A comparación del glamour de Los Ángeles o San Francisco, Inland Empire es una región marginal del sureste del estado de California, una zona menos afortunada, el traspatio del sueño americano. Siguiendo la estela de la pesadilla onírica que significó su Mullholand Drive (2001), David Lynch ahonda en Inland Empire (2006) hacia la parte más obscura del subconsciente, tomando el cine digital cual lienzo para plasmar la abstracción de sus ideas más retorcidas, como el horror de perderse dentro de uno mismo.
En un entorno plagado de angustia y sueños rotos, una actriz (Laura Dern) experimenta un peculiar viaje sin retorno, detonado por el nacimiento del mal en un reflejo; se trata de un recorrido por los distintos niveles de consciencia de la protagonista: habrá un desengaño amoroso, culpa, deseo y las consecuencias de las decisiones que se van tomando, donde el subconsciente emerge como una prisión imposible de evadir.
La manera en la que Lynch concibió la película es alucinante: “Es falso que rodara Inland Empire sin guion […] escribí una escena, y la rodé. Estaba fascinado por la tecnología digital y la facilidad que permitía a la hora de rodar. Cuando se me ocurrió otra, que no tenía nada que ver con la anterior, la escribí y la rodamos. Y así hasta que tenía cuatro, totalmente inconexas. Pero de pronto di con una idea que las vinculaba a todas ellas, y entonces escribí el guion de la película, a partir de esa idea”.

En este extraño híbrido de cine experimental y suspenso psicológico, David Lynch se dio vuelo con primeros planos cargados de expresionismo, un poderoso manejo de la luz y la composición de la música, amalgamando sonido envolvente y distorsionado, lo que provoca tensión en la audiencia.
Según el propio realizador, Inland Empire se filmó durante 2004 en locaciones polacas, con un elenco que incluía a Laura Dern, Justin Theroux, Harry Dean Stanton y Jeremy Irons, un filme que a posteriori terminaría siendo su último largometraje rodado.
Multifacético, Lynch siguió con los años presente en la pintura, componiendo música y filmando cortometrajes, además de dirigir el regreso a la serie de culto Twin Peaks: The Return (2017) y aparecer como John Ford en The Fabelmans (2022) de Steven Spielberg.
Hoy que ha partido al más allá, David Lynch deja en los 180 minutos de Inland Empire un surreal compendio de sus obsesiones y un esbozo de su insólito proceso creativo. “Eso es lo que verdad me importa de las películas a mí: ir a mundos cada vez más extraños”, dijo el genio en alguna ocasión.
No habrá otro director capaz de crear atmósferas tan inquietantes, personajes así de exóticos y psiques indescifrables. Lynch, el único con el tino de fusionar en su arte el amor por el surrealismo, la literatura de Kafka, la obra de Francis Bacon, Oskar Kokoschka, y el cine de Fellini y Kubrick, creando un universo propio, inimitable.
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