Consumir la crítica: ‘Digger’ (2026)

Digger Rockwell es un multimillonario cuya fortuna se construyó alrededor del petróleo y que, después de provocar una catástrofe ambiental de proporciones extraordinarias, intenta convencer al mundo de que todavía puede convertirse en parte de la solución. Para hacerlo pareciera enfrentarse a políticos, científicos, familiares y, sobre todo, a las consecuencias de un modelo que durante años le permitió acumular poder y riqueza.

A partir de ahí, la película comienza a desplazarse entre distintos escenarios y registros: del desastre ambiental al juicio público, de las discusiones políticas a la intimidad de una familia atravesada por el poder y la ambición. Lo que parece inicialmente una historia sobre un hombre que intenta reparar el daño que él mismo provocó va revelando poco a poco una estructura mucho más amplia, en la que las responsabilidades se multiplican y los personajes terminan enfrentándose a las consecuencias de aquello que decidieron hacer o que prefirieron no mirar demasiado de cerca.

Pero lo que parece una película con forma voluptuosa, termina teniendo un problema de fondo. Digger pretende cuestionar un sistema de producción y consumo, pero también está construida desde una lógica de exceso, acumulación y exhibición de recursos. La historia avanza desvelando que las decisiones de sus personajes son cada vez más perversas -ya sea por intención o por la ignorancia a la que los lleva la ambición- que producen consecuencias catastróficas como bola de nieve, pero sus momentos cúspide como aquel juicio hacia Rockwell que nos sirve un speech, más o menos estructurado, pero muy predecible, terminan por agotar rápidamente los intereses pretenciosos de Iñarritu.

Su película hace algo que resulta más peligroso de lo que parece. Reduce el problema del capitalismo a uno de consumo y, por extensión, de responsabilidad individual: si tú consumes, participas; si participas, eres parte del problema; y si eres parte del problema, entonces debes transformarte.

Como si esa no fuera una vieja estrategia ya gastada hasta el cansancio en el cine, los comerciales televisivos o las campañas publicitarias moralistas que juran que el cambio se da casi exclusivamente a partir de la creación de nuevos y ¨mejores¨ hábitos. Así, algunos pueden limpiarse las manos, y así, Rockwell puede entonces redimirse por un segundo, para ser después objetivo de nuestra lástima y de la rabia de los propios espectadores de su obra.

O al menos es la sensación que su director nos deja a través de casi toda la película. Señala, sin mucha mayor profundidad, un problema que parece quedarle corto en la reflexión. Esa es una salida cómoda porque convierte una cuestión política y económica, en una cuestión de conciencia y decisión personal que termina por suplantar la discusión más amplia. Y nosotros en la butaca nos quedamos preguntándonos ¿Qué pasa cuando la crítica estructural termina formulándose como una cuestión de virtud personal?

¿Qué suele hacer la lógica del capital? pues precisamente absorber la crítica y convertirla en un imperativo individual de consumo ético.

Pero el problema mayor surge cuando Iñarritu pretende servirnos todo eso en bandeja de plata, convenciéndonos de que es un director que cuenta con todos los recursos: un buen reparto, una fotografía impecable, una estructura narrativa, multiplicidad de registros y habilidad para causar giros en la trama, como un protagonista siendo otro protagonista en la obra. Tomando la decisión de encarnarlo con un Tom Cruse que vemos muy versátil, pero casi tan confundido e incómodo como lo está su propio personaje.

La pregunta es si había necesidad de decirnos “miren todo lo que puedo hacer con el cine” sin que le echáramos en cara que está pecando de egocentrista.

No es que la película esté completamente vacía, es que termina siendo muy deliberada y en ningún momento produce el efecto crítico que pretende, porque una cosa es representar el exceso y otra reproducirlo de tal manera que el espectador termina consumiendo el exceso como espectáculo.

Digger denuncia esa producción excesiva mientras convierte su propia abundancia en derroche. El problema entonces no radica en que la película tenga una necesidad de decir demasiado, sino que parece incapaz de dejar de producir incluso cuando aquello que pretende cuestionar es, precisamente, la producción sin límite.


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