Hasta hace apenas un par de años no había oído hablar de la escritora uruguaya Armonía Somers, ni siquiera porque el currículo de la carrera que estudié incluía dos semestres de Literatura Latinoamericana, que no eran poca cosa, impartidos además por la grandísima Maggie Mateo.
De Armonía Somers y su personaje Rebeca Linke no sabía nada. Sí, en cambio, de otras mujeres sin cabeza, más allá de la de Lucrecia Martel, mujeres en el límite, incluso “como vacas sin cencerro”, diría Pedro Almodóvar por boca de la actriz Chus Lampreave en La flor de mi secreto. De mujeres así está llena la historia y la literatura, con figuras históricas como Juana I de Castilla o María Antonieta, o los caracteres de Medea, Lady Macbeth, Madame Bovary, Thérèse Raquin, Anna Karenina, Blanche DuBois, y tantas otras, capaces de perder la cabeza, cada una en su estilo. Sin embargo, aunque todas sostienen un gestus común, en el fondo resultan la antítesis de la protagonista de La mujer desnuda, esa novela de 1950, escrita por Somers, que no se parece a ninguna de las obras de su tiempo.
Y es que la autora, que por fecha debería pertenecer a la Generación del 45, se integra mejor a ese fenómeno literario tan específico de Uruguay que el crítico Ángel Rama definió bajo el nombre de “Los raros”, tradición que recogió en su antología Aquí. Cien años de raros, publicada en1966por la editorial Arca en Montevideo y que agrupó a disímiles escritores, desde Conde de Lautréamont (Isidore Ducasse), Horacio Quiroga, hasta Felisberto Hernández, y Marosa di Giorgio, creadores iconoclastas, al margen de las modas de su época, que, ante lo cotidiano, prefirieron el extrañamiento, lo insólito y lo onírico, con un lenguaje a un tiempo experimental y poético y tramas que alcanzan a desarrollarse en el plano subjetivo.

No me extraña que La mujer desnuda haya podido causar un escándalo sin antecedentes en la literatura de Montevideo y el resto del paisito latinoamericano, tanto por su contenido erótico, con toques de terror corporal y feminismo, como por la forma, con un trasfondo mágico, surrealista, añadido esto al misterio de la identidad creadora tras sus páginas. Y es que Armonía Liropeya Etchepare Locino, era ya una respetada maestra en su tierra, cuando decidió publicar su obra literaria, por lo que tomó la precaución de asumir el seudónimo de Armonía Somers, para separar esa carrera profesional que le procuraba sustento y prestigio, de su irreverente obra artística.
La novela comienza con el cumpleaños de la protagonista:
El día en que Rebeca Linke cumplió los treinta años comenzó con lo que ella había imaginado siempre, a pesar de una secreta ilusión en contra: la nada. ¿Y si no ocurriera nada entonces, se había preguntado más de una vez, ni para bien, ni siquiera para mal, que siempre es algo?
¿Qué significa cumplir años para una mujer? ¿Cumplir treinta o cuarenta años? Esas edades en que una comienza a alejarse de la juventud, pero todavía no alcanza la vejez, ese punto medio, en que no hay marcha atrás ni es posible el regreso a la inocencia, pero tampoco se conoce lo que está por delante, y el peor temor es justo el de Rebeca, que ya no ocurra nada y la vida simplemente sea… Una puede entenderla casi, cuando escoge celebrar en solitario y resuelve pasar la noche en esa finca cercana al oscuro bosque. Hasta entonces se trata de una historia realista, pero esto cambia enseguida… cuando, acabada de llegar y tras tenderse en la cama, insomne, la protagonista decide con una tranquilidad escalofriante, en un momento crucial, de inflexión, de no retorno, cortarse la cabeza:
(…) antes de caer abatida, logró evocar (…), por ejemplo: que dentro de su libro de cabecera había una pequeña daga que era una obra de arte, tanto como para decapitar a una mujer prisionera en aquel maldito rayado paralelo que le impedía reencontrarse en limpio.
(…) Es entonces cuando la daga va a demostrar que ella sí sabe hacerlo, y se desplaza atraída por las puntas de unos dedos. Claro que hacia una mano que está adherida a un brazo, que pertenece a su vez a un cuerpo con cabeza, con cuello. Una cabeza, algo tan importante sobre eso tan vulnerable que es un cuello… El filo penetró sin esfuerzo, a pesar del brazo muerto, de la mano sin dedos. Tropezó con innumerables cosas que se llamarían quizá arterias, venas, cartílagos, huesos articulados, sangre viscosa y caliente, con todo menos con el dolor que entonces ya no existía. La cabeza rodó pesadamente como un fruto. Rebeca Linke vio caer aquello sin alegría ni pena. (…)

