Si en nuestra primera entrega exploramos los cimientos y las revoluciones clásicas del western, en esta segunda parte nos adentramos en sus mutaciones más modernas, oscuras y atípicas. El salvaje oeste es un territorio cinematográfico que se niega a morir; en cambio, evoluciona constantemente. Desde la violencia descarnada y el horror, hasta la deconstrucción psicológica de los «hombres duros», los forajidos de estas historias tienen nuevos rostros y dilemas. Bienvenidos de vuelta al viejo oeste.

El último renegado (1993) – Dir. Geoff Murphy
Según la RAE, sinónimos de renegado pueden ser: apóstata, desertor, traidor, perjuro, desleal. Palabras no amables para distinguir a una persona, y menos cuando es el año 1873 en un Estados Unidos post guerra de secesión (1861-1865). En este contexto, un grupo de bandidos conformado por exsoldados confederados atacan propiedades de los yanquis, especialmente bancos. Su líder Graff, interpretado por Mickey Rourke, es un hombre marcado por un terrible pasado que lo ha llevado a regirse por la violencia, la venganza y la rigidez de mando. Sin embargo, después de un robo en Nuevo México surgen fricciones sobre el liderazgo de Graff al querer dejar a uno de sus compañeros heridos como resultado del atraco, por lo que Eustis, Dermot Mulroney, un joven miembro del grupo le hace frente al punto de dispararle. Con su líder aparentemente muerto, Eustis comienza a liderar al grupo para conseguir el gran sueño de todos sus compañeros: llegar a México.
El último renegado es un western marcado por el viejo refrán «seguro mató a confianza» donde la ambición y el desquite es la orden del día. Eustis y sus compañeros dan por sentado que sus acciones los llevaran a cumplir su sueño, pero al confiarse descuidan que un vengativo Graff hará lo que esté en sus manos para evitar que sus desleales excompañeros se salgan con la suya, hasta el punto de unir fuerzas con el alguacil y otros hombres para apresarlos o matarlos. No obstante, las rencillas dentro de cada grupo generan un interesante contraste con la camaradería, exponiendo que, a pesar de las discrepancias y las diferencias de actuar de los diferentes miembros de un grupo, cuando este tiene una meta en común pueden crear astutas emboscadas en pleno desierto.
Geoff Murphy como director juega bellamente con los primeros planos, creando tensión y dramatismo, mientras que a su vez la música incidental caracterizada por el tambor, la armónica y el violín potencia el ambiente y la emoción. Además de que la estética del personaje de Graff es perfecta, su bigote, el cabello largo, la bandana y la capa le dan un toque de misticismo y atractivo que pocos antagonistas pueden conseguir. El último renegado representa cómo dos formas de liderar chocan, pero donde también el respeto y los valores florecen, aunque al final siempre es bueno hacer un inventario y no confiarse.

El poder del perro (2021) – Dir. Jane Campion
El western clásico ha construido durante décadas una mitología sobre la masculinidad: «hombres duros, machos, sucios». Sin embargo, The Power of the Dog, dirigida por Jane Campion, toma esa iconografía tradicional del género para desmontarla desde dentro. La referencia bíblica del Salmo 22:20 «Libra mi alma de la espada, mi vida del poder del perro» da título a la película. En la tradición bíblica, los perros son criaturas salvajes de destrucción y amenaza. Desde esta perspectiva, la película no habla de un animal literal, sino de una forma de poder: la capacidad de dominar psicológicamente a otros.
El poder del perro, está basada en la novela homónima de 1967 de Thomas Savage, la historia se sitúa en Montana de 1920, sigue a los hermanos Burbank, dos rancheros de clase media alta, cuyas personalidades encarnan extremos opuestos de la masculinidad. Phil Burbank, interpretado por Benedict Cumberbatch, es arrogante, misógino y deliberadamente grotesco. Su ropa sucia y su actitud hostil tal cual como el arquetipo del vaquero indomable. En contraste, su hermano George, interpretado por Jesse Plemons, representa un hombre más civilizado, educado, elegante y reservado. Esta tensión entre dos modelos de hombre recuerda a los conflictos presentes en westerns clásicos como Red River, donde distintas formas de autoridad masculina colisionan dentro del mismo territorio.
