Una llamada a la acción: ‘BPM (Beats per Minute)’ (2017) de Robin Campillo.

Por Nancy Martínez

Un retrato urgente que da voz a una generación LGBT+ que, ante el avance del VIH y la indiferencia institucional, transformó el miedo en activismo y el amor en una forma de protesta. 120 latidos por minuto de Robin Campillo, se convierte en un acto de memoria y resistencia. Este filme no solo documenta la lucha contra el VIH en los años 90, sino que honra a quienes, desde la disidencia sexual, enfrentaron una doble batalla: contra el virus y contra un sistema que los marginaba. Un testimonio imprescindible de quienes lucharon para que otros pudieran vivir y ser escuchados.

Situada en los primeros años de la décadaa de 1990 en París, la cinta retrata a un grupo de activistas de ACT UP, que desafían al sistema médico, al gobierno, a las farmacéuticas, y sobre todo, al silencio. Porque cuando el silencio mata, la acción se vuelve un acto de amor radical. Campillo, quien fue parte de ese movimiento, no solo reconstruye una época, la revive con una intensidad que desborda la pantalla y que exige al espectador sentir, incomodarse, indignarse.

A través de una narrativa entre documental y  ficción, la película nos introduce a las reuniones estratégicas del grupo, donde el diálogo se convierte en un campo de batalla y la palabra es un arma. Desde las manifestaciones, donde los activistas toman las calles, lanzan sangre falsa, irrumpen en instituciones, dando guerra al estigma, la burocracia y la indiferencia.

El protagonista, cuya enfermedad avanza al mismo tiempo que el movimiento político se fortalece, encarna esa doble guerra: la del cuerpo que resiste y la del ser humano que exige. La película no escatima en mostrarnos que la lucha contra el SIDA fue también una lucha de clases, de géneros, de desigualdades estructurales. Una batalla por visibilidad, por dignidad, por futuro.

Lo notable de 120 latidos por minuto es su capacidad para evitar el sentimentalsmo fácil. Aquí no hay melodrama, hay verdad. Una verdad cruda, luminosa y política. La enfermedad el VIH, no se presenta como una sombra individual, sino como una carga colectiva, como una marca impuesta por una sociedad que clasifica, margina y castigaa quienes se atreven a amar fuera de la norma. El VIH se vuelve el síntoma de un sistema que enferma tanto como el virus mismo.

Uno de los momentos más preciosos: la escena de la fiesta. Música, luces estroboscópicas, cuerpos que bailan despidiendose de su vida que se consume poco a poco. En una escena donde se va convirtiendo en células, virus, linfocitos. La vida y la muerte bailando juntas. Una alegoría de lo que significa vivir con una sentencia biológica mientras se celebra el placer, el deseo, la esperanza.

Porque en ese pulso acelerado, donde la fragilidad se convierte en coraje y  que resistir no es solo sobrevivir, es arder con pasión, amar sin miedo y desafiar al silencio con cada respiración que se niega a rendirse.


Nancy Martínez escribe desde Saltillo, Coahuila. Es comunicadora social, artista gráfica y cinéfila de corazón. Hace crítica y divulgación de cine a través de redes sociales. Puedes seguirla en TikTok aquí.


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