‘Catedrales’ (2026): la arquitectura del silencio y la culpa.

Una maraña de convenciones sociales y dogmas religiosos provoca un saldo ominoso: dos vidas segadas, una familia rota y ahogada en un dolor perenne, y ráfagas de odio surgidas por la pusilanimidad de un hombre y el frío egoísmo de una mujer.

Catedrales, la serie producida por Prime Video, basada en la novela de igual nombre escrita por Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960), es una historia sorprendentemente retorcida que dejaría helada a cualquier serie policial gringa.

Se trata de una historia de pasiones humanas. Una historia de mujeres. Dirigida además por mujeres, Pepa San Martín y Fabiana Tiscornia. Mujeres que aman, que callan, que gritan. Mujeres que además son hermanas y que al paso de la vida se amargan, se odian, se destazan. Dejan sus hermosas sonrisas apiladas en el recuerdo de la juventud y es posible que no la vuelvan a utilizar en su futuro.

Una mañana de sol que pinta hermosa, suena el timbre y la policía entera a Adolfo y a Dolores que su hija Ana, la adolescente Ana, la más pequeña de sus tres hijas, Ana, fue encontrada muerta en una calle de Santiago. Mutilada, quemada. El dolor de los padres resulta inenarrable.

Lía, la rebelde, y Carmen, la mayor y más conservadora de las tres hijas, completan la familia Sardá. Una de ella dirá en sus memorias: “nuestra hermandad fue un campo de batalla”.

La muerte de la hermanita parte a la familia. Pasa el tiempo, la justicia no encuentra al culpable, pasa el tiempo, Carmen se casa con Julián, un ex seminarista, pasa el tiempo, la madre muere, pasa el tiempo, Lía se larga a vivir a Barcelona.

Transcurren treinta años, el padre agoniza de cáncer y de tristeza, pero aún le queda en el tanque una reserva de fuerza para intentar esclarecer la muerte de su hija.

Lía acude al llamado de auxilio de su padre. Retorna desde España al hogar, al viejo y adolorido hogar. Quiere el padre que intenten armar el rompecabezas de la desgracia, con la ayuda adicional de Mateo, su único nieto, hijo de Carmen.

Como equipo escarban, preguntan, cuestionan, van encontrando aliados, se topan con la iglesia, reaparecen evidencias desdeñadas, asoman sorpresas y sospechas, tiran de un hilo y nada, tiran de otro y algo. Analizan en retrospectiva sus propios prejuicios, sus creencias, sus pecados. Hallan claves, profundizan, descubren un amor secreto y prohibido, un aborto clandestino, la muerte en la casa de Dios. Con horror descubren la verdad inhumana, abominable, inconcebible. El secreto guardado durante tres décadas flota podrido en la cauda del dolor. La verdad de la muerte de Ana brota tarde. Inconmensurable. Del tamaño de una catedral.

Claudia Piñeiro arma una historia sin fisuras, cruenta y pasional. Los hechos en la novela transcurren en la Argentina, pero las directoras trasladan la historia al Santiago de los años noventa y la cuentan además con mucha efectividad en dos líneas de tiempo, el pasado y el presente, que concurren en el final cruento e inesperado.  

Las directoras le confieren a la juventud de Mateo un halo de renacimiento. La renovación de la bondad, de la humanidad perdida.


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