La dinámica entre los hermanos cambia cuando George se casa con Rose, interpretada por Kirsten Dunst, una viuda que vive modestamente con su hijo Peter. La llegada de Rose al rancho desata en Phil una hostilidad inmediata. Para él, esta mujer representa una intrusión en el espacio masculino que domina. Lo que sigue es una representación total de la violencia psicológica, sin gritos o golpes. Con desprecio silencioso poco a poco erosionan la estabilidad emocional de Rose.
Peter, interpretado por Kodi Smit McPhee, introduce otra capa simbólica dentro de la historia. Su figura delicada y su inteligencia observadora lo convierten en un personaje que desestabiliza el ideal de masculinidad que Phil intenta imponer. La película refuerza esta tensión mediante el paisaje. En una de las montañas cercanas al rancho, Phil afirma ver la figura de un perro formada por las sombras de la roca. Curiosamente, solo Peter parece capaz de distinguirla también. Este detalle funciona como una metáfora central: ver al perro implica poseer una mirada capaz de reconocer aquello que permanece oculto.
Esta historia sugiere algo más inquietante. En un mundo donde todos ocultan algo, el verdadero peligro no siempre proviene del depredador visible. A veces, el poder del perro pertenece a quien observa en silencio

Bone Tomahawk (2015) – Dir. S. Craig Zahler
El director estadounidense S. Craig Zahler debutó en la realización cinematográfica con este western de terror, que como opera prima ya presenta elementos que veremos en futuras obras del director y que son muy reconocibles, como la narración escalonada comenzando con una situación aparentemente común y desencadenando un conflicto de proporciones extremas, además, y quizá el elemento que más ha dividido opiniones sobre el cine del realizador, es el uso de una violencia cruda, poco estilizada, impactante y en ocasiones traumática para algunos espectadores.
Bone tomahawk aborda una historia en apariencia sencilla, hasta podría lucir como una especie de remake de explotación de the searchers (1956), en donde el sheriff debe formar un grupo e ir a buscar a unos pobladores que han sido secuestrados por una tribu de “indios” hostiles en uno de los territorios alejados de la “civilización” durante la conquista del oeste.
Se hace mención a que pareciera un remake de the searchers porque el argumento en primera instancia parece el mismo, un grupo de hombres hábiles con las armas deben ir a buscar a los pobladores que han sido raptados por una tribu con la que están enemistados, la diferencia aquí es precisamente el factor Craig Zahler, puesto que la trama da un vuelco al darse cuenta que esta tribu es caníbal y que se encuentran en territorio desconocido, hostil y definitivamente en desventaja.
Zahler construye un relato visceral, con elementos de suspense y de terror que rozan en lo gore, violencia desatada y sin ningún filtro, lo que le otorga un aura de constante riesgo, una sensación genuina de que conforme más se acercan a la frontera con el territorio enemigo menos certezas tienen y hay muchas más cosas en juego que solo un par de flechas y unas cuantas balas.
Protagonizada por un tremendo Kurt Russell como el sheriff, acompañado de Patrick Wilson, Richard Jenkins, Lili Simmons y otros excelentes intérpretes, Zahler crea en su ópera prima una de las mejores películas western de los últimos veinte años, un neo western que se acerca a la explotación del género sin traicionar sus orígenes, transformando y adaptando a la actualidad elementos que podrían considerarse anticuados, sin dejar de lado la esencia de una buena película del viejo oeste.
La recomendación para con esta cinta y aprovechando el especial de western del que forma parte este texto, es que se realice una doble función, viendo the Searchers de John Ford y después Bone Tomahawk de S. Craig Zahler, y ya encaminados siempre es recomendable ver toda la filmografía del director, que solo son tres por el momento.

La máscara del Zorro (1998) – Dir. Martin Campbell
Antonio Banderas comentó en una entrevista que durante el rodaje de La máscara del Zorro el mítico director Steven Spielberg le comentó que probablemente esa sería la última película western grabada como de antaño, ya que se avecinaba la inminente llegada del CGI. No se equivocaba, ya que sin duda este filme es una de las últimas joyas clásicas de la década de los noventas.
