La soledad representada en ‘Los Viernes de Lautaro’ (1979) de Jesús Gardea.

Por Roberto Vudoyra.

Al contrario de los otros autores que normalmente forman parte de mi librería, Gardea no traspasó la prueba del tiempo y, podría decirse de alguna manera, cayó dentro del olvido. No quisiera entrar en detalles sobre esta gran máquina que es la industria literaria y cómo pareciera que preselecciona por nosotros los autores que debemos de leer, porque sé que es mucho más complejo que eso; tengo la seguridad de que también el estilo que maneja Gardea tiende a ser muy detallado, sobrecargada, de léxico amplio y formal, así como también suele mencionar temáticas que le pueden caer como una bola de acero encima del pecho al lector.

Mi primer acercamiento con Gardea fue la novela titulada “El Diablo en el Ojo”, un libro que tardé bastante en conseguir y cuando lo hice, al darle la lectura inicial sentí que me había golpeado en la cara. El primer capítulo había sido una completa confusión para mí de entender cuál es el tiempo, el espacio y el personaje; puedo comprender también que no puede ser tomado de manera tan literal y que Gardea se permite el uso del lenguaje y la negación de este para pintar una imagen ambigua que se va desarrollando conforme el avance de la novela. Pero me negué, no pude seguir y decidí tomarme mi tiempo porque, aunque me gusta la narrativa experimental y me interesa el barroquismo literario consideré que esta se me complicaría demasiado. Aunque seguro después voy a aprender mucho de aquella novela de unas ciento veinte páginas.

No desistí, por alguna razón mi intuición es la que me va indicando qué caminos seguir, y esa misma intuición me dicta a los autores que debo leer. He fallado en el instinto, digamos, en un veinte por ciento de las veces. Que, si lo admito, he encontrado novelas o cuentos, o en general escritores, que no llegan al nivel de lo que me gusta: ser honestos, ser viscerales y, sobre todo: ser reales. Pero este no es el caso de mi perspectiva sobre Gardea. Curioso, decidí seguir sumergiéndome poco a poco en su trabajo literario y preferí atacar desde los cuentos. Considero que debí de haberlo hecho desde un inicio y esa sería mi recomendación para todos los que quieran conocer a un autor: si tiene manera, empezar por sus cuentos. Porque funcionan como una pequeña muestra de la idea propuesta que cualquier escritor concibe desde muy adentro. Y al llegar a leer a Gardea me encontré con que su trabajo es caliente.

No lo podría definir mejor, su estilo es caliente. No en un sentido sexual como a veces suele utilizarse aquel término. Hablo más que nada de temperatura. Se siente como las calles solitarias de Iguala en Guerrero, donde las personas ni siquiera se atreven a salir, solamente miran los rayos de sol que van aumentando la temperatura del asfalto. Y si hay que salir a la calle, solamente a lo necesario: comprar cosas en la miscelánea de la esquina, tal vez. Pero, en comparación de esta idea de un pueblo real que quiero brindar tal vez no encaja mucho con la concepción de Gardea. Porque pareciera que en Iguala todos están enojados. Y podría decirse que en Placeres todos están solos.

Estoy reduciéndolo mucho, mi viaje a Iguala solo fue de entrada por salida y jamás he tenido oportunidad de conocer a fondo Placeres. Placeres es el pueblo literario que concibió Gardea a partir de su propio pueblo natal: Delicias, Chihuahua.

Me gusta mucho cuando los autores hacen esas creaciones desde lugares conocidos por su propia mano: Bolaño con Santa Teresa, Ibargüengoitia con Cuévano, Rulfo con Comala. Hacer esta construcción de un mundo ficticio en la literatura y comenzar a romper cualquier línea existente entre lo literario y lo que eres capaz de sentir mediante las descripciones de las letras. Al leer a Gardea no puedo evitar sudar de la frente gotas tan gordas y torpes que se deslizan por la nuca y se pierden en la tela de mi propia ropa. Al leer a Gardea, al tener su libro abierto, puedo sentir en el rostro el reflejo de la luz candente del sol y la confusión que esta le da al cerebro. Leo a Gardea y no puedo dejar de sentirme identificado por la imagen que brinda a través de sus personajes: lo repito, en una gran mayoría podría decirse que están tristes. También, así como sufren las penurias del calor, sufren las de la soledad.

