. Muchos de esos relatos hablaban de depresión, paranoia y episodios de lo que entonces se llamaba “prairie madness” (locura de la pradera), una especie de crisis psicológica causada por la soledad extrema y la dureza del paisaje. A partir de esa investigación construyeron esta historia.

Y ahí es donde la película se vuelve particularmente interesante: el western tradicional casi siempre ha estado centrado en figuras masculinas —el vaquero, el conquistador del territorio—. Aquí, en cambio, el centro es una mujer atrapada en ese paisaje que supuestamente representaba progreso.

Más que hablar de monstruos o demonios, The Wind parece preguntarse qué le pasa a una persona cuando el mundo alrededor es tan vasto y tan silencioso que termina enfrentándose únicamente a sus propios pensamientos. Y eso, al final, puede ser más aterrador que cualquier presencia sobrenatural.


Érase una vez en el oeste (1968) – Dir. Sergio Leone

Por: Samuel Bautista

La película despliega los elementos canónicos del western: paisajes desérticos de gran escala, pistoleros, disputas por la tierra y la llegada del ferrocarril. En ese territorio abierto e incierto comienzan a trazarse vías, estaciones y rutas comerciales que marcan el inicio de una reorganización espacial y social que va a caer sobre los protagonistas: Harmónica (la venganza) Frank (el pistolero) y Cheyenne (forajido del oeste).

A los protagonistas se unen Jill McBain, una mujer que llega al oeste, y Morton, el empresario ferroviario que impulsa la construcción del tren, quienes están inmersos en una carrera cuyo sentido solo Morton comprende.

La historia de Jill comienza cuando llega al oeste con la esperanza de iniciar una nueva vida junto a su esposo. Sin embargo, tras la muerte de este, hereda unas tierras cuya importancia estratégica la coloca en el centro de un conflicto que supera sus posibilidades.

Morton, no dispara ni interviene directamente en la violencia; utiliza intermediarios, como Frank, para eliminar obstáculos y asegurar el control del territorio. Esta forma de ejercer el poder refleja la transición del viejo oeste, basado en la fuerza individual, hacia un sistema donde la violencia queda subordinada a intereses económicos que exigen la expulsión de antiguos habitantes, el control de la tierra mediante engaños o violencia, y la subordinación del territorio a la lógica del capital.

Aunque Jill no puede recurrir a la violencia como los hombres que la rodean, se vale de la inteligencia, la intuición y la capacidad de negociación para sostener su posición. Como ocurre en muchos westerns clásicos, Jill encarna la posibilidad de la domesticación del héroe, es decir, los protagonistas: Harmónica, Frank y Cheyenne. Representa la posibilidad de abandonar el mundo salvaje del oeste y participar en la construcción de una comunidad. La atracción que los protagonistas masculinos sienten hacia ella va más allá de lo erótico o romántico. Jill encarna algo que ninguno de ellos puede ser: el futuro.

Mientras los pistoleros pertenecen a un mundo en extinción; condenados a desaparecer por la muerte, la derrota o el simple agotamiento, atrapados en una existencia definida por hazañas, venganzas y travesías sin destino, ella está anclada al mundo que comienza a emerger. La vemos repartiendo agua y organizando el trabajo en torno a la futura estación ferroviaria, enfrentada a la lógica implacable del capital, el tren todavía no ha llegado, pero el nuevo mundo ya está en marcha.


El Pueblo Fantasma (1965) -Dir. Alfredo B Crevenna

Por: Marisela Sánchez

Durante los años cuarenta y principios de los cincuenta, México vivió lo que se conoce como su Época de Oro del cine. En ese momento destacaban figuras muy populares como Pedro Infante, Jorge Negrete y María Félix. Sin embargo, para mediados de los años sesenta esa etapa ya había terminado y la industria del cine estaba pasando por varios cambios. Las películas empezaron a hacerse con presupuestos más reducidos y se buscaban nuevas formas de atraer al público. Una de las estrategias más comunes era mezclar géneros y tomar inspiración del cine popular internacional, especialmente del western estadounidense y del cine de terror europeo.

En ese contexto aparece El pueblo fantasma (1965), dirigida por Alfredo B. Crevenna. La película combina elementos del western con misterio y algunos toques de terror relacionados con el mito del vampiro. Esta mezcla muestra bastante bien el tipo de experimentación que se veía en el cine popular mexicano de esos años. También se notan influencias del cine de vampiros que se producía en otras partes del mundo y del cine fantástico mexicano, además del interés por los ambientes fronterizos típicos del western.

