‘No dejes a los niños solos’, una evocación al cine de terror ochentero en México.

Desde los créditos iniciales, la cámara osada de Emilio Portes, en su quinto largometraje, apoyado por la cinematografía de Martín Boege, nos introduce a tres diferentes zonas de desastre situadas en el México de los años 80 que prologan la espiral hacia la psicosis que estamos a punto de presenciar en No dejes a los niños solos

La historia de la casa embrujada que se convierte en ese concepto tan sobado de ‘‘un personaje más’’ no es nada nuevo en la literatura ni en el cine. Se ha visto desde los sentimientos vengativos que toman posesión de las casas japonesas en Ju-on (2000, Shimizu) hasta las residencias estadounidenses que poseen a sus habitantes para fines mortales en The Amityville Horror (1979, Rosenberg). Las casas mexicanas no se han quedado atrás; los ejemplos más importantes quizás datan de finales de los 60 hasta, precisamente, los años 80. Las infalibles Taboadas como Hasta el viento tiene miedo (1968), en la que la voz agonizante de un fantasma vengativo acechaba a las estudiantes de un internado; El libro de piedra (1969), en donde la estatua de un niño aterrorizaba a los habitantes de una casona en las afueras de la ciudad, y Más negro que la noche (1975), en la que una herencia en forma de mansión termina siendo el acabose de las protagonistas, son ejemplos de aquel terror que encontraba hogar en las familias mexicanas mayormente inmersas en la mancha urbana, lo cual despertaba un miedo más realista en el espectador al aproximarlo a situaciones que ya pudiera concebir como posibilidades propias, tal como también fue visto en La tía Alejandra (1980) de Arturo Ripstein. 

En No dejes a los niños solos, Emilio Portes, en conjunto con Alan Maldonado en el guion, presenta la historia de la familia Camacho, quienes han sido recientemente golpeados por la trágica muerte del padre en un accidente automovilístico. Catalina, interpretada por Ana Serradilla, y sus dos hijos, Matías (Juan Pablo Velasco) y Emiliano (Ricardo Galina), se mudan a un caserón que fue subastado después de ser incautado tras un siniestro crimen que la familia Camacho desconoce. Cata tiene que dejar a sus hijos solos en la casa a media mudanza una noche para tratar de solucionar un error en el contrato de arrendamiento —y darse un respiro de peleas infantiles, también—, una decisión que plaga de miedo a cualquier madre; sin embargo, en este caso, la pesadilla de desapego maternal se vuelve real.

Un gran acierto en esta propuesta está en la decisión de no fundamentar el terror en el efecto especial que suele predominar en el género sino en la creación de la atmósfera. Desde la secuencia inicial es notable una sobreestimulación auditiva que refuerza el tenor frenético de la película; un recurso que se mantiene constante y que alimenta la ansiedad tanto de los personajes —principalmente de Catalina— como la del espectador a través de teléfonos sonando, peleas de niños a gritos, televisores a todo volumen, música de fondo, timbres, cláxones y un perro ladrando prácticamente todo el tiempo.

Por otro lado, destaca el cuidado en la progresión de un guion en el que paradójicamente se retrata la debacle de los dos escenarios principales. Como antecedentes se tienen sucesos trágicos tanto de la casa como de la familia Camacho, pero en la realidad del presente la tensión de la situación se construye con base en una ambivalente relación de hermanos que luchan literalmente a muerte por la aprobación materna. En paralelo, está la debacle de una madre atrapada en el limbo de una grotesca fiesta que le va revelando la verdad sobre ese otro limbo en el que dejó solos a sus hijos.

Regresando a la cámara atrevida, Portes no tiene el miedo que otros directores le tienen a la sola idea de mover la cámara. No obstante, cuando se es así de temerario y se echa mando de cuanto recurso se tiene a la mano, hay decisiones estilísticas que pueden entorpecer el flujo de los momentos más importantes de la película —como el slow motion, por ejemplo—.

Dicho todo lo anterior, la carta realmente fuerte de No dejes a los niños solos es la dupla protagónica entre Ricardo Galina y Juan Pablo Velasco, quienes están a la altura de trabajos como el de Ana Patricia Rojo y Elsa María Gutiérrez en Veneno para las hadas (1986, Taboada) interpretando a dos niños inmersos entre una dinámica familiar en reconstrucción, tratamientos psiquiátricos y los viejos habitantes de su nueva casa al acecho. Sus nombres tienen que resonar en la conversación cinematográfica nacional de hoy en día, ya que su nivel actoral está muy por encima de una gran cantidad de actores que acaparan las carteleras, alfombras rojas y portadas de revistas, pero que no muestran ni siquiera el mínimo esfuerzo para cuidar la pronunciación correcta de sus diálogos. De encontrar su verdadera vocación en la actuación, de ellos quererlo, y de no dejarse encandilar por los reflectores, tanto Galina como Velasco pueden llegar a tener un futuro brillante en una comunidad cinematográfica que está carente de buenos actores como lo es la mexicana.

Por otra parte, una presencia tan grata en pantalla como la de Ana Serradilla no es gratuita ni es sólo un gancho para jalar taquilla. Serradilla tiene casi treinta años de experiencia y veinte de callo forjado en el cine, por lo que tiene toda la capacidad para encarnar un personaje tan complejo como lo es Catalina, una mujer que se está volviendo a encontrar a sí misma después de haber enviudado, moldeada por Verónica Castro y Daniela Romo, claramente alocada en lo personal pero sumamente amorosa en lo maternal; Ana respalda con experiencia y madurez a la dupla protagónica para el lucimiento de la tríada. Da gusto ver, por fin, un personaje que le permite a la Seradilla hacer alarde de sus alcances como actriz después de varios desatinos inmerecidos. Mención especial a Jesús Zavala, a quien también da gusto verlo así de mesurado en personajes cada vez mejor plantados en su adultez.

El tiempo decidirá en dónde acomoda a No dejes a los niños solos dentro de la cronología del terror mexicano. Por el momento, se podrá encontrar dentro de las mejores propuestas del año como una película que enaltece al cine de género nacional, confirma la sensibilidad de Portes al momento de dirigir, apuntala a dos potenciales valiosos como lo son sus protagonistas infantiles y reafirma el talento de una actriz como Ana Serradilla en su incursión a la importante lista de Scream Queens mexicanas.

La película ya está en cines.


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