La primera vez que leí a Jane Austen yo entendía más o menos la diferencia entre enamoramiento y amor. Pero no entendía cuánto podía costar amar en aquella época. Recuerdo muy bien que la primera novela suya que leí fue Sensatez y sentimiento, luego Orgullo y prejuicio, y luego dije: ok… ya entendí. Entendí que el amor en aquella época era un lujo.
Después vi algunas adaptaciones al cine de ambas novelas, y no fue hasta ahora, unos veinte años después de la última adaptación de Orgullo y prejuicio que vi, que volví a ese entendimiento. Y pensé: qué pena, el amor sigue siendo un lujo. Pese a todas las libertades y luchas ganadas, es un lujo mayor ahora. Un lujo silencioso, además.
Lo entendí cuando mi hija de 16 años, a quien llevé de cita a la avant-première, terminó aplaudiendo al final de la película. Siempre supe que ella es la más romántica de la familia (y también la más lúcida). Mientras salíamos de la sala dijo:
«Cuánto drama e intensidad, pero se entiende. Qué pocas probabilidades de encontrar a alguien a quien amar y que te ame de vuelta, que sea el indicado y además que lo haga bien, como el Coronel. Sin celular y esas cosas, podías no volver a verlo en meses o años. Sin saber si cuando recibiera la carta en la que declaras tu amor él seguiría sintiendo lo mismo, o si ya lo habían comprometido con otra. Con razón, si seguía sintiendo lo mismo, en su respuesta te pedía matrimonio. En todo eso se iban años. Por eso empezaban el camino a los quince… Más si había la urgencia de sacar a tu familia de la pobreza y mantenerla. Un lujo, el amor».
A lo que yo respondí: «Encima ni sabías cuánto duraba. Por eso había que vivirlo con todo, porque aun así te casabas con el que amabas, luego lo mandaban a la guerra… y te quedabas viuda a los dieciocho».
Y ahí, en la puerta del estacionamiento del cine, mientras buscaba mi teléfono para pedir un taxi, terminé de entender lo que mi hija acababa de decirme: no tantas cosas son distintas ahora.

Pero hablemos de esta nueva adaptación cinematográfica de Georgia Oakley, porque no es solo un hermoso viaje de época, con Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles recorriendo unos paisajes británicos de ensueño. Creo que también es un espejo actual (e incómodo) de nuestro propio mercado de citas. Quizá por eso las mujeres en la sala disfrutamos tanto de sus situaciones, con risas y ese humor atemporal con el que hablamos de los hombres. Y es que Austen nos lo advirtió hace siglos, pero claro, nosotras estábamos demasiado ocupadas idealizando los carruajes como para notar la letra chica de sus novelas, o el subtexto, hablando con más propiedad.
Elinor se traga el dolor, mantiene la compostura y sigue adelante aunque por dentro se esté desangrando. Marianne, en cambio, decide arrojarse al vacío, gritar el amor a los cuatro vientos y arriesgarse a morir de una fiebre de amor (o de un corazón roto). Una intenta sobrevivir a sus sentimientos al mismo tiempo que la otra no concibe la vida sin entregarse a ellos. Pero quizá ninguna tenga toda la razón, y ahí esté precisamente la gracia de Austen: necesitamos algo de la sensatez de Elinor y algo de la insensatez de Marianne.

La dirección de fotografía de Arnaud Potier refuerza esa crudeza gracias a la maravillosa decisión de rodar en celuloide de 35 mm y apostar por una iluminación naturalista, que aprovecha las fuentes de luz del propio entorno y no teme dejar que las sombras ocupen su espacio. Con eso, la película logra huir del típico romance rosa hollywoodense de hiperperfección y nos regala una textura rústica, casi húmeda. A ratos parece que podrías tocar las piedras, la madera. En las escenas nocturnas, los rostros parecen iluminados por la luz de las velas, y las sombras profundas se asemejan a pinturas clásicas. La penumbra deja ver hasta los mínimos gestos de angustia, miedo y tristeza. Es una iluminación honesta que no resulta complaciente. Frente a la pantalla percibes una estética visual que, al igual que los personajes, se niega a fingir que todo es brillante, colorido y hermoso.
El paisaje tampoco funciona solamente como un decorado hermoso. El viento, la lluvia, el agua y esa luz cambiante acompañan el estado emocional de las hermanas. La naturaleza no está ahí solo para embellecer el romance, no es cualquier puesta en escena.

