El director Kane Parsons ha sabido aterrizar con maestría la estética del found-footage (metraje encontrado) que lo catapultó a la fama en internet. Adaptando los innovadores cortometrajes que creó en YouTube desde su adolescencia, Parsons demuestra que con solo 20 años de edad y un presupuesto estimado de 10 millones de dólares, es capaz de desafiar las convenciones del horror comercial. Si bien Parsons no inventó este mito que nació de las creepypastas —historias de terror cortas creadas por usuarios que se comparten y viralizan masivamente a través de internet—, el joven realizador bebe correctamente de las fuentes del género. Supo tomar los mejores elementos que hicieron virales a sus primeros videos, donde aprendió de forma autodidacta a dominar los efectos visuales y el modelado 3D solo para poder construir este mundo de manera renderizada, otorgándole digitalmente ese aspecto texturizado de cámara vieja.
La película esquiva activamente el terror explosivo de sustos fáciles (jumpscares), al menos en su mayoría, y la sobreexplicación, apostando en su lugar por un horror psicológico y subjetivo que expande de forma brillante la duda de los espacios liminales. Sin embargo, el verdadero salto evolutivo de esta producción radica en su manufactura visual: a diferencia de la total virtualidad de sus cortos, ahora nos enfrentamos a un set físico construido que genera un fascinante contraste formal. La dirección se mueve orgánicamente entre el juego del POV (punto de vista) capturado con texturas de cámara noventera y transiciones en tercera persona rodadas en una impecable alta definición. Si bien este ritmo pausado, la experimentación visual y la falta de respuestas masticadas podrían llegar a frustrar al espectador que busca un cine de terror más convencional o comercial, es justamente esa decisión de diseño lo que mantiene al público enganchado. No estamos ante un ejercicio explicativo; la duda es el motor del miedo, enfocándose en hacernos sentir el terror puro de quienes atraviesan la dimensión paralela en lugar de detallar su funcionamiento científico.

Siguiendo la herencia del falso documental, la producción despliega una puesta en escena profundamente inquietante. A través de un juego de cámara crudo, con ángulos picados bizarros y encuadres milimétricamente incómodos, el espectador experimenta una claustrofobia constante que comparte con el protagonista, Clark; un arquitecto fracasado, estancado como vendedor en una tienda de muebles propia que carece de clientes; un hombre atrapado en una soledad que lo encierra mucho más allá de cuatro paredes. Su matrimonio se ha desmoronado y encuentra en el alcoholismo un refugio desesperado ante los constantes golpes de la vida. Su vínculo más fuerte es con su terapeuta, la Dra. Marsha, quien se convierte en el anclaje de su cordura y en la única testigo de su relato de abandono y pérdida.
Las actuaciones principales son el pilar que sostiene la tensión dramática del filme. Chiwetel Ejiofor interpreta a Clark con una vulnerabilidad desgarradora, mientras que Renate Reinsve da vida a la Dra. Marsha mediante una contención impecable. Ambos actores juegan con un guion que, sin necesidad de ser extenso o complejo, logra transmitir con crudeza las emociones de frustración, pánico y desolación en las que se encuentran sumergidos en diferentes momentos de la trama.

Las llamadas «oficinas vacías» —como los personajes se refieren a los backrooms— se transforman en un lienzo en blanco para la interpretación del espectador. Físicamente, el lugar es un entorno bizarro donde converge un vacío habitado por objetos de la cotidianidad, bajo un silencio sepulcral donde resuenan los pasos y las sombras acechan en cada esquina recóndita. Para algunos, este laberinto infinito funcionará como la representación misma del Tártaro: una condena eterna para cualquier ser humano que caiga en él. Para otros, simbolizará el desequilibrio mental y emocional que todos resguardamos en la profundidad de nuestras mentes; un purgatorio semi-vacío donde nuestros miedos, secretos y traumas se ven obligados a convivir.
The Backrooms se aleja de la cinematografía comercial que a veces torna estos conceptos rebuscados o aburridos, entregando una experiencia que resuena en la mente del espectador mucho después de que se encienden las luces de la sala. Cada nuevo escenario conectado al laberinto resulta más extraño e inquietante que el anterior, consolidando a la película como una de las piezas de horror psicológico más fieles a su material original; un logro que ya por sí mismo es digno de aplaudirse y verse.
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