¿Justificación o justicia? El polémico giro feminista de Monster en la historia de Lizzie Borden

¿Hasta qué punto el entorno justifica la monstruosidad? Este mes, Netflix sacude el catálogo de true crime con una nueva temporada de la antología Monster, centrada en Lizzie Borden, una de las asesinas más enigmáticas de la historia estadounidense. Sin embargo, este serial no se limita al clásico drama de época; de forma arriesgada y sutil, introduce en paralelo los casos de la letal Aileen Wuornos y de la mítica princesa rumana Elisabeta. El resultado es un perturbador tríptico criminal que explora el abuso, la marginalidad y la venganza, incomodando al espectador al caminar sobre la delgada línea que separa la denuncia social de la justificación del asesinato.

Dos realidades paralelas de violencia y misterio

Ninguna de estas mujeres es producto de la ficción. El caso de Lizzie Borden ha sido objeto de debate durante más de un siglo debido a que logró su libertad gracias a una coartada sumamente sólida. Por ello, el argumento de la serie recurre a ciertas dramatizaciones, testimonios de la época y crónicas periodísticas para llenar los huecos de la historia.

Borden, nacida en 1860, vivió toda su vida en Fall River, Massachusetts. Era hija de Andrew Jackson Borden, un hombre de negocios con una posición económica bastante desahogada. Su madre biológica, Sarah Anthony Morse, falleció en 1863 cuando Lizzie tenía apenas tres años. Tras las segundas nupcias de su padre con Abby Durfee Gray, la convivencia durante 28 años se volvió tensa, provocando un profundo distanciamiento entre el matrimonio, Lizzie y su hermana Emma.

La mañana del 4 de agosto de 1892, Andrew y Abby Borden fueron brutalmente asesinados con un objeto afilado (probablemente un hacha) dentro de su hogar. La extrema violencia del crimen, sumada a las contradictorias declaraciones de Lizzie, la llevaron a un mediático juicio donde, diez meses después, fue absuelta. A pesar del veredicto, el imaginario colectivo estadounidense inmortalizó el caso en una famosa rima infantil: «Lizzie Borden took an axe, and gave her mother forty whacks…» (Lizzie Borden tomó un hacha y le dio a su madre cuarenta hachazos…).

Por su parte, la serie conecta este enigma decimonónico con la cruda historia de Aileen Wuornos, acusada de asesinar a siete hombres entre 1889 y 1990. Wuornos, quien desde la infancia enfrentó abusos, maltrato y adicciones, se dedicaba al trabajo sexual. Al ser capturada, alegó haber actuado en legítima defensa tras ser agredida por sus clientes. Una vida marcada por el desamparo y la violencia culminó el 9 de octubre de 2002, cuando fue ejecutada tras recibir seis condenas a muerte. Aunque su caso ya había sido inmortalizado en el cine con la película Monster (2003) —papel que le valió un premio Óscar a Charlize Theron—, esta serie le da un nuevo matiz dramático.

Tres mujeres y un discurso provocador

La narrativa arriesga aún más al entrelazar una tercera línea argumental de corte gótico: la de Elisabeta, una princesa rumana obsesionada con la belleza y acusada de brujería, un personaje fuertemente inspirado en el universo de Drácula de Bram Stoker. Aunque históricamente no existe ninguna conexión entre los tres relatos, la producción los concatena en paralelo de forma brillante.

Es verdad que la serie camina por una línea delgada al intentar generar empatía con las protagonistas, colgándose sutilmente del movimiento feminista para, de cierta forma, contextualizar o justificar sus acciones. No obstante, esto no demerita la inmensa calidad actoral de la producción. Ella Beatty (hija de las leyendas Annette Bening y Warren Beatty) brilla en su tercer trabajo profesional, entregando una Lizzie que equilibra a la perfección la inocencia angelical con la frialdad calculadora de una asesina. La acompañan la talentosa Vicky Krieps, como la fiel sirviente y presunta amante Bridget «Maggie» Sullivan, y una siempre magistral Sarah Paulson en la piel de Aileen Wuornos.

Atmósfera visual y una banda sonora agridulce

La fotografía y el diseño de producción son espectaculares; el contraste entre la pulcritud victoriana de la época de Borden y la atmósfera decadente de finales de los ochenta en la época de Wuornos es un deleite visual.

Sin duda, uno de los puntos más fuertes es la selección musical. Más allá de una gran banda sonora incidental, la inclusión de himnos de rebeldía como «Cherry Bomb» de The Runaways o «Carnival» de Natalie Merchant resulta fundamental para entender la psicología de los personajes. Hay dos momentos cumbre que vale la pena destacar sin caer en grandes spoilers: el uso de «The End» de The Doors durante el primer crimen de Lizzie, que aporta una atmósfera lúgubre e hipnótica; y la secuencia del arresto, musicalizada con una versión orquestal de «Bitter Sweet Symphony» de The Verve. Esta última pieza logra transmitir una sensación agridulce, invitando al espectador a cuestionar si las acciones de la protagonista fueron una atrocidad o la consecuencia inevitable de su entorno.

En última instancia, esta nueva entrega de Monster no busca ser un documental riguroso, sino una provocación incómoda. Al cruzar las líneas entre el horror real y la justicia poética, la serie nos obliga a preguntarnos: ¿fueron estas mujeres monstruos despiadados, o simplemente el resultado de una sociedad que las acorraló primero? La moneda queda en el aire, pero lo que es innegable es el impecable viaje audiovisual que Netflix nos regala. Para llegar con el contexto bien fresco antes de darle play en la plataforma, les recomiendo ampliamente escuchar el episodio 130 (Aileen Wuornos) y el episodio 211 (Lizzie Borden) del podcast Leyendas Legendarias. Les aseguro que la experiencia de la serie será el doble de interesante.

¡Mucho cine para todos!


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