Antes, para mujeres como las Dashwood, el obstáculo para el amor podía ser la falta de dote, las herencias reservadas a los herederos varones y la amenaza de la pobreza si elegías al hombre equivocado (pobre o arruinado). Hoy muchas de nosotras tenemos nuestras propias tarjetas de crédito, nuestros departamentos y nuestras carreras. Ya no necesitamos necesariamente un hombre que nos salve de la precariedad o que mantenga a nuestras madres y hermanas. Se supone que el amor debería ser libre.
Pero ¿lo es?
Aceptémoslo: el amor se ha convertido en el nuevo «lujo silencioso». Ese vestido de alta costura emocional que todo el mundo anhela, pero que casi nadie puede permitirse mantener. Porque una cosa es conseguirlo y otra, bastante distinta, mantenerlo. Puede que hoy no nos separe la distancia de un viaje a caballo sin noticias durante meses, pero nos puede separar el abismo de un mensaje dejado en «visto» o la cobardía de un ghosting a un clic de distancia. La facilidad de seguir scrolleando, como dijo mi hija.
Porque ustedes, lectores de Jane Austen, coincidirán conmigo en reconocer que el señor John Willoughby fue un precursor del ghosting. Desaparecer en un carruaje rumbo a Londres con explicaciones confusas para terminar casado por conveniencia con otra es exactamente como ese tipo que te promete el cielo un sábado y te bloquea de WhatsApp el lunes. Quitamos los carruajes, ponemos pantallas, pero los cobardes emocionales siguen usando el mismo manual.

Irónicamente, con todas las libertades ganadas en dos siglos hemos construido muros más altos que los de cualquier propiedad en Pemberley. Nos da miedo mostrar vulnerabilidad. Nos da pánico ser una Marianne; sentimos que está mal que nos tachen de intensas. Así que nos disfrazamos de Elinors modernas, fingiendo que no nos importa, y nos quedamos masticando la ansiedad en silencio.
Viendo a mi hija de 16 años conmoverse con una historia escrita hace más de dos siglos, me doy cuenta de que puede que las reglas del juego hayan cambiado, pero el miedo al vacío es exactamente el mismo. El amor verdadero sigue requiriendo algo de aquella valentía casi suicida: la de apostarlo todo en un escenario donde las probabilidades están en tu contra y la vida puede acabarse a la vuelta del camino.
Mientras el taxi doblaba la esquina, miré a mi romántica y lúcida adolescente y pensé que tiene exactamente la misma edad de Marianne Dashwood al comienzo de la historia. Y más allá de que un generoso y buen Coronel Brandon de 35 años, en esta época, no podría cortejarla —o no debería, o sería un delito que lo hiciera—, pensé en lo bonito que habría sido sentir la ilusión de esperar meses por una carta. Y en lo feo de nuestras vidas hiperconectadas, donde estamos a un segundo de distancia de cualquiera, pero a años luz de conectar de verdad.
Ya en casa, y en la intimidad de mi habitación, no pude evitar preguntarme: en una era donde todo es rápido, donde las personas parecen tener fecha de caducidad y volverse desechables, ¿en qué consiste el verdadero romance de época hoy en día?

Suelto la pregunta al aire y probablemente no tenga una respuesta, al menos no una sola. Hace un par de siglos, el mismísimo Sir Walter Scott admitió con envidia que el verdadero talento de Jane Austen era «el toque exquisito que vuelve interesantes las cosas vulgares y los personajes comunes». Quizá el verdadero romance hoy consista en eso: en rescatar el amor de la vulgaridad de lo efímero.
Y estoy casi segura de que no tenemos esa respuesta nosotras, las generaciones X e Y. La tendrán nuestras hijas e hijos, más bien. Así que vayan al cine con ellos a ver esta película, una muy buena adaptación de una novela que claramente no ha perdido vigencia.

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