Llega a HBO Max: ‘El esquema fenicio’ (2025), o cómo Wes Anderson comienza a sospechar de sí mismo.

Cuando uno entra a una sala a ver una película de Wes Anderson, entra también a un lenguaje. No se trata solamente de una estética, sino de un sistema cerrado, con sus propias leyes visuales, temporales y morales. Es cine de fábula, de cuadro, de vitrina. Y El esquema fenicio es, en ese sentido, plenamente andersoniano… desde el minuto uno y hasta el ingreso mismo de los créditos. Bello, bellísimo cuadro.

Visualmente, estamos ante un Anderson en estado puro: planos frontales, travellings laterales, sets que parecen casas de muñecas. Pero lo interesante en esta película no está solo en el diseño de producción (que es impecable como siempre), sino en su intento de ir más allá del artificio. Aquí hay una densidad emocional que me recordó, en cierto modo, a The Royal Tenenbaums o The Darjeeling Limited, donde la familia no es solo una excusa estética sino un conflicto vital en lo que te quiere contar.

La historia gira en torno a Zsa-Zsa Korda -un poderoso magnate de la industria armamentista- interpretado por un sobrio Benicio del Toro que recibe amenazas de muerte y decide buscar refugio (espiritual más que físico) en la relación con su hija Liesl, que acaba de ingresar a un convento. A partir de ahí, comienza un relato que mezcla la reconciliación familiar, el espionaje internacional y una tensión filosófica en torno a la culpa, el perdón y las ruinas del poder.

Lo interesante de El esquema fenicio no es tanto su forma sino la manera en que la película comienza a socavar esa forma desde adentro. Por primera vez en mucho tiempo, da la impresión de que Anderson sospecha de su propia fórmula. Ya no basta con el artificio. Hay una búsqueda (leve, casi imperceptible pero palpable) de algo más incómodo, más opaco, más incierto.

Pienso, por ejemplo, en la relación entre padre e hija. Liesl, interpretada por Mia Threapleton (hija de Kate Winslet), no está construida para el lugar común de “la hija rebelde que perdona”. Es un personaje que se mueve con fe, pero también con pragmatismo. Hay una escena en la que ella cuestiona directamente las decisiones de su padre: no desde el melodrama, sino desde una lucidez serena. Esa escena, tan simple, es quizá una de las más humanas que ha filmado Anderson en los últimos años.

En cuanto al guion, lo firma una vez más junto a Roman Coppola; pero esta vez se percibe menos afán de chiste narrativo y más deseo de pausa. Los silencios, las cartas leídas en off, los desplazamientos abruptos de lugar (tan típicos en este director) ahora tienen otra función: no dinamizar, sino poner en suspensión. La película se permite momentos de silencio, de lentitud, donde lo que importa no es el ingenio, sino la duda. Me costó un par de días comprender que aquellos momentos en lo que sentí decaer mi atención y hasta me apagué, en realidad fue porque me puso en suspensión.

A nivel temático, El esquema fenicio retoma las obsesiones andersonianas: la familia como campo de batalla emocional, la orfandad simbólica, el absurdo del poder. En ese sentido, el título mismo funciona como metáfora. Porque alude a un plan enredado, sofisticado, antiguo. Un plan que, como los mitos fenicios, mezcla comercio, violencia, intercambio y fe. La película está llena de estos cruces simbólicos: entre lo laico y lo sagrado, lo bello y lo corrupto, lo íntimo y lo estructural.

¿Es la mejor película de Wes Anderson en la última década, como han dicho algunos en Cannes? No lo creo. Pero sí es una de las más interesantes. Porque en medio de su preciosismo habitual, Anderson parece preguntarse, por primera vez en mucho tiempo, si ese mundo que tanto le gusta construir aún puede decir algo urgente, algo incómodo, algo humano. Lo digo desde mi lugar de fan porque Wes Anderson es uno de mis directores favoritos, en realidad, con mis hijas “le rezamos”, dice una de ellas.

En un mundo donde muchos directores se reinventan para sobrevivir, Anderson parece decirnos: no quiero dejar de ser yo, pero estoy empezando a sospechar de mí mismo. Y esa honestidad se siente y se agradece.


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