El acto de Rebeca, un evento que podría calificarse de horror físico, también por lo exhaustivo de las descripciones fisiológicas, en que ella asiste, con tranquilidad, y sin dolor, aunque no exenta de una cierta tristeza, a la hemorragia de su propia cabeza no responde a una intención suicida, ni pareciera tener otro trasfondo más allá del evento existencial del propio cumpleaños.
¿Era posible que el mundo deslizante se hubiese solucionado así, de un golpe seco? La mujer sin cabeza quedó extendida sobre la alfombra oscura, pesadillescamente estrecha, de su último acto. Habría, bien pudiera ser, una dimensión en el tiempo para eso. Pero la conjetura más simple debía de ser por entonces de alcance corto. Al tocar la garganta se terminaban las preguntas.
Rebeca no pierde la cabeza, según las maneras tradicionales, no hay enajenación por amor, ni tampoco pérdida de juicio o cordura, desbordamiento, o desesperación en su acto, sino hastío, necesidad de cambio, que trasladan su acción hacia el plano de la voluntad absoluta: recobra a través del gesto violento ese poder que parecía desconocer en sí misma. La cabeza es un símbolo de identidad, de un creer ser. Y no es lo mismo perder la cabeza, que arrancarse la cabeza. Quitarse la cabeza es desprenderse de una construcción, salir de la máscara que se utilizó ante los otros, desaprender, desaprenderse, para volver a la esencia. Por demás, la pérdida de la cabeza suele acontecer de manera pública, aunque no se quiera, o se pretenda ocultar, mientras que cortarse la cabeza una misma, es una acción privada, íntima, que contrario a lo que a primera vista podría parecer, conduce al autoconocimiento. Por eso, Rebeca no deja de verse, incluso si no debiera tener ojos para ver, mira, asimismo, la cabeza que recoge del piso y redescubre cada uno de sus rasgos:
Vio de pronto con terror que la hemorragia persistía y que el rostro empalidecido mortalmente clamaba por su sangre. Se hacía, pues, impostergable volver a lo anterior, tornar a echarse el pensamiento encima, construir de nuevo el universo real con las estrellas siempre arriba y el suelo por lo bajo, según esquemas primitivos. En eficaz maniobra, la mujer decapitada tomó su antigua cabeza, se la colocó de un golpe duro como un casco de combate.

Cuando todo está al límite, entonces toca recobrar la cabeza armadura, aunque no sea ya la misma: “En realidad la anémica cabeza no parecía ser la misma de otros tiempos. ¿Pero y qué más daba? Un estado sutil de felicidad malogrando las comparaciones, eso era todo”. Quitarse y ponerse la cabeza es un acto volitivo y consciente, que lo transforma todo. Al instante, Rebeca tras colocarla de nuevo sobre los hombros, se dirige desnuda al exterior, rumbo al bosque, en un estado que pareciera de duermevela o trance, en tanto todo lo percibe desde una sensorialidad nueva, recién nacida. Es entonces, tras este rito iniciático, de muerte y renacimiento, donde la protagonista se ha parido a sí misma como un ser nuevo, que empieza de verdad la novela, la aventura, porque todo hasta aquí fue acción antecesora, que bien pudo conducir a otro sendero, el de la vida simple, intrascendente y anónima de todos los días…
La cabeza, el cuerpo, la desnudez, el bosque, el sueño, son los grandes símbolos de la obra de Armonía Somers. La desnudez que implica no solo despojarse de ornamentos, sino que reitera la idea de abandonar todo constructo previo, de recobrar la inocencia primigenia al conocimiento del bien y el mal, ajena a cualquier noción de pecado o culpa, inocencia que podría decirse casi infantil, o mejor, animal, porque aquí, en definitiva, le abre la puerta al Eros.
La belleza del texto es comparable a la de los Poemas surreales de Marosa di Giorgio, historias arquetípicas que exploran sentidos ocultos; aunque también tenga nexos a nivel estilístico con la poética de creadoras como la chilena María Luisa Bombal, o la brasilera Clarice Lispector, por esa capacidad de explorar el mundo onírico desde la mirada femenina, y adentrarse en espacios liminales. En ciertos momentos la trama resulta nebulosa, de modo que no se entiende si los sucesos acontecen en el plano de la ensoñación, o resultan una representación simbólica de las pulsiones humanas. Ciertos personajes también se desdibujan, como en una pintura de vanguardia.