Mas específicamente, el cuento que le brinda nombre a este conjunto de narrativas breves: Los Viernes de Lautaro, lo hace de una manera magistral. Es simple: narra un viernes en la vida de Lautaro Labrisa. Pero hay que ver más atrás. Si uno se permite ver el fondo de las cosas va a notar una profundidad sobre aquel cuento. Cualquier cosa que hace Lautaro podría considerarse boba: como refrescarse en aquella bañera con las uvas pintadas en las paredes. Permitirse quedarse dormido mientras flota en el agua y tener aquel trance inconsciente en el que sueña con una mujer, y el sueño en su impulso onírico lo convierte en algo sexual.

El autor Jesús Gardea.

Pero creo que es más profundo: considero que aquel sueño brindado mediante el inconsciente del cerebro dormido ya comienza a pintar las imágenes de la ausencia que siente. El deseo por un cuerpo femenino, y no solamente eso. El deseo de intimidad. Interpreto que no es solamente un calentón y el deseo de ambos cuerpos sudorosos peleando mutuamente para conseguir placer rápido en el éxtasis del clímax. Considero que la visión sexual debería ser considerada como el compartir un momento íntimo con una persona que consideraríamos especial para nosotros. Y el cuerpo toma otro poder, más importante pues nos brinda apertura y nosotros mismos nos brindamos el conocimiento de ambos cuerpos. Compartir es importante.

Pero no, Lautaro no tiene eso. Ya no lo tiene. Ahora solamente tiene a aquel gato que le llevaron los comerciantes para su bien. Porque tal vez se preocupan de que la soledad y la ausencia puedan llevarlo a algunos lugares desconocidos, como la locura o la muerte.

Al final esto queda revelado cuando Lautaro comenta que las uvas están pintadas en las paredes de la bañera porque esa era la fruta de Ausencia. Ausencia, el nombre de su mujer. Ausencia quién ahora está enterrada bajo la protección de un árbol. Y Lautaro se permite recordarla a través de esa imagen pintada en las paredes de la bañera, a través del sueño y mediante la compañía del gato que está ahí de manera solidaria. Todos los viernes. Todos los viernes que Lautaro hace el mismo ritual.

No quisiera utilizar la palabra: “condena” porque considero que sería incorrecto. Lautaro no está condenado a pasar por el mismo ritual y sentir la tristeza melancólica de cada detalle contenido en el mismo. Sin embargo, de alguna manera Lautaro lo acepta como suyo. Lo convierte en parte de su vida y se permite, mediante sentir esta tristeza, enfrentarse a su soledad latente que existe todos los días y, tal vez especialmente todos los viernes.

Con esta pequeña muestra quisiera terminar, porque posiblemente por eso Gardea no forma parte de un colectivo más común en el mundo literario. Por decidir tomar este tema que es tan doloroso y tiene tantos matices: la soledad. Para representarlo constantemente en su propio trabajo literario y cuestionárselo de diferentes maneras, bajo esta imagen caliente y desértica de su pueblo natal, que ocasiona una idea de asfixia al lector. Es complicada, muy detallada, hasta convertirse en tormentosa y cansada. Pero al mirar a través de ella, buscar el fondo, se puede encontrar la belleza de la aceptación contenida dentro de la misma.

Roberto Vudoyra es completo apasionado del cine, la literatura y la música. Estudió Música Popular Contemporánea. Toca el bajo eléctrico. Lleva, con mucho entusiasmo, una pequeña carrera literaria fomentada por la auto-publicación. También ha tomado cursos de cine documental, análisis cinematográfico y guion. Espíritu invencible.


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