‘Un príncipe’ (2023)… ¿es o no es cine?

Por Adrián «Pok» Manero.

Dentro del marco del 43 Foro Internacional de Cine, presentado por la Cineteca Nacional, tuve la oportunidad de ver la película Un príncipe (Un prince, Pierre Creton, Francia, 2023). Se trata de una cinta sobre una pequeña comunidad rural en la cual el joven Pierre-Joseph (Antoine Pirotte) descubre tanto la jardinería como su sexualidad, mediante encuentros con varios hombres mayores que lo instruyen en ambos aspectos. Eso es lo que podemos inferir de la sinopsis, pero la película en sí es algo mucho más complejo.

Para empezar, el filme cuenta con un carácter un tanto experimental en lo que respecta a su uso del sonido. La historia nos es transmitida a través de diversas narraciones de voz en off, dando voz a diversos personajes a lo largo del metraje. Esto hace un tanto difícil el identificar al protagonista, ya que las narraciones son todas en primera persona y proporcionan una multiplicidad de puntos de vista. Como todo buen cine experimental, puede llegar a ser exasperante. Esto ocurre por dos motivos en particular, siendo el primero de ellos el hecho de que las palabras habladas no necesariamente se corresponden con las imágenes mostradas. Es decir, vemos a cuadro a algunos personajes de los que se está hablando, o podemos inferir que se trata de ellos, pero las palabras no describen las acciones que se nos muestran. Si bien esto puede ser un aspecto positivo, ya que el audio no se vuelve redundante con respecto a la imagen, también resulta desconcertante por la constante falta de conexión.

La otra principal fuente de frustración proviene de lo que el audio sugiere pero la imagen nos niega. Las voces nos hablan de tórridos y sórdidos encuentros homoeróticos, descritos con lujo de detalle. Podríamos incluso decir que describen algo prácticamente pornográfico. Pero la parte visual nos muestra bellos paisajes y a los personajes llevando a cabo labores mundanas. Si bien de repente llega a mostrar fotografías explícitas de gente en el acto sexual, tanto en prácticas homosexuales como heterosexuales, siendo observadas por los personajes, no son éstos quienes aparecen en las fotos o llevan a cabo los actos descritos por la narración.

El príncipe titular es el personaje llamado Kutta (Chiman Dangi), un inmigrante de tierras orientales que es mencionado en las narraciones de distintos personajes, desde la mujer que lo adopta al llegar éste a Francia como un jovencito hasta el protagonista Pierre-Joseph, quien lo conoce en distintos puntos de la vida. Pero dicho personaje no aparece a cuadro sino hasta los últimos trece minutos de la cinta, de modo que uno incluso llega a pensar que nunca aparecería. Y cuando lo hace, añade ciertos elementos en apariencia fantásticos a una historia que, hasta ese momento, era cien por ciento realista.

Las imágenes de la película cuentan con gran belleza, presenta muchos paisajes bucólicos, a veces cubiertos por niebla, revelando a la naturaleza en todo su esplendor. La música de fondo, a la cual recurre en muy contadas ocasiones, resulta impactante y está muy bien utilizada. Por momentos me recordó a las piezas musicales de Sqürl, la banda de Jim Jarmusch que ha musicalizado sus más recientes obras. La cinta muestra relaciones homosexuales entre personas con una gran diferencia de edad, lo cual seguramente algunos etiquetarán como gerontofilia y puede ser tomado como un aspecto transgresor, aunque no siento que esa sea la intención del realizador. Es una película retadora, con un ritmo deliberadamente parsimonioso y un estilo diferente a lo que estamos acostumbrados a ver, a los cuales puede costar un poco de trabajo acomodarse. No obstante, conforme avanza, si logramos entrar en la película nos recompensa con una gran experiencia en su visionado.