La historia sigue a Manuel Saldívar Jr., conocido como «El Texano», personaje interpretado por Rodolfo de Anda. «Él Texano» llega a un pueblo con la intención de descubrir la verdad sobre su padre, quien fue acusado de asesinato. Su objetivo es limpiar su nombre, pero al llegar se encuentra con un lugar dominado por el miedo. En el pueblo de San José la figura más temida es Río Kid, interpretado por Fernando Luján, un pistolero con un aura siniestra y una reputación muy peligrosa, conocido por matar a cualquiera que se atreva a retarlo.

La historia introduce elementos extraños que van más allá del típico duelo entre pistoleros. En el pueblo ocurren sucesos misteriosos, los cadáveres de algunos pistoleros desaparecen de sus tumbas y a circulan rumores sobre maldiciones. Todo esto alimenta la sospecha de que Río Kid podría no ser un hombre común. Aunque los elementos de terror no son muy llamativos en cuanto a efectos visuales, la película logra crear tensión gracias a la sensación constante de que algo sobrenatural está ocurriendo. También resulta interesante ver cómo mezcla tradiciones del western mexicano con influencias del cine fantástico y de terror que estaban ganando popularidad en esa época.


Johnny Guitar (1954) – Dir. Nicholas Ray

Por: Lily Droeven

Johnny Guitar es una de las películas western surgida a mediados del siglo pasado que se encargó de subvertir las convenciones de género dejando a un lado el arquetipo de la figura femenina marginal para construir en su protagonista a un personaje más central y complejo, alejándose de los estereotipos impuestos por los cánones del cine. La legendaria actriz Joan Crawford es la protagonista de este western audaz bajo la dirección y producción del aclamado Nicholas Ray con un guion escrito por Philip Yordan que adapta la novela homónima escrita por Roy Chanslor publicada en 1954. Los derechos de la obra literaria fueron adquiridos por Crawford quien se reunió con Ray para hablar de los temas subyacentes de la película y el desarrollo de su personaje al que le otorga independencia, poder social, económico y cultural, encarnando a una mujer adelantada a su época.

Crawford interpreta a Vienna, una mujer de carácter fuerte que dirige su propio salón de apuestas ubicado a las afueras de Arizona. Es muy respetada por todos los hombres del pueblo incluyendo sus empleados. Mantiene una fuerte rivalidad con Emma Small (Mercedes McCambridge), una poderosa terrateniente y dueña del banco local que la odia profundamente porque siente que con su autonomía Vienna rompe con el papel de la mujer conservadora en un mundo dominado por los hombres y porque piensa que está arruinando al pueblo con su salón de apuestas y venta de alcohol, así que Emma buscará idear un plan con la ayuda de las figuras de autoridad del pueblo para deshacerse de ella aunque tenga que recurrir a la histeria colectiva.

Por otro lado, reaparece en la vida de Vienna su antiguo amante, el ex pistolero Johnny Logan (Sterling Hayden) que ahora se hace llamar Johnny Guitar que llega para trabajar en el salón de Vienna como músico. Johnny recuerda su pasado amoroso con Vienna y los sentimientos entre ambos parecen reavivar. La cinta no solo sobresale por la interpretación del personaje de Crawford, sino que también por su composición estilo teatral, uso expresivo del color, los memorables diálogos cargados de intenso lirismo y simbolismos que sirven para acentuar el dramatismo. La tensión narrativa recae en la rivalidad entre Vienna y Emma que es transformado por Ray en un duelo entre dos mujeres de pensamientos opuestos que estallará en un enfrentamiento violento hacia el desenlace de la historia. En años recientes se ha mencionado que Emma es una alegoría al macartismo. El personaje de Johnny Guitar pasa a segundo plano desplazando por completo el arquetipo del héroe, pero impulsa el desarrollo de la narrativa apoyando a Vienna en sus decisiones mientras Johnny se vuelve el contrapunto emocional que expone el lado vulnerable de Vienna pero respetando su relación pasada. El director hace uso de estos elementos para desarticular la estructura clásica del western convirtiéndola en una película atípica en el que Joan Crawford ofrece una gran actuación cinematográfica y en mi opinión, es la mejor de su carrera.


