Hace unos meses, tomando un curso de escritura con la queridísima Barbarella, reonocí por nombre los pasos que antes me habría tocado recorrer. Las historias moldean la percepción del mundo, puesto que, por más que queramos minimizar su efecto y funcionalidad, fungen como una herramienta pedagógica, que pueden incluso, llegar a ser adoctrinamiento si no existe una mirada crítica hacia ellas. Las historias son entonces, producto de su época y los ideales que se desean imprimir en sus espectadores, por otro lado, responde a lo que antes ya he descrito, retomando la visión jungiana, como el Zeitgeist o espíritu de los tiempos, finalmente, reflejan los contenidos subconscientes que desean salir a la luz para suplir distintas necesidades psicológicas e inquietudes de exploración del ser, desde lo personal hasta lo colectivo.
Se ha explorado por mucho tiempo la imagen del héroe masculino, aquél que domina la materia bajo sus pies. Imágenes como Perseo sosteniendo la cabeza de medusa, o San Jorge empalando al dragón con una lanza, son representación de logros externos, distintos ecos de la misma historia han volado en el imaginario colectivo, gracias a lo cual, Joseph Campbell ha podido retratar el patrón o camino del héroe en su libro El héroe de las mil caras, y describir un cuadro del éxito universal: Salir al mundo, retar las creencias personales y destruir al dragón, regresar al mundo ordinario, a la comodidad que fue rota por la llamada a la aventura y compartir el descubrimiento con la comunidad. Sin embargo, ¿Qué sucede con esos viajes viscerales, intensos y profundos que se viven sin dejar un eco tan explosivo en el exterior? Hay una exploración extensa del éxito con el mundo, lo visible y expansivo, mientras que, por muchos años, la fuerza que va hacia dentro (más del carácter femenino, más no exclusivo de la mujer), fue ignorada, minimizada y devaluada. Sin embargo, historias icónicas han ido recuperando esta imagen y acrecentando su valor, el mito de Perséfone, la doncella que va a convertirse en mujer, prevalece hasta llegar a historias como Alicia en el país de las maravillas, Paprika o Chihiro.

Describir los procesos viscerales es perderse (aunque sea momentáneamente) en el abismo de las ideas, de la mente y el mar de las emociones, es una tarea a la que solo se puede avanzar descendiendo. Maureen Murdock describe a lo largo de su libro Ser mujer: Un viaje heróico, sin soltar los mitos de Perséfone e Inanna, el viaje heróico como un viaje al infierno, dónde se encuentra a la diosa dueña del caos, aquella que de los escombros hace nacer toda vida, la que destruye para parir nueva vida, y solo enfrentando ese proceso de destrucción y reconstrucción, se puede salir a la nueva integración.
La llamada a la aventura surge, a diferencia con el viaje del héroe, desde mucho tiempo atrás. El viaje del héroe comienza desde un evento estimulante externo, mientras que el de la heroína comienza con la ruptura con lo femenino, la separación con la madre, es decir, desde una llamada interna de libertad, generada de manera orgánica desde la adolescencia. Esto nos hace entender que el llamado al heroísmo surge como uno interno, dando entonces un proceso convulso, en un sentido autodestructivo y dirigido al descubrir de las fuerzas internas y la reconciliación.
Antes que optar por una polarización de las energías, Murdock opta por la integración como vía para el regreso al mundo de lo ordinario. La herida primordial femenina no es arbitraria, pues permite a la heroína explorar su propia polaridad masculina, descubrir el éxito exterior para encontrarlo sin sabor, árido. Entrando en la aridez espiritual es que las mentiras que se aceptaron sobre una misma ya no llenan, pues su condición ha sido revelada y no hay vuelta atrás. Se tienen que cuestionar los caminos seguidos y encontrar el error, reconstruir desde aquello que vuelve a despertar al alma.

El dolor sirve como un catalizador para el cambio, mientras más tiempo se ignora el llamado a la aventura, mayor es el riesgo de dejar al alma morir ahogada en su deseo de verdad y libertad, por lo que resulta ineludible si se desea salir reintegrada. La autora propone finalmente, que ambas energías dentro de una misma (dejando la sugerencia misma para los hombres) convergen en el llamado matrimonio alquímico. El proceso de individuación se propone entonces, como uno que no puede suceder sin antes considerar la dualidad, honrarla, templarla e integrarla. Se debe observar la otredad y aceptar que todo puede convergir en un punto medio.
El psicoanálisis hace uso de todo elemento simbólico para adentrarse en la jungla enredada del subconsciente, y solo cuando utilicemos y comprendamos ambas estructuras narrativas en la misma medida, se podrá llegar a un proceso de sanación colectiva profunda.
¿Cómo se puede ver esto? El desprecio de lo femenino ha cobrado un precio alto, desde el daño ambiental (recordando que la tierra es la madre arquetípica), tanto como la profunda desconexión con el alma y con los otros, y esto ha provocado una reacción de péndulo, una búsqueda por recuperar lo perdido, acercamientos a las figuras divinas femeninas, y a el valor de la mujer en el mundo más allá de los roles típicamente adjudicados a ella. Escoger ver la perspectiva de mujer, aquello que es tan temido por un viejo sistema que cae a pedazos, valorarla y buscar vías de encuentro con lo masculino son el primer acto de reparación. Se necesita nombrar a quienes fueron borradas, y dar vida y visibilidad a sus obras, por otro lado, escoger la obra de mujeres vivas es evitar tomar un camino cuyo destino ya conocemos. Solo cuando se dignifiquen ambas obras, tanto interna como externamente (recordando la ley de correspondencia hermética), se lograrán trascender los errores del pasado.
Finalmente, el viaje hacia dentro implica riesgos no menores, la pérdida del sí mismo, la locura y la disociación acechan, las criaturas de las profundidades subconscientes deben ser respetadas y observadas, sin más, aplaudo una época donde comienzan a visibilizarse las heroínas, aún cuando el éxito no corresponda al cánon tradicional.
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