La máscara del Zorro, dirigida por Martin Campbell, nos cuenta la historia de un justiciero enmascarado (protagonizado por Antonio Banderas), quien se enfrentará al malicioso Don Rafael Montero que busca apoderarse de la tierra californiana. Bajo las enseñanzas de Diego de la Vega (Anthony Hopkins) y guiado por el corazón de Elena de la Vega (Catherine Zeta-Jones) logrará consagrarse como el sucesor del mítico “Zorro”.
Este western noventero es un deleite por sus espectaculares explosiones, el peligro inminente que conlleva la venganza y la sensualidad que transmiten Banderas y Zeta-Jones durante una inolvidable pelea de espadas. También le debemos dar las palmas a la dupla Banderas-Hopkins, quienes fungen como maestro y discípulo. Ambos buscan sanar sus propias heridas, infringidas por el tirano gobierno español, pero conforman una mancuerna que funciona con excelencia.
Esta película es un imperdible de la historia del cine, un ejemplo de la categoría western. Más allá del asombroso viaje del héroe presentado lo que tenemos ante nosotros es una visión idealizada de la justicia, donde los tiranos reciben su castigo, el pueblo es salvado y contamos con un eterno vigilante que cuidará nuestras espaldas, a fin de cuentas un destello de esperanza.

Dead Man (1995) – Dir. Jim Jarmusch
Para su sexto largometraje, Jim Jarmusch decidió hacer algo completamente distinto a lo que había hecho hasta entonces: un western. Aunque tal vez cabría definirlo como un anti-western, o en dado caso un eastern al estilo de El Topo, de Alejandro Jodorowsky, en cuanto a que se enfoca más en una exploración espiritual que en las convenciones habituales del género.
Filmada en un nítido blanco y negro cortesía de Robby Müller, Dead Man (1995) nos cuenta la historia de William Blake (Johnny Depp), un apocado contador oriundo de Cleveland que no tiene nada en común con el poeta que comparte su nombre. Blake se muda al oeste en busca de un empleo y una vida nueva tras una ruptura amorosa, pero al llegar sólo encuentra hostilidad, violencia, podredumbre y muerte. En lugar de exaltar las virtudes del Viejo Oeste, como suelen hacer las películas de este género, la cinta de Jarmusch hace una deconstrucción del mismo al presentarnos la otra cara de ese peculiar sueño americano.
El contador a la deriva conoce a Nobody (Gary Farmer), un nativo americano exiliado de su tribu que lo confunde con el poeta inglés y quiere ayudarle a volver al lugar de los espíritus. Juntos recorren un camino transformativo que revela el racismo y discriminación imperantes en los Estados Unidos, así como la depredación de la naturaleza, el favorecimiento del industrialismo y la falta de empatía entre los seres humanos.
Con un elenco lleno de auténticas estrellas ocupando papeles fugaces (Crispin Glover, Lance Henriksen, John Hurt, el legendario Robert Mitchum, Iggy Pop, Gabriel Byrne, Billy Bob Thornton y Alfred Molina, entre muchos otros), la película es una mezcla extraña entre la belleza de las imágenes, la crudeza de las situaciones retratadas y el característico humor lacónico del cineasta independiente. Aunado a todo esto, la banda sonora fue compuesta por el gran Neil Young, cuya guitarra melancólica acompaña a las imágenes y les otorga una dimensión adicional.
En varias ocasiones, Jarmusch ha citado a su héroe y maestro Nicholas Ray al decir que es un extranjero en su propio país. Quizás ninguna otra de sus películas dé testimonio de ese sentir mejor que Dead Man, la cual toma un género estadounidense por excelencia y lo vuelve ajeno a su realidad, convirtiéndolo en algo con identidad propia. Desde la elección de sombrero de William Blake sabemos que éste será un western diferente.

