Juan (Brandón López), Sara (Karen Noemí Martínez) y Samuel (Carlos Chajon) son tres adolescentes (casi niños) guatemaltecos que se embarcan en un vía crucis migratorio con la esperanza de una mejor calidad de vida. Sabemos poco de ellos, pero los vemos prepararse para el horror de los abusos y la violencia del truculento sendero; luego de cruzar la frontera con México, se une al grupo Chauk (Rodolfo Domínguez), un indígena tzotzil.
La jaula de oro (2013), ópera prima del cineasta Diego Quemada-Diez, es el estudio crudo, cercano al documental, sobre la trágica realidad de miles de migrantes que buscan llegar a los Estados Unidos desde Centroamérica.
Los protagonistas deberán sortear todos los eslabones de la cadena de maldad de la condición humana: sufrirán deportación y robos, serán encarcelados, golpeados, vendidos a grupos criminales y utilizados como mulas de carga. La amistad y el grupo se irán desgranando ante la cruel realidad; solo Juan llegará al sueño americano, materializado en un diminuto copo de nieve.

El joven de mirada triste recorrió más de dos mil kilómetros para llegar ahí y trabajar en una empacadora de cárnicos. Si al inicio del filme lo encontramos transitando entre los laberintos de miseria de su natal Guatemala, en la última secuencia deambula sobre impoluta nieve y una luz que lo baña. ¿Qué costo tuvo llegar hasta ese momento? Juan perdió su cultura y a sus amigos, también ha perdido parte de su humanidad. Los traumas del éxodo que lo llevó a la tierra de las barras y las estrellas lo atormentarán para siempre.
Esta multipremiada coproducción México/Guatemala se estrenó en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes, donde ganó el premio al mejor elenco, además de cosechar un palmarés con más de 76 premios nacionales e internacionales.
Una película sobre migración no puede ser optimista porque la realidad misma no lo es. En La jaula de oro, los esbozos de felicidad de los personajes se ven rápidamente machacados por los siniestros acontecimientos del abuso de autoridad, la delincuencia y los eternos trayectos en tren, donde miles de almas suben buscando un mejor futuro.
El acierto de Diego Quemada-Diez es ofrecer un relato descarnado pero ajeno al melodrama, rociado de sutilezas líricas y simbolismos estremecedores, como aquellos planos donde Juan se ve diminuto ante el desierto, el muro fronterizo o la vastedad del horizonte. Todo migrante pierde un poco de sí mismo en esa aterradora travesía.
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