The Good, the Bad and the Ugly (1966) – Dir. Sergio Leone

Por: Saúl Durán

Mi experiencia y conocimientos en el cine Western son, por decirlo de una forma suave, vagos. Un género de los pocos que aún no me he adentrado como debería, y que, fuera de ejemplos al azar que he visto a lo largo de mi vida [Rango (2011), Back to the Future Part III (1990), The Homesman (2014), etc.], sigo en el estado de aprendizaje.

Sin embargo, hubo una película que siempre me llamó la atención. Una que, desde que escuché su banda sonora compuesta por Ennio Morricone, sabía que debía conocerla, y ahí es cuando este especial entró como la oportunidad perfecta para darle un primer visionado: El Bueno, el Malo y el Feo (1966). El filme considerado como la joya de la corona dentro del Western, pero en concreto, del Spaghetti Western.

Una obra de Sergio Leone que no solo encapsula los elementos más icónicos que conocemos del Viejo Oeste, sino que, además continúa sorprendiendo a día de hoy con sus decisiones narrativas impredecibles, sus planos cercanos de cámara que dan importancia a los sentimientos mostrados en los rostros de los personajes, y su muestra del crudo conflicto estadounidense representativo de esa época.

En cierta medida, creo que acabo de definir lo que diferencia al Spaghetti Western del americano, ya que Leone sabe darles vida a individuos que, podrán tener 2, 5, 15 o más minutos de aparición en pantalla, pero llegamos a tener un ápice de sus historias a través de sus apariencias físicas, sus comportamientos, sus miradas, gestos, hábitos, modos de hablar, vestimenta, y más, lo que provee un valor distintivo y especial a cada uno de estos seres. Mismo ejemplo que también aplica para los tres forajidos que dan nombre a la cinta, quienes no son encasillados en los adjetivos por los que los conocemos en un inicio, llegando al extremo de ser casi imposible de prever quién saldrá vivo de un paramo tan desolador e infernal como el que habita este trío.

Dicho lo anterior, hay muchos aspectos de esta película que, sinceramente, aún no consigo captar con claridad para comprender la esencia que la identifica. Quizás es por mi poco entendimiento del género, o quizás por que no estoy acostumbrado a ritmos como los provenientes de los años 60s, pero sé que, con el tiempo, lo haré y, tal vez así, le concebiré el valor que tantos otros antes de mí le han dado.


Magnificent Seven (1960) – Dir. John Sturges

Por: Kike Cinefilo

En 1960, el director John Sturges tomó una de las obras maestras del cine japonés, Los siete samuráis (1954) de Akira Kurosawa, y la trasladó a las áridas tierras de la frontera entre México y Estados Unidos. El resultado fue Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven), un filme que no solo redefinió el género del western, sino que consolidó el arquetipo del héroe renegado en la cultura popular.

La premisa es de una sencillez elegante: un pequeño pueblo agrícola mexicano vive aterrorizado por Calvera (un magistral Eli Wallach) y su banda de bandidos. Desesperados, los aldeanos reclutan a siete pistoleros estadounidenses para que los defiendan. Lo que sigue es una lección de narrativa cinematográfica donde el conflicto no es solo físico, sino moral.

El reparto es, posiblemente, uno de los más icónicos de la historia. Un imperturbable Yul Brynner lidera a un grupo de actores que en ese momento estaban forjando sus leyendas: Steve McQueen, con su carisma magnético; Charles Bronson, el hombre duro de corazón tierno; y un joven James Coburn, letal con el cuchillo. Cada uno aporta una personalidad distinta, transformando lo que podría ser una simple película de acción en un estudio sobre la redención, el honor y la soledad del pistolero.

Uno de los pilares del éxito de la película es la banda sonora de Elmer Bernstein. Su tema principal es, probablemente, la melodía más reconocible del género, capturando perfectamente el espíritu de aventura y la nobleza del sacrificio.

Al final, la película nos deja una reflexión agridulce. Como dice el personaje de Brynner: «Solo los granjeros han ganado. Nosotros hemos perdido. Siempre perdemos». Los héroes se marchan o mueren, dejando claro que su tiempo está llegando a su fin, mientras la vida pacífica que protegieron continúa. Los Siete Magníficos sigue siendo, décadas después, un testamento de que las grandes historias son universales, sin importar si se cuentan con katanas o revólveres.


Pero este recorrido por las áridas tierras del viejo oeste aún no termina. Así como el horizonte parece infinito en la pantalla grande, nuestra cabalgata continuará en los próximos días con la segunda parte de este especial. Manténganse atentos, que el sol aún no se pone para estas leyendas.


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