Sueño de trenes (2025) – Dir. Clint Bentley
El cine western siempre se ha caracterizado por historias que convergen acción, aventura y drama ambientados en pueblos fronterizos donde habitan vaqueros o pistoleros enfrentándose con indios. En estos relatos destacan conflictos que se sitúan por encima de la ley, mostrando la barbarie y los cambios de una civilización. Sin embargo, este género ha evolucionado, como se muestra en Sueños de Trenes (Train Dreams, 2025), basada en la novela homónima de Denis Johnson y dirigida por Clint Bentley: un largometraje conmovedor con tintes western que aborda de manera delicada el paso del tiempo, la pérdida y la fragilidad humana.
Ambientada a principios del siglo XX, se centra en Robert (Joel Edgerton), un leñador y trabajador del ferrocarril que quedó huérfano desde temprana edad. Aunque es un ser solitario, es testigo del racismo que lo rodean. Robert encuentra un mundo esperanzador cuando conoce a Gladys (Felicity Jones), juntos formarán una familia y tendrán una hija. No obstante, una tragedia lo marcará de por vida, sumergiéndolo en un viaje introspectivo.
Sueños de Trenes destaca por las sólidas actuaciones de sus protagonistas: Felicity Jones (The Brutalist, 2024) logra una buena mancuerna con Joel Edgerton, quien carga con el mayor peso dramático y entrega una interpretación verosímil, en la que la mirada y los silencios trasmiten ternura, dolor o desesperanza. Otro acierto del filme es la forma orgánica en la que retratar la cotidianidad, acompañados por paisajes naturales y una impecable fotografía a cargo Adolpho Veloso, trabajo que le valió en los Independent Spirit Awards 2026. Así mismo, la película arraso en dicha ceremonia al obtener los premios a Mejor Película y Mejor Dirección.
El guion, a cargo de Greg Kwedar junto con Clint Bentley, es una apuesta honesta por un relato que, en primera instancia, parece que no ocurre nada, pero es todo lo contrario y esa es su mayor virtud. Sueños de Trenes recurre a elementos presentes en el género western, dejando a un lado la violencia gráfica, envolviendo al espectador en un filme contemplativo, que, por momentos, se acerca a lo onírico y nos recuerda que una bala del viejo Oeste puede ser menos dolorosa que el paso inexorable del tiempo.

Unforgiven (1960) – Dir. John Huston
Un páramo con la tierra cuarteada, rastrojos al viento y una osamenta botada de lo que fuera un toro o buey; sobre la superficie árida, desierta, un tímido becerro pace en busca de alimento. En la tierra inerte, la vida se renueva. Unforgiven o la épica de la supervivencia. Único western en la carrera de John Huston y, dicho por él mismo, su trabajo menos satisfactorio. “Hace poco empecé a verla, después de medio rollo apagué el televisor. No podía soportarla”, cuenta en A libro abierto, su biografía.
¿Construyen los pioneros una nación o sobreviven a la inanición? ¿Crean los colonos irlandeses e ingleses una nueva sociedad al tiempo que segregan a los pueblos originarios? ¿Dictan una nueva escala de valores sociales o la desempacan de sus velices? Audrey Hepburn luce su belleza sin aretes: la sencillez de su personaje prescinde del glamour que la ha elevado a leyenda embelesadora de hombres. Burt Lancaster en carrera ascendente, ojos azules intimidantes, rudeza en las facciones. El casting de colonos e indios se apega, si lo hay, al canon del western.
El misterio en forma de jinete vuelve del pasado portando una verdad que enfrentará a las familias prósperas de la comunidad. Los Zachary, cuya cabeza es Ben (Lancaster) y los Rawlins, lidereado por el viejo Zeb (Charles Bickford), han formado una sociedad ganadera. El secreto del emisario ha sido un rumor escandaloso: la joven Rachel Zachary (Hepburn) era una bebé de la etnia kiowa cuando fue sustraída por el fallecido padre de los Zachary. El enfrentamiento entre socios se precipita por el asesinato del primogénito Rawlins, apenas comprometido en matrimonio con Rachel. Hay tensión en el funeral. El patriarca Rawlins exige a Ben averiguar quién asesinó a su hijo. Los hombres de Ben culpan al jinete del misterio, lo capturan y lo llevan al paredón. Con la soga en el cuello, el jinete confirma a Rawlins el origen de la niña.
