Vaya sorpresa la que me llevé al ver esta película. No había tenido oportunidad de hacerlo, ni siquiera en mis tiempos de estudiante de cine, cuando era casi una obligación prestar atención a la filmografía de Buñuel. Pero debo dejar en claro para las nuevas generaciones que, antes del año 2000, no era nada sencillo tener a la mano todo el catálogo de películas. La única forma de verlas era de manera análoga. Y eso que en mi universidad contaban con un amplio acervo en formato BETA y VHS, guardado en el sótano 3 del edificio de Comunicación, al cual tenía acceso por ser una de las becarias encargadas del archivo.
Regresando a mi experiencia al ver El ángel exterminador —que, por cierto, fue apenas hace unos días—, puedo decir varias cosas. La primera es que yo tenía en mente referencias a este filme como uno irreverente, extremo y limítrofe por todos los temas que abordaba.
Recordaba Los olvidados, una película que sí pude ver en mis tiempos de estudiante y que, sin duda, es de una brutalidad dolorosa por la forma, digamos, “desnuda” en que retrata al género humano. Así que esperaba algo parecido o incluso más dramático.
Para mi asombro, las primeras escenas mostraron cierta incertidumbre, pero sin dejar nada en claro. Cada toma evidenciaba que parte de la experiencia sería no comprender nada, quizá hasta bien avanzada la trama o, si acaso, en la parte final. Sin embargo, la realidad se impuso y, como espectadora, solo fui acumulando preguntas que no encontrarían solución durante el desarrollo de la película.
El plot, debo decir, me parece incluso hoy vanguardista y atractivo: los invitados a una fiesta de clase alta se ven incapaces de salir de la sala de la mansión, sin motivo ni razón aparente, lo que los obliga a permanecer allí durante varios días o incluso semanas.
Aquí debo confesar que esperaba la aparición de la figura del “ángel” que desatara el caos entre los involucrados. Sin embargo, solo veremos un ángel en una de las puertas, colocadas estratégicamente en el salón como parte de un baño y un pequeño clóset que, en realidad, no tenía sentido que estuviera ahí desde un principio.

Dejando eso de lado, encontramos diálogos repetidos que funcionan como un guiño a una realidad alterada; escenas que se reiteran con leves diferencias; una servidumbre con la incontrolable necesidad de abandonar la casa antes de que el “hechizo” se lleve a cabo. Y digo hechizo con cuidado, pues no lo es de forma contundente. La realidad es que no tendremos explicación alguna de lo que estamos viendo. Mucho menos del porqué la gente de “afuera” tampoco puede entrar, o del porqué uno de los niños logra dar unos pasos hacia el interior del jardín de la mansión para luego regresar sin más.
La película, pues, es un ejercicio surrealista que lleva al límite la tolerancia del espectador, quien permanece ante la promesa de que, en algún momento, algo hará que todo cobre sentido y el viaje haya valido la pena. La realidad no es del todo así.
No encontraremos un sentido literal a los hechos, ni habrá una explicación final. Por el contrario, aparecerán nuevos elementos que volverán todo más confuso, como los borregos y el oso, que parecen contener un gran significado simbólico y, sin embargo, quedan abiertos a la libre interpretación.
El propio Buñuel señaló en su momento que no era su intención que la gente se obsesionara con entenderlo:
“La gente siempre quiere una explicación para todo. Es la consecuencia de siglos de educación burguesa. Y para todo lo que no encuentran explicación, recurren en última instancia a Dios. Pero, ¿de qué les sirve? A continuación tendrían que explicar a Dios.”
Lo que sí es claro es que quería retratar a la clase burguesa. Sobre ello comentó:
«A veces he lamentado haber rodado en México El ángel exterminador. Lo imaginaba más bien en París o en Londres, con actores europeos y un cierto lujo en el vestuario y los accesorios. En México, pese a mis esfuerzos por elegir actores cuyo físico no evocara necesariamente a México, padecí una cierta pobreza en la mediocre calidad de las servilletas, por ejemplo: no pude mostrar más que una. Y esa era de la maquilladora, que me la prestó.»
Una película que se ha vuelto de culto y que, sin duda, debe verse al menos una vez en la vida. Una muestra del surrealismo cinematográfico: irreverente, burlesca y desafiante, que reta al espectador a un duelo de tolerancia sin prometer nada a cambio.
Debo confesar que me quedo con otras de sus películas como favoritas. Lo que sí es claro es el constante señalamiento a las clases sociales, a las problemáticas de unas y otras, así como a la decadencia de las clases altas.
Ficha técnica
Fecha de estreno: 22 de septiembre de 1966 (México)
Director: Luis Buñuel
Guion: Luis Buñuel
Duración: 1 h 35 min
Géneros: Cine de terror, comedia cinematográfica, suspenso, fantasía, drama, película de misterio, tragicomedia
Historia de: Luis Buñuel, Luis Alcoriza, José Bergamín
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Buñuel eera demasiado grande para nuestras pretensiones de entendimiento. Nuestro profeta, pues profetizó la decadencia moral y cultural de las burguesías y sus atroces consecuencias para nuestra vida y conciencias.Seguimos padeciendo esas consecuencias cotidiana mente, es por eso la importancia del cine en general, y del cine and en particular de Don Luís Buñuel.
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