Pero a todo esto, me surge la pregunta con la cual di título a esta reseña. Seguramente todos recordamos los controversiales comentarios de Martin Scorsese cuando dijo que las películas de Marvel “no son cine”. Creo entender a qué se refería con ello, pero tal vez no lo hizo de la mejor manera ya que desacredita el trabajo de cientos de personas a quienes les apasiona su labor, desde vestuaristas, maquillistas, diseñadores de arte, constructores de sets y dobles de acción entre muchos otros más, eso sin siquiera considerar a guionistas, actores y directores. Pienso que Scorsese estaba refiriéndose al hecho de que la mayoría de las producciones comerciales en la actualidad, de las cuales Marvel es prácticamente el paradigma, pueden reducirse a mero “contenido”. Son obras que no exigen del público su completa atención, uno puede dejar de fijarse en la pantalla a veces incluso por varios minutos sin dejar de entender el sentido general del filme.

Por otro lado, tenemos el concepto del “cine puro” manejado por Alfred Hitchcock, quien comenzó su carrera dentro del cine silente y, aún cuando se añadió sonido al cine, siguió dando predilección a lo visual, a poder comunicar las cosas mediante imágenes y prescindiendo del sonido o usándolo de formas complementarias en lugar de sustitutivas o redundantes.

Dicho todo lo anterior, y volviendo a la película Un príncipe, creo que su aspecto experimental la aleja de esta definición. Si el medio cinematográfico es preeminentemente visual, no audiovisual (pues su lenguaje se formó y consolidó mucho antes de que hubiera cine sonoro), esta cinta francesa no podría considerarse estrictamente cine. Si le quitáramos el audio y las narraciones en off, la historia sería ininteligible pues las imágenes no son suficientes para comunicarla. De hecho, la película se siente tan literaria que pensé que se trataba de una adaptación de un libro siguiendo muy al pie de la letra al material fuente, por lo cual me sorprendió descubrir que se trata de un guion original. Siguiendo en la misma línea, si retiráramos las narraciones no podríamos saber que el individuo que aparece en las secuencias finales es precisamente el príncipe del título, pues hasta ese punto sólo había sido mencionado y jamás visto. Entonces cabe preguntarnos si esta obra puede ser considerada cine o si es más bien un híbrido de cine y literatura, dando igual peso a la imagen y a las palabras.

Ahora bien, yo soy de la idea de que el cine experimental DEBE ser exasperante hasta cierto punto. Si no nos reta y nos incomoda, si no nos obliga a salir de nuestra zona de confort, entonces no es del todo experimental pues no está rompiendo con las convenciones del lenguaje cinematográfico. En ese respecto, siento que Un príncipe se queda corta, pues podría haber ido aún más lejos. Podría haber planteado una desconexión TOTAL entre imagen y palabra. Podría haber asumido un formalismo mucho más estricto, como el de las películas de Jean-Marie Straub y Danièlle Huillet.
Podría nunca haber mostrado al personaje de Kutta, dejándolo como objeto de nuestra imaginación por completo.

Aún así, la experiencia de ver esta película es por demás interesante. Su historia reflexiona sobre el paso del tiempo, la maduración y la muerte como cosas inevitables pero que también son partes naturales de la vida. Visualmente, es de una belleza impactante. Y su lado experimental, ya sea que lo consideremos fallido o exasperante, también es necesario. Si no se hacen películas diferentes a la norma, entonces dejamos que Netflix y sus algoritmos ganen la batalla, dándonos siempre lo mismo, consumiendo únicamente lo que ya sabemos de antemano que nos gustará y sin dar oportunidad a nuevas formas de hacer las cosas, aún si el resultado no es cine de acuerdo a ciertos estándares que siempre serán arbitrarios.

Adrián «Pok» Manero (Ciudad de México, 1982). Escritor autodidacta, ha tomado talleres con Alberto Chimal, Eduardo Antonio Parra y Eric Uribares. Ganador del segundo concurso de cuento Caligrama, en cuya antología aparece su primer texto publicado. Colaboró en la antología El séptimo círculo, editado por el Colegio de Saberes, así como en las revistas Indie Rocks! (número 55), Reflexiones marginales (número 12) y Morbífica (número 6). También ha escrito para el colectivo Pánico de masas (www.panicodemasas.org). Experto en comics y conocedor de cine, fue miembro del consejo editorial de la revista Penumbria, donde publicó cuentos de corte fantástico y reseñas. Ha impartido cursos de cine para la Cineteca Nacional y para Fractal Cine (tanto en solitario como en conjunto con el Dr. Alfonso Ortega).


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