Los indios kiowa intensifican su acoso ante la casa de los Zachary para que devuelvan a Rachel. Ya la vida indígena se ha visto alterada, de forma atroz, con el despojo de su territorio por parte de los nuevos colonos. No permitirán que ahora les roben también a sus hijas. La tragedia se cierne en tierra kiowa. El enfrentamiento ético inicia. La violencia dirimirá el conflicto. No es necesario decir qué lado se decantará el destino. Es Hollywood.

True Grit (2010) – Dir. Joel & Ethan Coen
A finales de 2009, Paramount Pictures anunciaba la búsqueda de una joven de entre 12 y 16 años, capaz de interpretar a un personaje sencillo y perseverante, con determinación y nervios de acero. De entre más de 15,000 participantes, Hailee Steinfeld fue seleccionada para interpretar a la pequeña Mattie Ross, la protagonista del entonces nuevo proyecto de Joel y Ethan Coen: True Grit (2010), un western clásico que buscaba adaptar de manera fiel la novela de Charles Portis. «Fue, como probablemente se puedan imaginar, motivo de mucha ansiedad. Sabíamos que si la chica no funcionaba, no había película», dijo el menor de los Coen a The New York Times, cuando se anunció que Steinfeld (entonces de 13 años), compartiría intensas secuencias con Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin, en un entorno polvoriento y trágico entre Arkansas y Oklahoma.
La cinta tuvo un cálido recibimiento con la crítica y la audiencia, convirtiéndose en la película más taquillera de los Coen y en el segundo western más redituable de la época, solo detrás de Danza con lobos (1990); sendas nominaciones a los Golden Globes, BAFTA, SAG y Oscar, siempre destacando la estilizada fotografía de Roger Deakins y la interpretación de Hailee Steinfeld, que convirtió a su Mattie Ross en un personaje de culto instantáneo, en gran medida, gracias a la entrañable interacción con el alguacil Rooster Cogburn de Jeff Bridges.
Valor de ley llegaba en aquellos prolíficos tiempos en los que los Coen filmaban una cinta por año, luego de ganarlo todo con el neo-western No Country for Old Men (2007), presentaban la locura de Burn After Reading (2008) y la inclasificable Un hombre serio (2009) ; si bien los cineastas ya habían coqueteado con el western, True Grit emerge como una clásica historia de venganza en el salvaje oeste, pero narrada desde la mirada de una niña incapaz de rendirse ante la adversidad. El decimoquinto trabajo de Joel y Ethan Coen, fue determinante para revivir un género que parecía muerto, abriendo paso a enormes producciones que llegarían más tarde: Rango (2011), Django Unchained (2012), The Revenant (2015) y The Magnificent Seven (2016).
En True Grit, el retorcido humor de los Coen va aplanando el terreno ante la violencia que irremediablemente salpica el encuadre, desembocando en un epílogo cordial, bañado de esperanza, que por cierto, no existe en la versión de 1969, protagonizada por John Wayne. Talentoso binomio creativo, los hermanos despliegan aquí su conocido estilo para exponer las contradicciones del lado amable del espíritu yanqui y la violencia de la condición humana, mientras adaptan la excéntrica literatura de Charles Portis.
El western trasciende la pantalla para consolidarse como el gran mito fundacional del séptimo arte. Su importancia histórica radica en su incesante evolución: lo que nació como un relato básico de civilización contra barbarie, se transformó rápidamente en un espejo sumamente complejo de la condición humana. Al situar a sus personajes al límite del mundo conocido, el género nos despoja de las máscaras sociales para enfrentarnos a nuestros instintos más crudos. La venganza, la justicia, el honor, la redención y la soledad se exploran en su estado más puro. Lejos de morir con el fin de la época de oro de Hollywood, el western sobrevive porque su verdadera frontera nunca fue geográfica, sino psicológica y moral. Es una reinvención constante que demuestra que, sin importar el paso del tiempo, los dilemas bajo el sol inclemente siguen siendo universales.
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