Rebeca es Eva, por supuesto, una Eva que intenta recobrar el Edén, o más bien construirlo a su imagen y semejanza, a su propia medida, no obedece a Dios, ni a la serpiente, sino a su impulso vital. Ella misma se nombra: “Eva, Judith, Semíramis, Magdala, (…) Gradiva, la que anda”, palimpsesto de muchas hembras antecedentes: mujer primigenia, mujer de poder, mujer estigmatizada, mujer que camina en el borde de realidad y sueño. No puedo dejar de apreciar también en este personaje una simbología a tono con el arcano XVII del tarot, La Estrella, por la desnudez, pero también por esa manera de vagar, de transitar un camino con una meta que trasciende lo común y que paso a paso, en sus interacciones con los otros, genera un nuevo orden, si bien Rebeca Linke no necesita a ninguno. El otro es siempre ese que no alcanza a entender, el leñador y su mujer, los gemelos, el cura, todo el pueblo, cada uno de los seres con los que interactúa… La protagonista, a su paso, sume a la vida corriente en el caos, a razón de la lujuria que desata. Todos resultan transmutados, aunque persistan en mantenerse indemnes. Los atormenta el deseo o el rechazo, a veces ambos a la par, como dos caras de una misma moneda, porque Rebeca más que instalarse en la realidad, penetra la imaginación, la fantasía individual, con lo que tiene esta también de sombra:
Odiaban a la desconocida, se odiaban a ellos y entre ellos. Por culpa de la mujer se había descubierto cada uno a sí mismo, y esa revelación es de las que no se perdonan, al menos cuando hay algo más que tierra bajo la piedra. Ella era libre para su propio desnudo, en eso no iban a surgir discusiones. Pero la libertad individual del acto en sí arrastraba a cada cual a pensar en la imposibilidad de la suya.

La historia pareciera jugar desde la modernidad con los cánones de la tragedia clásica… Porque Rebeca comete una falta imperdonable, su hamartia, ha sido creer que podía ser ella misma, sin ropa ni artificios, decapitada primero, y luego con su cabeza restaurada, la misma, pero diferente, arquetípica, en pleno dominio de su libertad, sin prejuicios, ni miedos, sin consecuencias, sin molestar… Sin embargo, a todo desequilibrio le sigue la búsqueda de la restauración del orden. Los dioses griegos no perdonaban el exceso de hybris, la trasgresión a los límites impuestos, en La mujer desnuda, como en la aldea global contemporánea, son los otros, quienes no perdonan y exigen el sacrificio casi ritual.
Por eso, Rebeca al momento del cierre de la novela, como La Estrella rumbo a su inversión, un modelo también de sanación, se mira en el agua; su cuerpo gira, hasta hundirse en el espejo. El agua es el símbolo final, representación del mundo emocional, lo femenino receptivo, pero también del subconsciente humano, último reducto, más que “féretro deslizante”, donde la desnudez, el erotismo, la libertad tendrán que quedar, inmersos en la profundidad, conflictos latentes al acecho de futuras soluciones artísticas, o terapéuticas, en espera de su sublimación.
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
